Puerta del León del Alcázar de Sevilla

LA PUERTA DEL LEÓN DEL ALCÁZAR

“Ad utrumque”. Esta es la inscripción que porta el famoso león representado en un panel de azulejos sobre la entrada principal del Alcázar. Es la versión abreviada del lema “Ad utrumque paratus”, de la “Eneida” de Virgilio, que se podría traducir como “preparado para lo uno y para lo otro” o “preparado para todo”.

Esta puerta data del siglo XIV y fue abierta sobre las murallas almohades en tiempos de Pedro I. El objetivo era dar acceso directo al magnífico palacio mudéjar que el rey estaba construyendo en el interior del Alcázar. 

La representación del león que vemos actualmente fue realizada en 1892 en la trianera fábrica de cerámica de Mensaque, siguiendo un diseño de José Gestoso, historiador del arte, investigador y gran divulgador de temas sevillanos. 

El panel muestra a un león con corona real abierta, que porta en una de sus patas una cruz y posa otras dos sobre una lanza, todo enmarcado por un cordón con nudos en las esquinas.

Sigue el criterio historicista imperante en las restauraciones de la época, ya que hay que recordar que el león ha sido el animal más usado históricamente para representar al rey y, en general, a la soberanía española. 

En concreto, el diseño de Gestoso es muy similar al utilizado en época de Felipe III y Felipe IV, que también hicieron uso del lema “Ad utrumque paratus”, queriendo aludir a la disposición del rey a actuar, tanto en situaciones de paz como en tiempos de guerra. Como reminiscencia, aún hoy es el lema de la Flotilla de Submarinos de la Armada.

 

tORRE DE DON FADRIQUE Sevilla

LA TORRE DE DON FADRIQUE

La torre de Don Fadrique, dentro del Espacio Santa Clara, es uno de los primeros monumentos de época cristiana que conserva Sevilla, ya que fue construida muy poco tiempo después de la conquista de la ciudad en 1248. Concretamente, según la inscripción de mármol que se encuentra sobre su entrada, fue mandada construir en 1252 por el infante don Fadrique.

Se trata de una hermosa torre exenta de planta cuadrada, con unas dimensiones de 7,75 m. de lado y unos 65 metros de altura, que se dividen en tres plantas, rematada la última por un airoso cuerpo de almenas. Está construida en su mayor parte en ladrillo, aunque combinado con sillares de piedra en algunas de sus partes, como en la mitad inferior de la planta baja y en las esquinas y partes centrales del resto de plantas.

Como hemos dicho, el primer cuerpo está construido con sillares en su mitad inferior y en la superior se pueden ver unas sencillas saeteras. En su lado septentrional se abre una hermosa portada en estilo románico, con dos arquivoltas de medio punto sobre columnas que enmarcan un vano polilobulado. Tanto la arquivolta central como los capiteles cuentan con decoración vegetal y posiblemente existía también decoración escultórica en el tímpano, como puede verse por los fragmentos de figuras que se han conservado en ambos lados. Sobre esta entrada se encuentra la mencionada inscripción en mármol, en la que, de acuerdo con la transcripción de Gestoso en su Sevilla monumental y artística, puede leerse:

FABRICA: MAGNIFICA: TURRIS: FUIT: HEC: FREDERICI: ARTIS: ET: ARTIFICI: POTERIT: LAVS: MAXIMA: DICI: GRATA: BEATRICI: PROLES: FVIT: HIC: GENETRICI: REGIS: ET: HESPERICI: FERNANDI: LEGIS: AMICI: ERE: SISVBICI: CUPIS: ANNOS: AUT: REMINISCI: IN: NONAGENA: BISCENTVM: MILLE: SERENA DIVICIIS: PLENA: IAM: STABAT: TVRRIS: AMENA:

Esta torre es fabrica del magnífico Fadrique, podrá llamarse la mayor alabanza del arte y del artífice: a su Beatriz madre le fue grata esta prole del rey Fernando, experimentado y amigo de las leyes. Si deseas saber la era y los años, ahora mil doscientos y cincuenta y dos (1252) ya existía la torre serena y amena llena de riquezas.

En el segundo piso se abren a cada uno de los lados unas sencillas ventanas abocinadas románicas, con arcos de medio punto sobre columnas, igual que en la puerta. En la última planta, sin embargo, las ventanas, también una a cada lado, presentan ya unas formas claramente góticas. Cuenta con una serie de arquivoltas ojivales, que enmarcan un vano central con una hermosa forma polilobulada. Son de mayor tamaño que las ventanas de la planta inferior y cuentan con decoración escultórica tanto en los capiteles como en la arquivolta más externa.

La cornisa que remata este último cuerpo es de mayor anchura que las que separan el resto de plantas y cuenta con gárgolas en cada una de sus esquinas, aunque hoy se encuentran muy deterioradas.

 

 

La torre formaba originalmente parte de la residencia del infante don Fadrique, hijo de Fernando III y de Beatriz de Suabia, que levantó su palacio sobre uno anterior de época almohade. Esta zona se encontraba dentro del recinto amurallado de la ciudad, por lo que la torre no tendría una finalidad defensiva hacia el exterior demasiado destacada. Lo más probable es que su motivación principal fuera de prestigio, queriendo mostrar el poderío y la importancia del personaje titular del palacio.

El infante tuvo una vida bastante tumultuosa, ya que al parecer tenía cierta tendencia a la conspiración. Participó en varias conjuras contra su hermano y finalmente fue ajusticiado en Burgos en 1277 por orden de este. Las circunstancias que envuelven este hecho no están del todo claras, ya que existen distintas versiones tanto sobre su ejecución como de las razones que la motivaron.

En una de las explicaciones para la enemistad entre el rey Alfonso y don Fadrique, tiene un papel destacado la torre de la que hablamos hoy. Existe un relato, con un carácter más bien legendario, que cuenta que existieron amoríos entre el infante y su madrastra, Juana de Ponthieu, segunda esposa de su padre, el rey Fernando III. La reina y su hijastro apenas se llevaban unos años de edad y, al parecer, por Sevilla corrieron habladurías sobre su relación, situando en esta torre los encuentros amorosos entre ambos. Al llegar estas noticias a oídos de Alfonso X, este habría ordenado el destierro de Juana a Francia e iniciado un proceso contra su hermano Fadrique por atentar contra el decoro real, al haber mantenido relaciones con la viuda de su padre.

