LA FARMACIA DE AURELIO MURILLO EN EL ALTOZANO

El edificio de la Farmacia Aurelio Murillo, actual farmacia de Santa Ana, es uno de los más emblemáticos del Altozano de Triana. Fue construido entre 1912 y 1914 por el arquitecto José Espiau y Muñoz y es una de las joyas del arte regionalista en el barrio. De su autor hemos hablado en otras ocasiones, ya que entre sus obras se encuentran algunas de las más icónicas del siglo XX en Sevilla, como el Hotel Alfonso XIII en la Puerta de Jerez, o el magnífico edificio de La Adriática, en la avenida de la Constitución.

En concreto, la fachada de la farmacia muestra un hermoso estilo neomudéjar. Está hecha de ladrillo visto y las ventanas y balcones tienen forma de arco de medio punto lobulados, enmarcadas por alfices que combinan la decoración cerámica con los relieves en yesería.

Afortunadamente, el interior de la farmacia ha conservado en su mayor parte su aspecto original. Especialmente destacados son sus paneles de azulejos, realizados por cerámica Montalbán siguiendo el diseño de Francisco Murillo y Manuel Vigil-Escalera.

También se ha conservado magníficamente el mobiliario y el llamado botamen, la colección de recipientes farmacéuticos, que cuenta con alrededor de 200 piezas. 

Es uno de los edificios más interesantes de los que rodean esta hermosa plaza trianera. Y es que el Altozano ha sido de alguna manera el centro neurálgico de la vida del barrio a lo largo de su historia. La principal razón es obvia: es la plaza a la que llega el puente más antiguo que une Triana con Sevilla. 

Además, antes de que se construyera el actual hacia 1850, también llegaba a este mismo punto el famoso Puente de Barcas, dispuesto por primera vez para unir ambas riveras por los musulmanes hacia el siglo XII. Estaba formado por una serie de en torno a diez embarcaciones, amarradas entre sí, sobre las que se disponía una plataforma de madera que permitía cruzar el río. Esta inestable solución fue la única conexión fija entre Sevilla y su arrabal trianero durante más de siete siglos.

Además, también desde época islámica se asentó junto a esta explanada una fortificación para la defensa de la ciudad, que sería conocido como Castillo de San Jorge tras la conquista cristiana de la ciudad. Se ubicaba en el lugar que hoy ocupa el Marcado de Triana y tuvo la particularidad de servir como sede de la Inquisición en Sevilla, por lo que sabemos que allí fueron encarcelados y torturados muchos de los acusados por esta institución. 

Pero el aspecto actual del Altozano se corresponde sobre todo a las reformas acometidas en las primeras décadas del siglo XX, cuando se acomete su ensanche para permitir el giro del tranvía desde el puente hacia la calle San Jorge.

Es en esta época cuando se construyen los hermosos edificios regionalistas que rodean el espacio. El más icónico y reconocible de ellos es la famosa Capilla del Carmen, construida entre 1924 y 1929 siguiendo el proyecto de Aníbal González, el mejor arquitecto de este estilo y también probablemente el mejor del siglo XX en Sevilla. 

Otro gran arquitecto regionalista que dejó su huella en el Altozano es José Gómez Millán. Él diseñó hacia 1927 el magnífico edificio que hace chaflán entre las calles San Jacinto y San Jorge, reconocible por sus característicos balcones acristalados. Y en el otro extremo de la plaza, ocupando el número 5, se puede citar el gran edificio con fachada de ladrillo visto que diseñó Jesús Yanguas Santafé. Originalmente sirvió de sede a la primera central telefónica que hubo en Triana y en la actualidad acoge en sus bajo el bar Akela.

En definitiva, entre los innumerables atractivos de Triana, está también el de reunir una magnífica colección de edificios de estilo regionalista, que embellecieron de manera notable las vías principales del barrio a principios del siglo XX. Y como hemos contado, podemos ver una buena muestra de ellos nada más cruzar el puente, adentrándonos en esa plaza repleta de historia de Sevilla que es el Altozano.

 

Vistas de la Iglesia de Santa Catalina en Sevilla

LA IGLESIA DE SANTA CATALINA

Santa Catalina forma parte de la magnífica serie de iglesias gótico mudéjares con las que cuenta la ciudad de Sevilla. Probablemente sea la que presenta un aire más “islámico” vista desde fuera, sobre todo por su característica torre campanario y por el exterior de la capilla de la Exaltación, que con su planta cuadrada cubierta por cúpula recuerda mucho a las “qubbas” musulmanas.

Sin embargo, sabemos que la construcción del templo se inició ya en época cristiana, en la segunda mitad del XIII, aunque fuera profundamente reformado a partir del XIV, probablemente tras los daños sufridos por el gran terremoto de 1356.

En la actualidad, tras una profunda restauración que mantuvo el templo cerrado entre 2004 y 2018, podemos admirar la iglesia en todo su esplendor. Cuenta con tres naves, divididas por arcos fajones, apuntados y asentados sobre pilares cruciformes de ladrillo. El conjunto se cubre con artesonados de madera mudéjares, excepto la cabecera, muy destacada del resto de la planta, que se haya cubierta por bóvedas de crucería gótica hechas en ladrillo.