Como decíamos, aunque muy difundida, esta historia tiene todos los visos de ser sólo una leyenda. Sea como fuere, una vez muerto Fadrique, sus posesiones en Sevilla volvieron a pertenecer a la Corona y en 1289 fueron cedidas por el rey Sancho IV para la fundación del convento de Santa Clara. Las monjas fueron progresivamente transformando todos los espacios de la residencia del infante para el uso monástico, pero respetaron la torre, lo que ha permitido que llegue hasta nuestros días en un magnífico estado.

A su indiscutible valor histórico se suma su excepcional trascendencia artística, ya que supone uno de los escasísimos ejemplos de arte románico que encontramos en Sevilla y probablemente la primera manifestación del arte gótico en la ciudad. Además, el hecho de que en un mismo edificio se sucedan ambos estilos se muestra como una bellísima analogía de la transición entre el mundo del románico y el del gótico. En su solemne sencillez, la torre de Don Fadrique es una de las grandes joyas artísticas de Sevilla.

Fachada de la basílica de la Macarena en Sevilla

LA SERLIANA DE LA MACARENA

La Basílica de la Macarena, sede de la hermandad del mismo nombre, es el tercer monumento más visitado de Sevilla, por detrás sólo de la Catedral y el Alcázar. Recibe cada año a casi un millón de visitantes, movidos por la devoción que despierta la imagen de la Esperanza Macarena, una dolorosa anónima del siglo XVII, que es probablemente la advocación mariana más popular de la ciudad y una de las más destacadas tanto dentro como fuera de Andalucía.

El templo fue construido durante los años 40 del siglo XX, según el proyecto de Aurelio Gómez Millán. Siguiendo las directrices de la hermandad, se levantó en un estilo neobarroco, que encaja perfectamente en el carácter historicista que caracteriza la mayor parte de la obra de este arquitecto. 

Tiene una planta basilical, con una sola nave cubierta con bóveda de cañón con lunetos, cuatro capillas laterales y un testero muy pronunciado, en el que se sitúa el altar mayor con la imagen de la Virgen.

En cuanto a su fachada, el elemento más característico es el atrio, con un vano central cubierto por arco de medio punto y sendos vanos adintelados a cada lado, sostenidos por seis pares de columnas de mármol. Sobre él, una hornacina cubierta por frontón curvo partido alberga una escultura que representa a la virtud teologal de la esperanza. En un segundo plano, se levanta una airosa espadaña, que originalmente contaba con un solo cuerpo de tres campanas al que se añadió en 1992 un segundo cuerpo con una campana más, esta vez rematado por frontón curvo.

Como es habitual en la arquitectura regionalista e historicista de la que es un gran exponente Aurelio Gómez Millán, no se duda en hacer uso de formas y recursos arquitectónicos clásicos, que han formado parte de forma habitual de la tradición arquitectónica occidental. En este caso, el atrio del que hablamos es formalmente una serliana o arco serliano, llamado así por quedar definido en el tratado Tutte l'opere d'architettura et prospettiva, de Sebastiano Serlio, publicado a mediados del siglo XVI.

Con anterioridad, otros artistas del Renacimiento habían hecho uso de esta forma que combina el arco de medio punto con los vanos adintelados. Así, por ejemplo, lo vemos en la Capilla Pazzi de Florencia, ideada por Brunelleschi en 1429, y posteriormente en numerosas obras de Andrea Palladio, que fue probablemente el arquitecto que más contribuyó a su difusión.

Como la mayoría de los recursos arquitectónicos renacentistas, la serliana tiene una raíz en la antigüedad clásica y lo encontramos en templos como el de Adriano en Éfeso, del siglo II d.C.

En el caso de Sevilla, lo vemos de forma muy temprana en el cuerpo de campanas de la Giralda, añadido por Hernán Ruiz el Joven a mediados del siglo XVI. En este caso el arquitecto, que fue uno de los grandes introductores del Renacimiento en España, añadió un vano adintelado más a cada lado, hasta formar un total de cinco contando con el central. La belleza del conjunto resultante hizo que este recurso arquitectónico se difundiera ampliamente, de tal forma que hoy podemos verlo, por influencia de la Giralda, en numerosas espadañas y campanarios sevillanos.

Pero en el caso de la Basílica de la Macarena, además de adoptar esta forma serliana, parece tener una clara referencia en otro monumento sevillano menos conocido. Se trata del pórtico lateral de entrada a la iglesia del convento de Santa Clara. Fue añadido al templo en una reforma de principios del siglo XVII, en un estilo de transición entre el manierismo y el barroco, siguiendo el diseño de Juan de Oviedo y Miguel de Zumárraga. En este caso no se trata de un arco serliano propiamente dicho, sino que los tres espacios están cubiertos por arcos de medio punto. Sin embargo, el resultado final es en su forma y proporciones el precedente sevillano más claro para el atrio de la Macarena.

Como conclusión, se puede señalar cómo el historicismo que inspiró la construcción de la basílica hace que fijándonos en algunos de sus elementos podamos evocar algunas de las formas y rasgos que han definido históricamente la arquitectura occidental. Un templo de menos de un siglo de existencia puede servir como un hermoso marco para toda una lección de historia del arte.

 

Casa Fabiola Museo Bellver en Sevilla

LA ALEGORÍA DE LA PAZ DE LA CASA FABIOLA

A la gran oferta cultural de Sevilla, se vino a sumar en 2018 un nuevo e interesantísimo espacio museístico en pleno barrio de Santa Cruz. Se trata del Museo Bellver, instalado en la llamada Casa Fabiola.

Se trata de un palacio que remonta sus orígenes al siglo XVI, aunque ha sido muy reformado a lo largo de su historia y lo esencial de su fisonomía actual data del siglo XIX, época en la que era propiedad de los marqueses de Ríos. Responde a la tipología clásica de casas palacio sevillanas, articuladas en torno a un patio central porticado, con columnas de mármol y arcos de medio punto. Cuenta con una superficie de casi 2.000 m2, con la zona principal en la primera planta y una rica decoración a base de azulejería, pintura, maderas nobles y estucos.

Tras cambiar de propietario en diversas ocasiones, el Ayuntamiento la adquirió en 2016, con el objetivo de rehabilitarla para que albergara la colección de artísticas de Mariano Bellver, que este había donado a la ciudad el año anterior.

Mariano Bellver fue un coleccionista bilbaíno, pero asentado en Sevilla desde los años 40, que a lo largo de su vida conformó una magnífica colección de más de medio millar de piezas que abarcan una cronología que abarca entre los siglos XVI y XX. 

El corazón de la colección es el conjunto de pintura costumbrista, siendo probablemente el conjunto de obras más importante de esta temática. Está centrada sobre todo en autores andaluces del siglo XIX y recoge obras de artistas tan destacados como  Valeriano Domínguez Bécquer, Manuel García y Rodríguez, Ricardo López Cabrera, José Gutiérrez de la Vega, José García Ramos, Gonzalo Bilbao, Antonio Cabral Bejarano o José Pinelo Llull. 

La temática popular que caracteriza a este tipo de pintura y el hecho de que la mayoría de las obras estén enmarcadas en ambientes andaluces hacen que visitar la colección sirva de alguna manera para hacer un hermoso viaje al pasado. A través de muchas de las obras podemos imaginar la Sevilla del siglo XIX y vislumbrar qué queda de ella en la ciudad de hoy y qué se ha perdido irremediablemente con el paso del tiempo.

Aunque lo esencial del Museo Bellver es el conjunto de pintura costumbrista, la colección reúne también obras en otros formatos, como muebles, relojes o piezas de escultura. Entre ellas, entramos esta maternidad titulada Paz, obra en terracota del escultor de Mairena del Alcor, Antonio Gavira Alba. 

Se trata de uno de los escultores andaluces más valorados del siglo XX y en esta obra muestra algunas de las características esenciales de su estilo, que participa del llamado clasicismo mediterráneo. Combina la simplicidad de las formas, la tendencia ondulante y la suavidad en el tratamiento de las superficies. La representación conjunta de la madre con el hijo fue uno de los temas recurrentes a lo largo de su carrera y en el ejemplo de la colección Bellver vemos una de sus expresiones más hermosas. 

Es una espléndida pieza que logra transmitir toda la emotividad del maravilloso hilo espiritual y mágico que une a una madre con su hijo. Sin duda, constituye una razón más para acercarse a visitar la Casa Fabiola, un verdadero tesoro del barrio de Santa Cruz, en el que se conjuga una arquitectura palaciega de hermosas líneas clásicas, con una espléndida colección artística que es patrimonio de todos gracias a la generosidad impagable del gran hombre que fue Mariano Bellver.

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS DE LA CARTUJA

El Monasterio de Santa María de las Cuevas es uno de los conjuntos monumentales más importantes desde el punto de vista histórico de entre los muchísimos con que cuenta Sevilla. Se sitúa cercano al casco antiguo de la ciudad, pero al otro lado del río con respecto al centro, en una isla formada en el Guadalquivir que es conocida a partir del Monasterio como isla de la Cartuja.

Tiene una intensa historia que se remonta al menos hasta época islámica. Al parecer, durante la dominación almohade, hacia el siglo XII, existían en la zona talleres y hornos alfareros, que se surtían de la abundancia de barro derivada de la proximidad al cauce del río. Para extraer estos barros, materia prima de la cerámica, se excavaban una especie de cuevas. La leyenda cuenta como en una de estas cuevas apareció una imagen de la Virgen tras la conquista cristiana de la ciudad en 1248. Por ello se construyó allí mismo una ermita para darle culto, que sería el germen del posterior monasterio.

En torno a este primitivo templo, hubo inicialmente una comunidad de franciscanos, pero ya desde principios del siglo XV son sustituidos por los cartujos como orden titular del monasterio. Esta orden había sido fundada por san Bruno a finales del siglo XI en las cercanías de Grenoble (Francia) y se caracterizaba por el rigor en el cumplimiento de los preceptos morales, la austeridad y la sencillez en el modo de vida de sus miembros.

Desde sus comienzos en Sevilla, el nuevo monasterio contó con el favor de importantes familias nobiliarias de la ciudad, lo que fue provocando un notable enriquecimiento de sus instalaciones desde sus inicios, con un número cada vez mayor de propiedades agrícolas dependientes, no solo en Sevilla, sino en numerosos municipios de la provincia, derivadas de donaciones y concesiones.

La importancia del conjunto monástico tiene un buen reflejo en la cantidad de personalidades que han pasado por él a lo largo de la historia. El propio Cristóbal Colón residió aquí durante una temporada, tal y como recuerda el monumento en su honor que se encuentra en sus jardines desde finales del siglo XIX. De hecho, aquí recibió un decidido apoyo de los cartujos en su proyecto para llegar a las Indias por Occidente. Tras su muerte, sus restos estuvieron depositados en la iglesia del monasterio durante un tiempo junto a los de su hijo Diego, hasta que la viuda de este dispuso el traslado de ambos a Santo Domingo en 1544.

Otros personajes de relevancia que han pasado por aquí son el emperador Carlos V, que lo visitó en 1526 con motivo de su boda en Sevilla con Isabel de Portugal, además de monarcas posteriores, como su hijo Felipe II o Felipe IV. Ha acogido también a figuras tan relevantes de la literatura como Teresa de Jesús, y en sus estancias han trabajado artistas de la talla de Zurbarán o Duque Cornejo.

Como resultado de esta dilatada historia, el conjunto monástico fue enriqueciéndose con sucesivos espacios de gran valor artístico, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días, como la magnífica iglesia gótica, el claustro mudéjar o la Capilla de la Virgen de las Cuevas y la portada principal, ya barrocas del siglo XVIII.

Sin embargo, gran parte del patrimonio artístico que se fue atesorando durante siglos se perdió en la tumultuosa historia del monasterio durante el siglo XIX. Durante la nefasta ocupación francesa de Sevilla, fue reconvertido en un acuartelamiento para las tropas napoleónicas y la mayor parte de sus obras de arte fueron dispersadas o destruidas, además de sufrir profundas alteraciones en su fisonomía. Los monjes volverían durante un tiempo tras la expulsión de los franceses, pero el monasterio sería definitivamente desamortizado en 1836. 

Fue entonces cuando se destinó a albergar la famosa fábrica de cerámica de Carlos Pickman, una de las principales industrias sevillanas en el siglo XIX, cuyas piezas alcanzarían enorme fama por su calidad, hasta el punto de que todavía hoy muchos hogares españoles atesoran piezas de la Cartuja de Sevilla. Al destinarse a esta finalidad, el espacio monacal experimentaría lógicamente grandes transformaciones, añadiéndose por ejemplo las grandes chimeneas con forma de botella, que con el tiempo se han convertido en uno de los elementos más reconocibles de toda la isla de la Cartuja, además de en un importantísimo testimonio del patrimonio industrial de Andalucía.

Ya en el siglo XX, la fábrica de cerámica se trasladó a Salteras y el conjunto de sus instalaciones pasaron a ser de titularidad pública. Durante los años 80 se produjeron importantes obras de rehabilitación, con vistas sobre todo a la Exposición Universal de 1992, en la que el antiguo monasterio sirvió como Pabellón Real, donde se recepcionaba a los jefes de Estado y de gobierno que asistieron al evento.