Hacia el exterior, destaca la portada principal de la iglesia, con su característica forma ojival y abocinada, tan similar a la de otras iglesias sevillanas, como San Marcos, San Román o Santa Marina. Sin embargo, en este caso hay que señalar la curiosidad de que esta no es la portada original del templo, sino que formaba parte de la iglesia de Santa Lucía, hoy desacralizada y reconvertida en el Centro de investigación y recursos de las artes escénicas de Andalucía. Fue trasladada a su emplazamiento actual entre 1924 y 1930, en unas obras dirigidas por el arquitecto Juan Talavera y Heredia, que perseguían afianzar la estabilidad de esta parte del templo. 

La primitiva portada mudéjar de Santa Catalina aún se conserva en su emplazamiento, hoy ya en el interior. Tiene forma de arco de herradura, enmarcado por una hermosa y original moldura de formas polilobuladas.

Recordando de alguna manera este vínculo con la antigua iglesia, desde 1930 tiene su sede en Santa Catalina la Hermandad de Santa Lucía, tal y como recuerda el retablo cerámico que encontramos en el exterior, obra de Antonio Kierman Flores y en cuya moldura podemos leer las siglas de la ONCE.

Muy cerca de la portada principal encontramos un curioso ábside lateral, decorado con una serie de arcos ciegos polilobulados, muy original por su extraña ubicación a los pies del templo. 

En cuanto a la torre, está construida casi enteramente en ladrillo, excepto en su base, donde cuenta con sillares de piedra. Algunos autores han señalado la posibilidad de que estos bloques sí que formaran parte del alminar de una mezquita anterior, aunque es una teoría que no ha podido ser confirmada. El conjunto se halla coronado por almenas dentadas y supone un hermoso ejemplo de torre campanario mudéjar, aunque haya ido perdiendo con el tiempo buena parte de su decoración original a base de paños de “sebka”.

Ya en el interior del templo, aunque sigue siendo perceptible su estructura medieval esencial, las sucesivas reformas a lo largo de la historia la han ido enmascarando en parte y hoy en día predomina el estilo barroco en las capillas y retablos del templo.

En el ábside, el retablo principal es una obra de Diego López Bueno de la primera mitad del siglo XVII. De estructura bastante sencilla, recoge una serie de lienzos con escenas alusivas a la vida de santa Catalina, apareciendo una escultura de la Santa en la hornacina central, obra ya del siglo XVIII. Sobre ella, un lienzo con un Crucificado corona el retablo, y a sus lados, las esculturas de los santos Juan Evangelista, Juan el Bautista, Pedro y Pablo.

Entre las capillas con las que cuenta la iglesia, podemos destacar sin duda la Capilla Sacramental, ubicada también en la cabecera del templo, en el lado del Evangelio. Es una magnífica obra del gran arquitecto Leonardo de Figueroa, datada hacia 1721. Tiene planta rectangular y destaca por su profusa decoración de yeserías y pinturas. Está cubierta por una original linterna octogonal, que da luminosidad al espacio y que es especialmente bella hacia el exterior, donde se halla rematada por una escultura alegórica de la Fe realizada por Miguel Quintero. En la exhuberante decoración de la capilla intervinieron autores tan destacados como el pintor José García y el escultor Pedro Duque Cornejo. El retablo principal, uno de los mejores del siglo XVIII en Sevilla, es obra de Felipe Fernández del Castillo y de su sobrino Benito Hita del Castillo.

Dentro de la misma capilla, es de gran interés también la pintura del Cristo del Perdón que ocupa uno de los retablos laterales. Es una obra de 1546 de Pedro de Campaña, uno de los grandes pintores del Renacimiento en Sevilla.

También es reseñable entre las capillas la que sirve de sede a la Hermandad de la Exaltación, en el lado de la Epístola. Como ya hemos mencionado, tiene la tradicional forma de una “qubba” islámica, con planta cuadrada y bóveda de paños asentada sobre trompas, especialmente bella en su decoración mudéjar a base de lacerías. La imagen que preside la capilla es la del Cristo de la Exaltación, obra de Pedro Roldán de 1687. Lo acompaña a su derecha la imagen de la Virgen de las Lágrimas, de autor anónimo y fechada ya en el siglo XVIII. De gran interés artístico son también los ángeles pasionarios que enmarcan el retablo, obras maestras de Luisa Roldán. Acompañan al paso de misterio en su salida procesional cada Jueves Santo, ubicados en las esquinas del canasto.

Y concluimos así este pequeño esbozo de la iglesia, dejando necesariamente sin mencionar muchas de las interesantísimas obras escultóricas y pictóricas que se conservan en ella. Aunque Santa Catalina no se incluye generalmente en los circuitos turísticos de la ciudad, no deja de ser una espléndida muestra del mudéjar sevillano que la historia ha ido enriqueciendo con magníficas obras de arte, que además podemos disfrutar en todo su esplendor tras tantos años de profunda restauración.  

EL PATIO DE LAS DONCELLAS

El Patio de las Doncellas es el centro del Palacio de Pedro I en el Alcázar de Sevilla. Este palacio fue construido a mediados del siglo XIV, sustituyendo a construcciones anteriores musulmanas y supone probablemente el ejemplo más destacado de toda la arquitectura civil del mudéjar.

En torno a este patio se articulan los espacios con una finalidad pública, mientras que en torno al pequeño Patio de las Muñecas se disponen las estancias palaciegas con un carácter más privado.

A la obra original del siglo XIV se corresponde el piso bajo, mientras que la galería superior responde a las reformas acometidas en el siglo XVI en estilo renacentista.

Este magnífico patio se halla rodeado por una galería de arcos polilobulados, adoptando una de las formas decorativas más características del arte almohade. Los arcos centrales de cada lado son de mayor tamaño, con lo que se resaltan los ejes principales del patio. Todos descansan sobre preciosas columnas de mármol en estilo corintio, traídas de Génova durante el Renacimiento en sustitución de los pilares de ladrillo originales.

La decoración está hecha a base de estuco, siguiendo el patrón con forma de diamante, comparable en estilo y calidad a obras semejantes de Córdoba o Granada. Entre los motivos ornamentales vemos algunos tan característicos como la concha, símbolo de fertilidad, o la mano de Fátima, que simboliza la protección. Todos ellos enmarcados en una rica composición de motivos geométricos y vegetales.

 

En la parte superior, se puede apreciar un friso con caracteres árabes, en el que se puede leer repetido el lema de los reyes de Granada, “no hay más vencedor que Allah”. Este friso incluye también motivos heráldicos cristianos, como los escudos de Castilla y León, el imperial de Carlos V o las dos columnas con el lema “Plus ultra”. 

La parte central está recorrida por una alberca alargada, rodeada por jardines deprimidos. Este tipo de patio permitía que cuando los árboles florecen o dan frutos, estos quedan justo a la altura de las personas que caminan alrededor de él. Se trata de una característica frecuente en los jardines islámicos, que de alguna manera rememoran el Paraíso descrito en el Corán.

Como ya hemos mencionado, durante el siglo XVI este espacio experimenta importantes modificaciones, sobre todo en relación con un importante evento que tuvo lugar en el Alcázar en 1526: la boda de Carlos V e Isabel de Portugal. Para la ocasión, el patio fue completamente cubierto con baldosas de mármol y así permaneció durante siglos, hasta el año 2005, en el que, tras una excavación arqueológica, se decidió recuperar la fisonomía mudéjar original.

MONASTERIO DE SANTA PAULA

El Monasterio de Santa Paula, de monjas de la Orden de San Jerónimo, se encuentra en pleno centro de Sevilla, muy cercano a la iglesia de San Marcos y vecino de otro de los grandes conventos de la ciudad, el de Santa Isabel. Llegó a ocupar una extensión mucho mayor de la actual, ya que sus huertas se extendían hacia el norte, en lo que hoy es la zona de naves en torno al Pasaje Mallol.

En su origen, tuvieron un papel fundamental dos mujeres de orígenes aristocráticos. La primera de ellas fue Ana de Santillán y de Guzmán, que, después de enviudar y perder a su única hija, fundó el monasterio en 1473 tras obtener una bula del Papa Sixto IV. 

Apenas una década después, parece que las modestas instalaciones del nuevo monasterio se quedaron ya pequeñas ante la afluencia de monjas. Fue entonces cuando intervino como patrocinadora doña Isabel Enríquez, que, también después de enviudar, se hizo cargo de su remodelación y ampliación. Fue ella quien costeó la construcción de la iglesia conventual que ha llegado hasta la actualidad, donde precisamente encontramos su sepulcro y el de su marido, Juan de Braganza.

El conjunto del monasterio presenta una estructura muy compleja, fruto de su dilatada historia, y mezcla el estilo gótico mudéjar original, con elementos renacentistas y barrocos, sobre todo de los siglos XVI y XVII. Ya en el siglo XX experimentaría otra importante remodelación, esta vez de la mano de la que fue su priora durante más de cuarenta años, sor Cristina de Arteaga, que impulsó la idea de crear un museo remodelando algunas de las dependencias del monasterio para exponer parte del patrimonio artístico que se había ido atesorando durante siglos. A este patrimonio se sumó la aportación personal de sor Cristina, como heredera de una notable familia aristocrática.

El acceso principal al conjunto monástico se realiza por una hermosa portada del siglo XVI, realizada en ladrillo con forma de arco conopial, siguiendo el estilo gótico mudéjar. Sobre ella se encuentra un panel de azulejos representando a Santa Paula, obra de finales del siglo XIX realizada para sustituir al conjunto original perdido durante la Revolución de 1868.

Junto con esta portada, el elemento exterior más destacable del monasterio es su hermosa espadaña de dos cuerpos, realizada en el siglo XVII por Diego López Bueno. Está ricamente decorada con detalles cerámicos, motivos geométricos, pilastras adosadas y elementos simbólicos que aluden a la Orden de San Jerónimo.