En la actualidad, sus instalaciones son sede de varias instituciones dependientes de la Junta: el Rectorado de la Universidad Internacional de Andalucía, el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico y el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.

Este último es generalmente conocido por sus siglas, CAAC, y tiene su sede en la Cartuja desde 1997. Reúne una interesante colección de obras de arte con una cronología que abarca desde mediados de los años 50 del siglo XX hasta nuestros días, que se ve regularmente enriquecida por las numerosas exposiciones temporales que se van sucediendo en sus dependencias y que lo convierten de alguna manera en un museo vivo, abierto a las tendencias artísticas más actuales.

Desde 2013, el CAAC cuenta entre su colección con la obra en la que nos hemos fijado en este artículo. Se trata de una instalación llamada Alicia, de la artista ubetense Cristina Lucas. Está inspirada en un pasaje del célebre libro de Lewis Carroll Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, publicado en 1865. Concretamente, hace alusión al episodio en el que la protagonista prueba de un pastel en el que aparece escrita la palabra “Cómeme”, lo que le provoca un crecimiento instantáneo y sin control, que la hace no caber en la habitación y tener que sacar un brazo por una ventana. 

Así, en la obra de Cristina Lucas, ubicada junto a la entrada principal al recinto, vemos una gran cabeza a través de una ventana, mientras que por otra sale un gran brazo, logrando transmitir la sensación de que nos encontramos ante una gigante, que ocupa todo un espacio interior que no vemos, hasta el punto de “desbordarse” a través de sus ventanas.

La obra fue concebida originalmente para una muestra realizada en Córdoba en el año 2009, titulada El patio de mi casa. Arte contemporáneo en 16 patios de Córdoba. La idea de partida de la artista tenía un claro componente de denuncia social y señalaba la concepción tradicional de que la mujer debía permanecer de alguna manera apegada al espacio doméstico, en cierta forma recluida y oprimida por valores no igualitarios imperantes históricamente y de los que desgraciadamente quedan muchas reminiscencias.

Este aspecto crítico encaja perfectamente en el conjunto de la obra de Cristina Lucas, caracterizada por un claro componente feminista, que utiliza recursos metafóricos y satíricos para canalizar su denuncia, a través de medios tan diversos como la performance, el vídeo, la instalación, la escultura o el dibujo.

El ejemplo del CAAC es una de las interesantes razones por las que merece la pena acercarse al antiguo Monasterio de la Cartuja, que con la llegada a sus instalaciones de las colecciones de arte contemporáneo se ha convertido en un interesantísimo conjunto de espacios en los que se entremezclan las huellas de una larga historia con todo tipo de aportaciones artísticas de absoluta actualidad. A ello se une la labor formativa y divulgativa que por su parte desarrolla el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico. Todo unido, viene a conformar una atmósfera casi mágica, en un hermoso entorno monumental, que constituye uno de los principales focos de la vida cultural de Sevilla a lo largo del año, con constantes eventos como exposiciones, conferencias, conciertos o festivales.

 

EL BALCÓN DE ROSINA

Sevilla es una ciudad poblada de leyendas. Está llena de rincones sobre los que se cuentan hermosos relatos, en los que se entremezclan datos históricos con otros de tipo literario o incluso fantástico. En el emblemático barrio de Santa Cruz, concretamente en la plaza de Alfaro, se encuentra uno de estos rincones cuya leyenda los guías están casi obligados a relatar.

Se trata del llamado Balcón de Rosina, que se abre desde el número cuatro de la citada plaza a los Jardines de Murillo. Se le llama así al atribuirle ser el escenario en el que se desarrolla parte de la historia del Barbero de Sevilla. 

Según se cuenta, esta historia, descrita por primera vez en una obra de teatro de Beaumarchais de 1775, estaría inspirado en un hecho real que habría acaecido en esta casa sevillana. Como síntesis de su argumento, podemos decir que el Barbero de Sevilla cuenta la historia de Rosina, una joven huérfana que estaba al cargo de un tutor de avanzada edad llamado Bartolo que la pretendía como esposa. De ella se enamora también el joven conde de Almaviva, que sigue los consejos de su barbero Fígaro le va dando para lograr conquistar a la dama. En uno de sus episodios de cortejo, el enamorado llega a organizar una serenata con otros músicos a los pies del balcón de Rosina, en una escena que, tal y como aparece descrita, lo cierto es que encajaría perfectamente en este precioso lugar sevillano del que venimos hablando.

La fama mundial del relato vendría de la mano del compositor italiano Rossini, que lo llevaría a los escenarios con una ópera estrenada en 1816 y que alcanzaría fama mundial, hasta el punto de que probablemente supone el ejemplo más destacado de la llamada “ópera bufa”, que se caracteriza por tener un tema cómico. Todavía hoy sigue siendo una de las óperas más representadas en todo el mundo.

El caso de esta ópera inspirada en la ciudad no es un caso aislado. De hecho, a menudo se dice que Sevilla es el lugar en el que se han ambientado más óperas en el mundo. Es difícil constatar este hecho, pero lo que sí es cierto es que ha habido tantos autores que la han utilizado como marco para sus historias, que hay al menos un centenar de óperas cuyo argumento transcurre total o parcialmente en Sevilla. Por citar solo algunos ejemplos de primer nivel, podemos mencionar a Don Giovanni o Las bodas de Fígaro de Mozart, Fidelio de Beethoven, La Fuerza del Destino de Verdi o Carmen de Bizet.

En el caso de la ópera de Rossini de la que venimos hablando, es fácil constatar que en realidad no es el balcón desde el que se asomaba una hipotética Rosina, ya que se trata de un edificio de finales del XIX, un siglo posterior a que Beaumarchais escribiera su Barbero de Sevilla. Un nuevo propietario lo adquirió en 1925 y emprendió una reforma en el marco del espíritu regionalista en el que se vio imbuida la ciudad en los años previos a la Exposición Iberoamericana de 1929. Siguiendo este estilo, y probablemente queriendo recrear el escenario de la ópera, se construyó el hermoso balcón que ha llegado hasta nuestros días.

Además, por la misma época se añadió la portada principal del edificio, que es un precioso ejemplo de portada barroca del siglo XVII o XVIII. Al parecer, el propietario la hizo traer de un palacio o convento de Écija. Está dedicada a la virgen María, como vemos por la imagen de su hornacina central, y por los relieves de los dos medallones de las jambas, en los que vemos un pozo y una fuente, haciendo alusión a dos de las advocaciones de María en las letanías, como Puteus Aquarum (pozo de aguas vivas o de sabiduría) y Fons Signatus (fuente sellada). En el dintel vemos otro relieve con el anagrama del Ave María.