Ya en el interior, se abre a hacia un patio ajardinado la portada de la iglesia, que constituye una verdadera joya artística del siglo XVI en Sevilla. Está construida en ladrillo de dos tonos que le dan un aire mudéjar muy pronunciado, pero a su vez tiene una marcada forma ojival característica del gótico. Además incluye elementos claramente renacentistas, como su exquisita decoración cerámica, en la que sabemos que participó el italiano afincado en Triana, Niculoso Pisano. Junto a él, trabajó también Pedro Millán, el primer escultor sevillano del que conocemos su nombre, que colaboró con Mercadante de Bretaña en la decoración escultórica de las puertas del Bautismo y de San Miguel de la Catedral. Enmarcando el arco se disponen una serie de tondos claramente renacentistas con la representación de diversos santos. De hecho, el que se ubica en el centro, con una representación de la Natividad, proviene del célebre taller florentino de los Della Robbia y probablemente sirvió de modelo para los demás. En el tímpano aparece el escudo de los Reyes Católicos, enmarcado por otros dos con sus característicos símbolos del yugo y el haz de flechas, alusivos a la unidad de los reinos peninsulares acaecida durante su reinado.

Al interior, la iglesia presenta la forma característica de los templos conventuales sevillanos, con planta de cajón, es decir, de una sola nave. El grueso de la iglesia está cubierto por artesonado de madera, mientras que la cabecera , la zona más sagrada, se halla cubierta por piedra, con bóvedas de nervadura gótica. En el interior, la decoración escultórica y pictórica es muy rica, principalmente de los siglos XVII y XVIII, lo que le da al conjunto un aire muy barroco. Encontramos obras de autores tan destacados como Alonso Cano, Martínez Montañés o Alonso Vázquez.

Además de la iglesia y de las dependencias dedicadas al museo, son de destacar en el monasterio sus dos claustros. El más antiguo es el llamado patio chico, con planta cuadrada enmarcada por galería de arcos peraltados sobre columnas de mármol de distintas alturas, síntoma de su procedencia de construcciones anteriores. El claustro más grande y principal del convento es ya una obra del siglo XVII de Diego López Bueno, de planta cuadrada con dos niveles de galerías de arcos de medio punto, muy peraltados, sobre columnas de mármol.

Terminamos por ahora esta pequeña referencia a un conjunto monástico que daría por sus tesoros artísticos para escribir varios volúmenes. Simplemente recomendar su visita, de la que además nos podemos llevar también un dulce recuerdo en forma de algunos de los exquisitos productos elaborados por las monjas y puestos a la venta en el propio monasterio.

LA IGLESIA DEL SALVADOR

La iglesia del Divino Salvador de Sevilla es el segundo templo más grande de la ciudad, sólo después de la Catedral. Es una de las grandes joyas arquitectónicas de la ciudad y en su interior alberga una magnífica colección escultórica, con obras de los más destacados autores del barroco sevillano.

Sabemos que en el espacio que hoy ocupa estuvo la llamada mezquita de Ibn Adabbas, creada hacia el 830 como mezquita aljama o principal de la ciudad. Ostentó este rango hasta que en el siglo XII se construyó la nueva gran mezquita, en el lugar que hoy ocupa la Catedral.

De la mezquita que se ubicaba en el Salvador se han conservado algunos elementos, como parte de su patio y el arranque de su alminar, que se corresponde con la parte baja de la torre que encontramos en el extremo norte, en la calle Córdoba.

 

Una vez conquistada la ciudad por los cristianos en 1248, la mezquita pasó a utilizarse como iglesia, aunque manteniendo lo esencial de su estructura. Así permaneció durante siglos, con las características arquitectónicas de un templo islámico pero sirviendo para el culto cristiano, como sigue ocurriendo hoy, por ejemplo, con la Mezquita-Catedral de Córdoba. 

Sin embargo, ya llegado el siglo XVII, parece que su estado era bastante ruinoso y se decidió la construcción de un nuevo templo. Las obras comenzaron hacia 1674, pero cuando se estaba acometiendo el cierre de las bóvedas, se produjo un estrepitoso derrumbe que obligó a replantearse buena parte del proyecto. 

De la dirección de las obras se acabó por encargar Leonardo de Figueroa, el mejor arquitecto del barroco sevillano, que intervino también en otros proyectos como San Luis de los Franceses o La Magdalena. En este caso, Figueroa se encargó de cerrar las bóvedas, construir la gran cúpula y terminar el interior del edificio. Las obras no concluyeron hasta 1712.

El resultado es un enorme y majestuoso templo con tres naves. El crucero sobresale notablemente en altura sobre el resto, aunque no es perceptible en la planta del edificio, que es de las llamadas de salón. 

La fachada principal tiene unas líneas barrocas muy clásicas, cercanas a las formas renacentistas. La sucesión de pilastras de piedra y paños de ladrillo rojizo consiguen la clásica bicromía que es tan característica de muchos edificios sevillanos desde que en el siglo XVI se construyera la Lonja, hoy Archivo de Indias. A pesar de su monumentalidad, la fachada del Salvador destaca por su escasa decoración, que contrasta sobremanera con el interior. La decoración de aire plateresco que recorre las pilastras y algunas de las molduras es relativamente reciente, de finales del siglo XIX.