Esta recuperación de piezas arquitectónicas del pasado para incorporarlas a edificios nuevos casa perfectamente con el historicismo de la arquitectura regionalista. Tiene un carácter romántico que concuerda perfectamente con la evocación de episodios literarios o legendarios como el del Barbero de Sevilla.

En definitiva, no podemos decir que Rosina escuchara desde este hermoso balcón las serenatas que su enamorado le ofrecía a media noche desde la plaza, pero sí que es un hermoso ejemplo de la arquitectura regionalista y de su carácter historicista, que además sirve para recordar el papel fundamental de Sevilla como uno de los escenarios más recurrentes en la historia de la literatura europea desde el Renacimiento. 

TOUR JUDERÍA DE SEVILLA

1h 30m - Grupos privados de hasta 10 personas - Hora de comienzo flexible

La opción ideal para conocer los rincones más interesantes del barrio de Santa Cruz en relación con la historia de la comunidad judía en la ciudad. En este tour se recorren algunas de las plazas y callejuelas más hermosas de Sevilla, que sirven de escenario para un viaje por algunos de los episodios más destacados de nuestra historia.

Guía: Manuel Hellín, graduado en Historia y guía oficial de turismo de Andalucía.

 

PUENTES DE SEVILLA

A pesar de la intensa población del valle del Guadalquivir desde la Prehistoria, el rio ha contado con muy pocos puentes a lo largo de su historia, debido sobre todo al carácter inestable de los terrenos que atraviesa y a su caudal irregular, con frecuentes crecidas que dificultaron siempre el trazado de obras de ingeniería en su entorno.

De hecho, hasta que fue construido el puente de Triana en 1852, no hubo ninguna unión fija entre ambas orillas del Guadalquivir al sur de Córdoba, donde sí que existe un puente desde época romana.

En cambio, los romanos no emprendieron la obra de dotar a Híspalis de un puente, a pesar de la importancia que sabemos que llegó a alcanzar la ciudad y su vecina Itálica, probablemente por las mismas razones de inestabilidad fluvial que ya hemos comentado.

En época almohade, hacia el año 1171, se construyó el primer y único puente estable que tuvo la ciudad hasta la construcción del actual puente de Isabel II o de Triana, ya a mediados del siglo XIX. Se encontraba en el mismo lugar que el actual y consistía en unas diez barcas amarradas entre sí con cadenas sobre las que se disponían dos grandes plataformas de madera.

Esta estructura permitía solventar con cierta garantía la conexión de la ciudad con su arrabal de Triana, facilitando así el abastecimiento de los productos que llegaban del Aljarafe. Sin embargo, las regulares crecidas del río hacían que fuera una infraestructura bastante inestable, que tenía que estar sometida a constantes reparaciones y sustituciones de algunas de sus barcas, con los consiguientes problemas que esto conllevaba para el acceso y salida de personas y mercancías de la ciudad.

Estas circunstancias hicieron que desde muy pronto se planteara la idea de dotar a Sevilla de un puente de obra. Existen numerosos proyectos ya desde el siglo XVI, pero todos ellos fueron sucesivamente aparcados, hasta que en el siglo XIX se impuso la idea de que era necesario abordar este problema de manera definitiva, decidiéndose finalmente por la ejecución del proyecto del actual puente de Isabel II o de Triana, que fue concluido en 1852, pasando a constituirse como uno de los iconos de la ciudad.

A partir de entonces, se fueron construyendo muchos otros en el entorno de Sevilla, hasta sumar en la actualidad más de veinte, entre los que cruzan el cauce vivo del Guadalquivir y los que lo hacen sobre la dársena de Alfonso XIII que discurre entre el centro y Triana. Los hay de características muy diversas, desde los que cumplen una función meramente funcional hasta los que reúnen notables valores artísticos, representativos de la época en la que fueron construidos. 

La Exposición Universal de 1992 sería un evento decisivo en cuanto a este tipo de infraestructuras en la ciudad. Para acondicionar su entorno, en los años inmediatamente anteriores, se construyeron alguno de los más hermosos puentes con los que hoy cuenta Sevilla, como el de la Barqueta o el impresionante puente del Alamillo, que ha llegado a constituirse en uno de los iconos de la ciudad.

Sería muy extenso hablar de todos y cada uno de los puentes sevillanos, pero sí que se puede esbozar un recorrido de sur a norte, tratando de los más emblemáticos de la ciudad.

Puente de San Telmo

El diseño original del puente de San Telmo corresponde al ingeniero José Eugenio Ribera y fue ejecutado entre 1925 y 1931, para unir el centro de la ciudad con el barrio de los Remedios, que por entonces apenas había sido proyectado. 

Fue construido en hormigón, con una longitud de 238 metros y una anchura de 15 m. Consta de dos grandes arcos de hormigón armado y uno central, que originalmente era levadizo, pero que se rehízo como fijo en una reforma de mediados de los años 60, debido al elevado coste de su mantenimiento y a que ya eran muy pocos los barcos de altura que necesitaban atravesarlo.

El proyecto original del puente, de los años 20, presentaba más elementos decorativos, con un aire más modernista. Sin embargo, para los años de su terminación, este decorativismo había pasado en gran medida de moda y se optó por una estética más simple, dejando ver de forma más clara la estructura del puente y el hormigón en el que fue realizado.

Puente de Isabel II o de Triana

El puente de Isabel II, generalmente denominado puente de Triana, fue construido en 1852, siendo el más antiguo de Sevilla y el puente metálico conservado más antiguo de toda España. 

Se alza en el lugar en el que estuvo durante siglos el llamado puente de Barcas, que era la única unión estable existente entre Sevilla y Triana, desde que fue colocado por los almohades en el siglo XII hasta el siglo XIX, en el que fue construido el actual. 

La ejecución del puente fue encargada a los ingenieros Fernando Bernadet y Gustavo Steinacher, que siguieron el modelo del puente del Carrusel en París, obra del ingeniero Polonceau. El puente parisino fue sustituido a principios del siglo XX, pero se conservan fotografías que muestran la extraordinaria similitud entre ambos, aunque el sevillano es algo más largo, ya que el Guadalquivir en este tramo es más ancho que el Sena.

Tiene una longitud de 155 metros y un ancho de 16 metros en su plataforma. Se apoya sobre tres tramos de arcos metálicos, apoyados sobre pilares de piedra. En las enjutas se sitúan una serie de anillos metálicos, de tamaño decreciente a medida que se acercan a la clave del arco, constituyendo el elemento visual más distintivo del puente. 