Pero además de por su arquitectura, la iglesia del Salvador, que fue Colegial hasta 1852, destaca por la magnífica colección de arte que atesora. Posee algunas de las obras más destacadas de la retablística sevillana, empezando por el retablo mayor, dedicado a la Ascensión del Señor. Es una obra dirigida por Cayetano de Acosta hacia 1779, que concibe un retablo exuberante, con una profusión barroca cercana al rococó. 

También magnífico es el retablo de la Virgen de las Aguas, en el lado derecho del crucero, una obra de José Maestre de 1731 presidida por esta imagen mariana de las llamadas “fernandinas”, datada hacia en el siglo XIII pero muy remodelada posteriormente. Son sólo dos ejemplos de la gran colección de retablos que alberga esta iglesia. 

Y es que la representación en el templo de grandes maestros de la escultura es excepcional. Con toda probabilidad, las dos grandes figuras del barroco sevillano son Juan Martínez Montañés y su discípulo Juan de Mesa. 

Del primero, conserva El Salvador una colosal escultura de San Cristóbal, con reminiscencias de Miguel Ángel por su monumentalidad y belleza. Pero la obra más destacada de este autor en El Salvador es con seguridad Nuestro Padre Jesús de la Pasión, una conmovedora imagen del Señor con la cruz a cuestas, que muestra de forma maravillosa el clasicismo del barroco de Montañés, al lograr transmitir todo el sentimiento y la emoción del momento, pero de una forma contenida, elegante y solemne. Preside el retablo de plata de la Capilla Sacramental y sale en procesión cada Jueves Santo. No exageramos al decir que es una de las representaciones de Jesús Nazareno más logradas del barroco español. 

Del otro gran maestro del barroco sevillano, Juan de Mesa, encontramos al Cristo del Amor, que también procesiona desde este templo en Semana Santa, en esta ocasión durante el Domingo de Ramos. Se trata de una excepcional talla de crucificado, ya muerto, con un magistral tratamiento en la anatomía, los cabellos y los paño. Una obra excepcional dentro de la producción de su autor, que parece que tuvo en cuenta para su realización el modelo que su maestro Montañés realizó unos años antes con el Cristo de la Clemencia que encontramos en la Catedral.

Junto a estos maestros, es casi innumerable la nómina de grandes artistas con obras en esta iglesia del Salvador. Podríamos citar, por ejemplo, a Duque Cornejo, José Montes de Oca o Antonio Quirós. Pero por ahora terminamos aquí este pequeño esbozo sobre el auténtico museo vivo del barroco sevillano que es la antigua colegial del Salvador. Contaremos más en próximas entregas.

Y recuerda que si estás interesado en realizar una visita guiada para no perderte ninguno de los detalles, puedes ponerte en contacto por la vía que prefieras desde esta misma web.

LA CASA NOGUEIRA DE ANÍBAL GONZÁLEZ

La Casa Nogueira es una de las magníficas obras que el arquitecto Aníbal González dejó en Sevilla y que han llegado hasta nuestros días. Se encuentra situada en la esquina de las calles Martín Villa y Santa María de Gracia, en uno de los centros neurálgicos de la ciudad, a escasos metros de La Campana.

Su construcción se llevó a cabo entre 1907 y 1908, en el marco de la política urbanística acometida por el Ayuntamiento en las primeras décadas del siglo XX, que perseguía la trasformación del entramado de la ciudad con la creación de calles amplias que atravesaran el casco histórico, como ocurrió con la avenida de la Constitución o con este eje de las calles Campana, Martín Villa, Laraña e Imagen. El inmueble fue concebido como un edificio de viviendas y oficinas por encargo del promotor Manuel Nogueira. De ahí viene el nombre con el que es conocido.

Desde el punto de vista artístico supone un importante punto de inflexión en la producción del genial Aníbal González, ya que es la primera obra en la que se aleja del estilo modernista que venía practicando, para adentrarse en el regionalismo e historicismo del que llegaría a ser el gran maestro.

En concreto, se trata de su primera obra neo-mudéjar, estilo que más tarde utilizaría profusamente y que tendría su punto culminante en el Pabellón Mudéjar de la Exposición Iberoamericana de 1929, hoy Museo de Artes y Costumbres Populares.

Para el diseño de la fachada, el arquitecto eligió el ladrillo visto y se inspiró en elementos dispersos de la arquitectura islámica de ciudades como Toledo, Córdoba, Granada o la propia Sevilla, acoplados de forma armoniosa. Así lo podemos ver, por ejemplo, en las numerosas formas de arco utilizadas, que incluyen los arcos de herradura, polilobulados y ojivales. También es clara la influencia del arte almohade de la Giralda, como puede verse en la forma de algunos de sus vanos, partidos por columnillas de mármol, y en la decoración a base de ladrillos formando franjas verticales con motivos geométricos, que recuerda claramente a los famosos paños de sebka de la torre de la Catedral.

Otro rasgo muy característico en la producción de Aníbal González es la importancia dada en sus obras a las esquinas, que suele resaltar de manera notable. Aquí lo podemos ver muy claramente con la forma de chaflán que adopta la fachada y con la mayor altura que da a esta parte con respecto al resto del edificio.

Por lo que respecta al interior del inmueble, hemos de decir que se haya profundamente remodelado por una intervención acometida en los años ochenta por el arquitecto Rafael Moneo, con el objetivo de adaptar sus bajos para su uso como sede de una sucursal bancaria.

De cualquier forma, la Casa Nogueira sigue constituyendo uno de los ejemplos más notables de la arquitectura historicista en la ciudad y una obra de gran importancia para entender el conjunto de la producción de Aníbal González.

 

EL ARCO DE LA MACARENA

El arco o puerta de la Macarena es una de las pocas entradas de las murallas de Sevilla que han llegado hasta nosotros, junto con la Puerta de Córdoba y el Postigo del Aceite. Se encuentra anexa al lienzo de muralla más largo de entre los pocos conservados en la ciudad.

Se construcción se enmarcó en la ampliación del recinto amurallado que se acometió en el siglo XII, bajo dominio almorávide. Fue construida por orden del emir Alí ibn Yúsuf e inicialmente tendría una disposición acodada, al igual que sabemos que tuvieron la mayor parte de las puertas Sevilla en época islámica. Esta forma facilitaba la defensa de la ciudad, ya que los atacantes tenían que superar varias puertas sucesivas colocadas en ángulo una tras la otra, mientras que podían ser hostigados desde la parte superior de las murallas. Al ir completándose la conquista cristiana de la Península, estas defensas se hicieron cada vez más innecesarias y fueron sustituidas por accesos rectos, como el que vemos hoy. Así se facilitaban los accesos a la ciudad, sobre todo para el creciente uso de coches tirados por caballos, que tenían muy difícil la entrada por las antiguas puertas acodadas.

No existe certeza sobre el origen del nombre de la puerta y hay teorías a que apuntan a un remoto pasado romano o incluso anterior. Sin embargo, lo más probable es que el nombre provenga también de época islámica, cuando sería llamada “bab Maqarana”. Al parecer, Maqarana sería el nombre de un terrateniente que tenía grandes propiedades al norte de la ciudad y a las que se llegaba por el camino que partía de esta puerta. De ahí le habría venido el nombre.

Ya en época cristiana, sabemos que fue durante mucho tiempo la vía de entrada principal de los reyes cuando visitaban Sevilla. Luego seguían la llamada Calle Real hacia el centro, coincidiendo con el trazado de la actual calle San Luis. En estas ocasiones, junto a la puerta se montaba una especie de altar en el que el monarca juraba respetar los privilegios, usos y costumbres de la ciudad antes de hacer entrada en ella. Por citar a algunos de los que entraron a Sevilla por esta Puerta, podemos mencionar a Isabel la Católica, el emperador Carlos V o Felipe IV.

El aspecto con el que la puerta ha llegado hasta nosotros se corresponde en su mayor parte a la remodelación a la que fue sometida en el siglo XVIII, cuando se simplificó su estructura y se le añadieron los elementos decorativos que coronan su parte superior. Ya en 1923 se añadió el magnífico retablo cerámico de la Esperanza Macarena que ocupa el centro del frontón. Es una obra realizada en la trianera Fábrica Manuel Rodríguez Pérez de Tudela. A los pies de la imagen de la Virgen puede leerse “ELLA ES TABERNÁCULO DE DIOS Y PUERTA DEL CIELO”. Con esta obra se resalta la histórica vinculación del arco con la Hermandad de la Macarena, que tiene su Basílica a escasos metros. La escena de la Macarena atravesando el arco de regreso a su templo en la mañana del Viernes Santo es una de las más emblemáticas de la Semana Santa sevillana.

Desde hace unas décadas, el Arco se presenta en general pintado de un color albero muy intenso, combinado con los detalles y las cornisas en blanco. Actualmente se está efectuando una profunda restauración por iniciativa del Ayuntamiento y entre los objetivos marcados está el de recuperar una policromía más acorde con su aspecto original. De esta forma, es posible que en unos meses podamos contemplar esta histórica entrada de Sevilla con un aspecto renovado. ¡Habrá que esperar un poco!

LAS TORRES DEL ORO Y DE LA PLATA

Las murallas de Isbiliya se vieron notablemente acrecentadas durante la última etapa del dominio musulmán. Concretamente, entre los siglos XII y XIII se produjo la ampliación del recinto amurallado de la ciudad, envolviendo en su totalidad lo que hoy es el casco antiguo. Algunos autores indican que fue por iniciativa almorávide, aunque parece que el grueso del conjunto sería ya almohade. Son de esta época los principales fragmentos que han llegado hasta nosotros, como el tramo que va desde el Arco de la Macarena a la Puerta de Córdoba o el lienzo visible en los Jardines del Valle.

Hacia 1220 se fortificó a su vez el entorno del Alcázar. Como parte de este proceso se construyó la Torre del Oro, para reforzar la defensa del puerto. Estaba unida por un lienzo de muralla con el complejo del Alcázar, por lo que se podía llegar hasta allí desde los palacios sin pisar la calle. Formando parte de este fragmento desaparecido casi en su totalidad estarían las torres de la Plata y de Abdelaziz, que podemos ver hoy en día en la calle Santander y en la avenida de la Constitución respectivamente.