El puente necesitó de numerosas reformas de cimentación y reforma desde poco después de inaugurar, para ir adaptándolo al creciente tráfico rodado. En una de las más importantes, en 1977, se sustituyó todo el tablero, que dejó de apoyarse sobre los arcos metálicos y sus anillos, por lo que estos perdieron su función estructural, conservando actualmente únicamente una función decorativa.

Puente del Cristo de la Expiración o del "Cachorro"

La construcción del puente del Cristo de la Expiración o del “Cachorro”, concluyó en 1991, dentro del programa de mejora de las infraestructuras que se desarrolló de forma previa a la Expo del 92. En concreto, se volvió a extender  la dársena de Guadalquivir hacia el norte de Chapina, con lo que el río ganó unos 4 kilómetros de trazado que habían sido desecados anteriormente al desplazarse su cauce para evitar inundaciones.

El puente fue diseñado por José Luis Manzanares Japón, inspirándose en su forma en otro puente parisino, en este caso en el puente de Alejandro III. Tiene una longitud de 223 metros y un ancho de 31, sostenidos por una estructura de dos arcos rebajados y paralelos, con una luz de 126 metros y sin ningún soporte bajo el agua, por lo que se apoya solo en los extremos.

En la actualidad, supone la principal vía de conexión de la ciudad hacia el Aljarafe y Huelva. Además de por su nombre, es conocido también como puente de Chapina o como el puente de los “tolditos”, ya que sus aceras se hallan cubiertas por lonas blancas sujetas por mástiles que permiten evitar el sol al atravesarlo, constituyendo uno sus elementos visuales más característicos.

Puente de la Barqueta

Es una obra de los ingenieros Juan José Arenas de Pablo y Marcos Jesús Pantaleón Prieto, concluido en 1992, como la principal vía de acceso desde la ciudad al recinto de la Exposición Universal. Inicialmente su uso fue peatonal, aunque en su proyecto ya se preveía su adecuación para el tráfico rodado. Fue construido en tierra y colocado posteriormente en su emplazamiento con la ayuda de barcazas. 

Tiene una longitud de 168 metros y un ancho de 21, con una plataforma suspendida de un gran arco de acero de 214 metros, que se abre en en sus extremos formando una especie de pórticos triangulares, bajo los que discurre el tráfico por el puente. Estos extremos del arco apoyan sobre cuatro soportes verticales, dos a cada extremo del puente, sin ningún soporte intermedio.

Puente del Alamillo

El puente del Alamillo es el más icónico de los realizados en Sevilla para la Expo. Es un diseño de Santiago Calatrava y fue construido entre 1989 y 1992.

Consta de una plataforma de unos 200 metros de largo por 30 de ancho, sostenida siguiendo la tipología de “puente atirantado de pilón contrapeso”, muy usada por este arquitecto valenciano. Un solo mástil de 140 metros de altura soporta toda la plataforma, mediante 26 tirantes que dan al conjunto la característica forma de arpa.

Inicialmente, el proyecto incluía otro puente idéntico y simétrico sobre el tramo del río que separa la Cartuja de Camas, pero razones presupuestarias hicieron que esa idea se descartara y que se decidiera construir en su lugar un puente más convencional, el puente de la Corta.

El puente del Alamillo fue el edificio más alto de la ciudad hasta 2015, cuando fue inaugurada la Torre Sevilla. Santiago Calatrava realizó otros puentes posteriormente que siguen la tipología del modelo del Alamillo, como el puente de la Mujer en Buenos Aires o el de l'Assut de l'Or en Valencia.

EL CID EN SEVILLA

Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, es probablemente la figura más célebre de toda la Edad Media española. Fue un guerrero burgalés del siglo XI, que trabajó al servicio del reino de León, sufriendo sucesivos destierros tras los que pasó a luchar por su cuenta con lealtades y alianzas cambiantes en el convulso contexto de la Península de la Reconquista. En la fase final de su vida, llegó a constituirse en señor de la ciudad de Valencia, que mantuvo durante este período un estatus independiente.

En la narración de su biografía se entremezclan los relatos históricos con las fuentes literarias y legendarias. Sobre él se compuso el célebre Cantar del Mío Cid, un cantar de gesta o epopeya datada hacia el 1200 y que supone la primera obra poética extensa que se ha conservado en español. La propia naturaleza de la obra hace que muchos de los pasajes recogidos en ella tengan un carácter fabuloso y de ensalzamiento heroico de las hazañas del Cid. Es por eso por lo que los datos históricos provenientes de otro tipo de fuentes matizan o desmienten muchos de los episodios del cantar.

Un hecho que sí sabemos cierto es el paso de Rodrigo Díaz por Sevilla en una de sus principales misiones al servicio del rey leonés Alfonso VI. Fue hacia 1079 y el Cid vino a la ciudad para cobrar las parias o tributos que el reino sevillano pagaba al de León. Por aquella época, Isbiliya era un reino taifa independiente regido por Al Mutámid, que a pesar de haber conseguido una notable expansión de sus territorios, se vio hostigado por el reino cristiano hasta el punto de comprometerse al pago de estos impuestos a cambio de evitar incursiones en sus territorios.

El momento en el que el Cid se encontraba en Sevilla coincidió con un episodio de enfrentamiento con la vecina taifa de Granada. Las tropas granadinas se habían adentrado en los territorios del reino sevillano, ante lo que el rey Al Mutámid solicitó la ayuda de Rodrigo con el fin de hacerles frente. 

El Cid, considerando al rey sevillano aliado de su señor, accedió a prestar la ayuda y partió de la ciudad para enfrentarse al ejército granadino. Resultó vencedor en una batalla que se dio en las cercanías de Cabra (Córdoba), tras la que hizo prisioneros a los principales cabecillas del bando granadino. 

Cumplida su misión, el Cid volvió a Sevilla victorioso y de ahí partió hacia el reino de León con los tributos cobrados. En la citada batalla había participado otro señor al servicio del rey leonés, el conde García Ordóñez, pero este lo hizo del lado granadino, siendo uno de los apresados por el Cid tras su derrota. Una vez liberado, el conde acusó a Rodrigo ante el rey de haberse con parte de los tributos cobrados en Sevilla, lo que supuso una primera caída en desgracia y destierro para el Cid, en el marco de sus siempre complicadas relaciones con Alfonso VI.