La Torre del Oro es la más célebre de las que han sobrevivido del recinto amurallado de Sevilla. Fue construida entre 1220 y 1221 y al parecer debe su nombre a los efectos dorados que producía su color al reflejarse con el río, fruto de la argamasa de cal y paja con la que estaba revestida por completo originalmente.

Los estudios arqueológicos apuntan a que se corresponde con la fase inicial almohade sólo el primer cuerpo de la torre, cuya planta es un polígono de doce lados. Su parte superior se halla recorrida por un friso con ventanas pareadas, hoy cegadas, enmarcadas por arcos de herradura apuntados, apoyados sobre pilastras de ladrillo.

Es probable que la serie de almenas que rematan este cuerpo sean ya de época cristiana, probablemente del reinado de Alfonso X el Sabio. También existen dudas sobre la cronología del segundo cuerpo de la torre, aunque en general tiende a atribuirse su construcción al reinado de Pedro I, ya en el siglo XIV. Está documentado que este cuerpo tenía un acceso directo desde el Alcázar por la parte superior de la muralla, sin necesidad de bajar a la calle. Al parecer, el rey don Pedro hizo uso de esta circunstancia para utilizar la Torre del Oro como escenario para sus encuentros con alguna de sus amantes. Dado este uso que conocemos, es probable que fuera él mismo el que mandara la construcción de este segundo nivel. 

En cualquier caso, el segundo cuerpo tiene también una planta de doce lados, como el cuerpo principal, pero de menores dimensiones. Presenta una hermosa decoración a base de arcos ciegos polilobulados, alternándose en sus caras los pareados con los sencillos.

Por último, el cuerpo que remata la torre, con su pequeña cúpula de azulejos dorados, fue añadido ya en el siglo XVIII, dentro de los trabajos acometidos por el ingeniero Sebastián Van der Borcht para afianzar y embellecer la torre tras los daños sufridos por el terremoto de Lisboa de 1755. 

Desde sus orígenes islámicos, la finalidad principal de la Torre del oro era servir como bastión de defensa en la entrada del Puerto de Sevilla. Hay que recordar que durante la mayor parte de su historia el puerto sr extendía entre la torre y el Puente de Barcas, en el lugar que hoy ocupa el Puente de Isabel II. En la actualidad, la torre al berga un Museo Naval, enfocado a resaltar el vínculo entre Sevilla y la navegación, con numerosas piezas como instrumentos, grabados, cartas náuticas o maquetas.

Por su parte, la llamada Torre de la Plata se encuentra en la actual calle Santander, y estaba unida originalmente a la del Oro por un lienzo de muralla hoy desaparecido. Formaban parte del conjunto defensivo del sur de la ciudad, del puerto y del entorno del Alcázar, junto con otras torres como la de Abdelaziz, que aún se conserva en la Avenida de la Constitución.

Cuenta con una planta octogonal y es más sencilla que la del Oro en su estructura y decoración, aunque con toda probabilidad se construyeron aproximadamente en la misma época. Lo que sí parece probable es que se viera recrecida ya en época cristiana, en época de Alfonso X, durante la segunda mitad del siglo XIII. Sabemos que en época cristiana se la llamó también Torre de los Azacanes. Azacán es una palabra de origen árabe que designaba a aquellos que se dedicaban a portar agua usando animales. Es probable que de forma habitual accediera a la ciudad por el postigo que estaba junto a esta torre y que de ahí le venga el nombre.

EL EDIFICO DE LA ADRIÁTICA

El edificio de La Adriática se levanta en una privilegiada esquina de Sevilla, entre la avenida de la Constitución y la calle Fernández y González. Fue construido entre 1914 y 1922, siguiendo un proyecto del arquitecto José Espiau y Muñoz y es conocido con este nombre al haber servido de sede para la aseguradora La Adriática.

Su diseño fue elegido en el marco de un concurso promovido por el ayuntamiento para levantar inmuebles de “estilo sevillano” en el gran eje que se estaba abriendo para unir el entorno del Ayuntamiento y la zona de Puerta Jerez. Eran los años previos a la gran Exposición Iberoamericana de 1929 y se pretendía embellecer y monumentalizar la conexión entre la zona del Parque de María Luisa en la que se celebraría y el centro de la ciudad.

Se fue configurando así la que probablemente es la avenida más hermosa de la ciudad, llena de joyas de la arquitectura regionalista de principios del siglo XX, entre las que destaca este magnífico inmueble.

Para adaptarse a la parcela, muestra una forma triangular en su planta, con un contundente cuerpo cilíndrico en el vértice a modo de torreón, rematado por una cúpula, probablemente su elemento más característico.

Reúne de forma magistral los rasgos principales de la arquitectura regionalista. De esta forma, mira hacia el pasado sevillano y combina elementos de influencia musulmana, como las galerías de arcos peraltados de la primera planta, con características propias del gótico, como los arcos apuntados. A ello suma otras tradiciones artísticas como el plateresco, tal y como puede verse en la decoración vegetal de las molduras o en la disposición de medallones con bustos de personajes en la planta baja.