En Sevilla hay varios puntos en los que se recuerda la figura del Cid Campeador. El principal de ellos es con el magnífico monumento ecuestre que se ubica en el sur de la avenida que lleva su nombre. Se trata de una obra realizada en 1927 por la escultora estadounidense Anna Hyatt Huntington, siendo colocada en su emplazamiento al año siguiente. Fue un regalo de la Hispanic Society neoyorquina a la ciudad de Sevilla con motivo de la celebración de la Exposición Iberoamericana de 1929. De hecho, se decidió colocarla justo enfrente a lo que fue la entrada principal de recinto, entre el Pabellón de Portugal y la antigua Fábrica de Tabacos.

Su autora se destacó sobre todo por la escultura monumental en bronce, representando con frecuencia a personajes históricos y especializándose sobre todo en la recreación de animales. En este terreno alcanzó una gran maestría, sobre todo con la figura del caballo, de la que Huntington era una auténtica enamorada.

Estas cualidades quedan claras en el ejemplar de su estatua para Sevilla. El caballo del Cid es representado con un gran realismo anatómico y transmitiendo una fuerte sensación de movimiento, que dota a toda la obra de un gran dinamismo que no le resta solemnidad. 

A este dinamismo contribuye la postura de la figura de Rodrigo, girada hacia un lado con respecto al eje del caballo. Viste malla de guerrero y alza un brazo sosteniendo una lanza, en actitud de arengar a las tropas. En el otro brazo porta un escudo y su espada.

Se trata de un magnífico ejemplo de la escultura ecuestre del siglo XX, que contó desde el principio con el reconocimiento y la admiración tanto de los sevillanos como de los círculos artísticos de la época. El boceto original de la obra se realizó el mismo año de 1927 y se encuentra hoy en los Brookgreen Gardens en Carolina del Sur. El éxito del monumento sevillano hizo que se se realizaran diversas copias que se hallan repartidas por varios puntos de la geografía española y americana, como Nueva York, Buenos Aires, San Francisco o Valencia.

Las otras referencias monumentales que podemos encontrar en Sevilla sobre el Cid se hallan no lejos de allí y están vinculadas también a la Exposición de 1929. Se ubican en la Plaza de España, espacio central de este evento. En el zócalo que recorre toda la fachada cóncava de lo que fue el enorme Pabellón de España, se ubicaron las representaciones de escenas alusivas a cada una de las provincias españolas, con el escudo correspondiente en la parte superior de cada una de ellas.

Fueron elaborados en azulejería, constituyendo uno de los más hermosos ejemplos del impulso en la industria cerámica que se experimentó a principios del siglo XX, vinculado al auge del regionalismo y a la inmensa demanda generada por los trabajos preparatorios de la Exposición. 

En el espacio dedicado a Burgos, se representa una escena alusiva al Cid, enmarcada por decoración neobarroca, con columnas salomónicas, motivos vegetales y querubines. En concreto, se trata de La jura de Santa Gadea, un episodio legendario recogido en antiguo romance.. Según este relato, en la ceremonia de coronación de Alfonso VI, Rodrigo le habría exigido prestar juramento público de que no había tenido nada que ver en la muerte de su hermano y predecesor Sancho IV. Esta afrenta no sería ignorada por el rey, quien habría ordenado por esa razón el primer destierro del Cid. 

Hay que decir que este episodio solo aparece en el marco del relato literario recogido en el romancero viejo y no está respaldado por ninguna fuente histórica cercana a los hechos. Más bien, lo que sabemos de los primeros tiempos de la relación entre Rodrigo y Alfonso VI parece desmentir que el famoso pasaje se produjera en realidad. 

Real o imaginario, se consideró que La jura de Santa Gadea era una escena digna de servir como símbolo de Burgos en la Plaza de España, representando el pasado ilustre y la importancia histórica de esta ciudad castellana. La obra es de la trianera fábrica cerámica de Mensaque y el autor de su original fue Pedro Borrego Bocanegra, que supo recoger la escena de una manera muy hermosa, en el estilo historicista y romántico predominante en la época.

En la misma plaza, en las enjutas de los arcos de la galería porticada que recorre toda la fachada, se sitúan cuarenta y ocho medallones con los bustos en altorrelieve de cincuenta personajes ilustres de la historia de España hasta (hay dos medallones dobles). Fueron realizados por la misma fábrica de Mensaque y el autor de las efigies fue Pedro Navia Campos. Aquí está representado también Rodrigo Díaz de Vivar, tocado con casco y malla, ocupando el espacio entre Alfonso X y Don Pelayo. En la moldura del tondo puede leerse la sencilla inscripción de EL CID.

EL PATIO DEL YESO DEL ALCÁZAR

El Alcázar de Sevilla está considerado el palacio real en uso más antiguo de Europa y es uno de los principales conjuntos monumentales de la ciudad de Sevilla, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1987, junto con la catedral y el Alcázar.

Más que un palacio en sí, es un conjunto de palacios y jardines que se han ido edificando a lo largo de la historia desde un núcleo original medieval islámico. Sin embargo, se ha perdido casi todo de los palacios musulmanes, ya que el espacio fue reformulado por completo a partir de la llegada de los cristianos, con nuevos palacios en estilos mudéjar y gótico, con reformas y ampliaciones de los espacios ajardinados con aportaciones renacentistas, manieristas y barrocas.

No conocemos las características exactas del alcázar islámico, pero es seguro que fue sometido  también a sucesivas ampliaciones, especialmente durante los siglos XI y XII, para configurarse como un conjunto de diversas estancias palaciegas intercaladas por patios y jardines, al igual que ocurriría más tarde en época cristiana.

Las excavaciones arqueológicas han demostrado que el núcleo principal del conjunto se articulaba en torno a un área que iría entre los actuales patios de Banderas y del León. En este contexto se enmarca el llamado Patio del Yeso, el único resto de entidad de este primitivo palacio musulmán que ha llegado hasta nosotros, además de buena parte de las murallas que rodean el Alcázar, que son en gran medida también de época islámica.

El patio permanecía oculto entre las viviendas que se habían construido en la zona y fue redescubierto a finales del siglo XIX por el político e historiador del arte Francisco María Urbino. Se ha datado en el siglo XII y supone una pequeña joya de la arquitectura almohade en la ciudad. Tras su descubrimiento, fue profundamente restaurado en varios momentos del siglo XX, hasta alcanzar la configuración que ha llegado hasta nosotros.

 

Tiene una planta rectangular hacia la que se abre un pórtico con arcos polilobulados. Uno central, más ancho y alto, y otros tres a cada uno de los lados, sostenidos por pilastras y cuatro columnas de mármol. Hay que decir que la estructura del pórtico es en realidad adintelada, por lo que los arcos no tienen función estructural, así que cumplen una función decorativa. Esto permitió que se pudieran horadar profundamente en su ornamentación, utilizando la labor conocida como sebka, tan característica del arte almohade y que alcanza su máxima expresión sevillana en la decoración de la Giralda.