Como otra característica típica del regionalismo, el arquitecto hace uso de multitud de materiales y técnicas propias de las industrias y artesanías locales, como la forja, la cerámica vidriada, el trabajo de la madera o los relieves sobre piedra. Todo ello reunido de manera armoniosa en un conjunto que destaca por la dualidad cromática de las superficies lisas color crema combinadas con el ladrillo visto.

En definitiva, una magnífica obra de este arquitecto, que junto con otras, como el Hotel Alfonso XIII o el Ciudad de Londres de la calle Cuna, justifican su consideración como una de las figuras más destacadas del regionalismo en Sevilla.

LA CABEZA DEL REY DON PEDRO

Pedro I de Castilla, llamado “el Cruel” por sus detractores y “el Justiciero” por sus partidarios, reinó entre 1350 y 1366, siendo uno de los monarcas más vinculados históricamente a Sevilla. Fijó en esta ciudad su capital durante buena parte de su reinado y su fuerte y conflictivo carácter han hecho que todavía hoy sea posible narrar numerosas leyendas ligadas a su paso por la ciudad.

Una de las más célebres es la que ha dejado como huella el nombre de la calle Cabeza del Rey Don Pedro y el busto con su figura que puede verse en una hornacina en el número 30 de la misma. La leyenda cuenta que en una de sus habituales correrías nocturnas, don Pedro se encontró con un miembro de la familia rival de los Guzmanes, partidarios del hermanastro del rey, Enrique de Trastámara, en la disputa que ambos mantenían por el trono de Castilla.

Al parecer, se enzarzaron en una reyerta y don Pedro acabó por dar muerte a su oponente, huyendo después, confiado en que nadie había presenciado el suceso. Pero una anciana vecina de la misma calle estaba asomada a su ventana alumbrándose con un candil y fue testigo de los hechos. La mujer no pudo distinguir el rostro de los caballeros, pero sí que reconoció al rey al marcharse, ya que el monarca padecía una leve cojera y sus rodillas producían una especie de chirriar al caminar que era conocido por todo el mundo en la ciudad.

Al día siguiente, los Guzmanes acudieron al Alcázar reclamando justicia y, para acallar rumores, don Pedro ofreció una gran recompensa a quien fuera capaz de identificar al autor de la mortal agresión. Prometió, además, que colocaría la cabeza del asesino en una hornacina sobre el lugar del crimen.

La anciana acudió al llamamiento, pero pidió al rey privacidad a la hora de desvelar la información que poseía. Cuando estuvieron a solas, le mostró al monarca un espejo y le indicó que en él podría ver al autor de los hechos. Asombrado el rey, declaró que efectivamente la mujer le había desvelado la autoría del crimen y que cumpliría colocando la cabeza del asesino en el lugar que había prometido. Sin embargo, argumentó que el homicida era una persona muy importante en la ciudad y que su exposición pública podría ser causa de desórdenes, así que dispuso que la cabeza fuera colocada en una caja de roble protegida por una gruesa reja.

Cuando en 1366, Enrique II logró hacerse con el trono tras matar con sus propias manos a su hermano en Montiel, los Guzmanes se apresuraron a abrir la caja para averiguar la verdadera identidad de su familiar asesinado. Fue entonces cuando toda Sevilla quedó perpleja al contemplar que lo que la caja albergaba era la efigie en pìedra del propio Pedro I, que se había servido de este ardid para cumplir su promesa y proteger su inocencia al mismo tiempo.

Finalmente, se decidió que el busto del monarca permanecería, ahora expuesto, en el mismo lugar donde hoy podemos verlo, como testimonio de lo ocurrido. 

Sin embargo, la casa original en la que se ubicó la cabeza del rey fue derribada a finales del siglo XVI y la figura del monarca que hoy podemos ver es mucho posterior a los hechos que narra la leyenda. Se trata de un busto realizado por Marcos Cabrera hacia 1630, por encargo del ayuntamiento con el objetivo de perpetuar la memoria de lo sucedido. El escultor representa a don Pedro de medio cuerpo, en pose de gran dignidad, envuelto en una capa y ostentando los atributos reales: la corona, la espada y el cetro.

La cabeza original fue rescatada del derribo por el Adelantado Mayor de Andalucía Fernando Enríquez de Ribera, propietario de la Casa de Pilatos, y aún hoy puede contemplarse en una hornacina en el apeadero de este emblemático palacio sevillano. En este caso, la efigie, que se halla muy deteriorada por el paso del tiempo, muestra una mayor sencillez en sus rasgos. Aún se puede vislumbrar la nariz aguileña, una mandíbula pronunciada y una cabellera corta que cae en dos mitades con flequillo, cubierta por una especie de bonete. El pedestal sobre el que se ubica, en el que aparecen las armas de León y Castilla y el nombre del rey, es con toda seguridad posterior.

Como resumen, podemos decir que la cabeza de este monarca castellano es el núcleo central de una de las numerosísimas y apasionantes leyendas que pueblan las calles de Sevilla, avivada en este caso por los bustos de piedra que han llegado hasta nuestros días: tanto el original, hoy en la Casa de Pilatos, como la reconstrucción del siglo XVII, emplazada en el lugar en el que efectivamente se enmarcaron los hechos.