Frente a este pórtico, al otro lado del aljibe que ocupa el patio, se ubicaría con toda seguridad otro hoy desaparecido. Lo que sí se han conservado son tres arcos de herradura hoy cegados, que darían acceso a las estancias tras ellos. Son de unos rasgos más cercanos a la tradición califal, enmarcados por alfices y soportados por columnas de mármol. 

EL RETABLO CERÁMICO DEL NAZARENO DE LA O

El trabajo del barro ha sido una actividad esencial para explicar el barrio desde sus orígenes. Al margen de las hermosas leyendas fundacionales, desde un punto de vista histórico sabemos que Triana se remonta a época islámica, al entorno de los siglos XI o XII. Empezó a crecer con fuerza a raíz de la construcción del Puente de Barcas y del Castillo de San Jorge y, prácticamente desde sus inicios, tenemos constancia de la presencia de hornos alfareros en el barrio.

En los primeros tiempos de la Isbiliya musulmana, estos se asentaban sobre todo en el llamado “Barrio de los Alfareros”, que estaría ubicado aproximadamente por la zona de Puerta Jerez y el sur de la avenida de la Constitución. Cuando los gobernantes de la ciudad empezaron a acrecentar sus residencias palaciegas en el Alcázar, forzaron el traslado de estas actividades a áreas más alejadas. Hay que pensar que la alfarería era en la época una actividad bastante contaminante, ya que era necesario el funcionamiento de hornos a altas temperaturas que generaban mucho humo. 

Así que por esta época empezaron a asentarse con fuerza los alfareros en Triana, donde además de más espacio, contaban con gran disponibilidad de su materia prima, un barro de gran calidad ofrecido por el Guadalquivir en varios de sus puntos. Con él se realizaron desde siempre todo tipo de recipientes y pronto fue también la materia prima para la elaboración de azulejos cerámicos, que se empezaron a producir en el barrio ya en época islámica y que experimentaron un enorme auge sobre todo a partir del siglo XV.

En su impulso tuvo un papel fundamental Francisco Niculoso Pisano, artista de origen italiano asentado en el barrio, que introdujo la técnica para pintar en las piezas cerámicas antes de su cocción, de forma parecida a hacerlo sobre cualquier otra superficie plana. De esta forma, se pudieron superar las limitaciones formales anteriores e introducir un repertorio iconográfico mucho más amplio, con la representación de escenas y motivos decorativos mucho más naturalistas. De hecho, entre su obra encontramos algunas de las primeras muestras del arte renacentista en Sevilla, como vemos en el magnífico retablo cerámico de la Visitación que realizó para la pequeña capilla personal de Isabel la Católica en el Alcázar.

La realización de azulejos cerámicos sería una constante en el barrio y su producción se iría adaptando sucesivamente a estilos como el mudéjar, el renacentista o el barroco. En muchas ocasiones estaría vinculada a la realización de los llamados retablos cerámicos, que se ubican con un sentido devocional en espacios públicos, constituyendo elementos muy característicos de las calles de la ciudad ya desde el siglo XVII.

En Triana contamos con un hermoso e interesante ejemplo en la iglesia de Nuestra Señora de la O. En concreto, en su campanario encontramos un magnífico retablo cerámico de 150 piezas, datado hacia 1760. Representa a Nuestro Padre Jesús Nazareno, titular de la Hermandad de la O, aunque no reproduce la imagen concreta del titular obra de Pedro Roldán, sino una representación genérica de la advocación, enmarcada en un paisaje agreste. Bajo él, puede leerse Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos, en alusión a la frase pronunciada por Jesús y recogida en el Evangelio de Lucas (Lc. 23, 28).

Además de la importancia artística del retablo, tiene también la relevancia de ser uno de los más antiguos conservados en la ciudad y el primero que representa a un titular de una hermandad de Semana Santa, inaugurando así una tradición que tendría gran calado en la ciudad, sobre todo a partir de principios del siglo XX.

Precisamente desde finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX se produce una época de verdadero esplendor de la cerámica trianera, vinculada sobre todo a la difusión de la arquitectura regionalista. Esta corriente, que podríamos incluir dentro del historicismo, defendía la utilización de recursos formales y estilísticos que se consideraban propios de la tradición sevillana y andaluza, por lo que se entremezclaban elementos considerados de raíz popular con otros que tenían claras reminiscencias, mudéjares, renacentistas o barrocas. 

El regionalismo experimentaría un impulso definitivo a raíz de que se decidiera la celebración en Sevilla de la Exposición Iberoamericana de 1929. No solo las instalaciones destinadas a albergarla, sino muchas de las nuevas obras emprendidas para mejorar la ciudad, se hicieron en este estilo. Esta circunstancia conllevó que los talleres trianeros funcionaran a pleno rendimiento, por lo que muchas de las grandes sedes de firmas cerámicas que han llegado hasta nuestros días corresponden a este período de finales del XIX y principios del XX, como Mensaque en San Jacinto, Santa Ana en San Jorge o Montalván en la calle Alfarería.

Este último ejemplo constituye una de las más hermosos en el barrio. Se conserva la sede del taller, que fue uno de los que tuvo una actividad más intensa entre 1910 y 1930. Hoy alberga un hotel, pero aun puede admirarse el magnífico conjunto de rótulos comerciales cerámicos que lo decoraron. Anexo a él y haciendo esquina con la calle Covadonga, se encuentra la llamada Casa Montalván, trazada por el arquitecto Juan Talavera y Heredia hacia 1927. Se trata de uno de los más destacados arquitectos de la época, que dejó con esta obra una preciosa joya del regionalismo en Triana. 

El objetivo del inmueble era el de servir como soporte expositivo para los trabajos cerámicos que se realizaban en el taller adjunto. Es decir, tanto en su fachada como en sus estancias principales, está decorado con un magnífico conjunto de azulejería que permitía a los propietarios mostrar a posibles clientes la calidad de los trabajos que salían del taller. Además, la cercanía cronológica entre la elaboración de la casa la Exposición Iberoamerica parece que influyó en cierta medida en el arquitecto, ya que la vivienda parece mostrar un cierto aire colonial en sus trazas, como vemos en el balcón corrido que se extiende por todo lo largo de la fachada y en el voladizo de madera que lo cubre.

Por desgracia, en la actualidad no queda ni un solo taller cerámico en activo en Triana. Sin embargo, ejemplos como este nos ayudan a rememorar hasta qué punto esta actividad ha sido determinante para el barrio, dotándolo de algunas de sus joyas arquitectónicas más destacadas.