EL CID EN SEVILLA

Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, es probablemente la figura más célebre de toda la Edad Media española. Fue un guerrero burgalés del siglo XI, que trabajó al servicio del reino de León, sufriendo sucesivos destierros tras los que pasó a luchar por su cuenta con lealtades y alianzas cambiantes en el convulso contexto de la Península de la Reconquista. En la fase final de su vida, llegó a constituirse en señor de la ciudad de Valencia, que mantuvo durante este período un estatus independiente.

En la narración de su biografía se entremezclan los relatos históricos con las fuentes literarias y legendarias. Sobre él se compuso el célebre Cantar del Mío Cid, un cantar de gesta o epopeya datada hacia el 1200 y que supone la primera obra poética extensa que se ha conservado en español. La propia naturaleza de la obra hace que muchos de los pasajes recogidos en ella tengan un carácter fabuloso y de ensalzamiento heroico de las hazañas del Cid. Es por eso por lo que los datos históricos provenientes de otro tipo de fuentes matizan o desmienten muchos de los episodios del cantar.

Un hecho que sí sabemos cierto es el paso de Rodrigo Díaz por Sevilla en una de sus principales misiones al servicio del rey leonés Alfonso VI. Fue hacia 1079 y el Cid vino a la ciudad para cobrar las parias o tributos que el reino sevillano pagaba al de León. Por aquella época, Isbiliya era un reino taifa independiente regido por Al Mutámid, que a pesar de haber conseguido una notable expansión de sus territorios, se vio hostigado por el reino cristiano hasta el punto de comprometerse al pago de estos impuestos a cambio de evitar incursiones en sus territorios.

El momento en el que el Cid se encontraba en Sevilla coincidió con un episodio de enfrentamiento con la vecina taifa de Granada. Las tropas granadinas se habían adentrado en los territorios del reino sevillano, ante lo que el rey Al Mutámid solicitó la ayuda de Rodrigo con el fin de hacerles frente. 

El Cid, considerando al rey sevillano aliado de su señor, accedió a prestar la ayuda y partió de la ciudad para enfrentarse al ejército granadino. Resultó vencedor en una batalla que se dio en las cercanías de Cabra (Córdoba), tras la que hizo prisioneros a los principales cabecillas del bando granadino. 

Cumplida su misión, el Cid volvió a Sevilla victorioso y de ahí partió hacia el reino de León con los tributos cobrados. En la citada batalla había participado otro señor al servicio del rey leonés, el conde García Ordóñez, pero este lo hizo del lado granadino, siendo uno de los apresados por el Cid tras su derrota. Una vez liberado, el conde acusó a Rodrigo ante el rey de haberse con parte de los tributos cobrados en Sevilla, lo que supuso una primera caída en desgracia y destierro para el Cid, en el marco de sus siempre complicadas relaciones con Alfonso VI.

En Sevilla hay varios puntos en los que se recuerda la figura del Cid Campeador. El principal de ellos es con el magnífico monumento ecuestre que se ubica en el sur de la avenida que lleva su nombre. Se trata de una obra realizada en 1927 por la escultora estadounidense Anna Hyatt Huntington, siendo colocada en su emplazamiento al año siguiente. Fue un regalo de la Hispanic Society neoyorquina a la ciudad de Sevilla con motivo de la celebración de la Exposición Iberoamericana de 1929. De hecho, se decidió colocarla justo enfrente a lo que fue la entrada principal de recinto, entre el Pabellón de Portugal y la antigua Fábrica de Tabacos.

Su autora se destacó sobre todo por la escultura monumental en bronce, representando con frecuencia a personajes históricos y especializándose sobre todo en la recreación de animales. En este terreno alcanzó una gran maestría, sobre todo con la figura del caballo, de la que Huntington era una auténtica enamorada.

Estas cualidades quedan claras en el ejemplar de su estatua para Sevilla. El caballo del Cid es representado con un gran realismo anatómico y transmitiendo una fuerte sensación de movimiento, que dota a toda la obra de un gran dinamismo que no le resta solemnidad. 

A este dinamismo contribuye la postura de la figura de Rodrigo, girada hacia un lado con respecto al eje del caballo. Viste malla de guerrero y alza un brazo sosteniendo una lanza, en actitud de arengar a las tropas. En el otro brazo porta un escudo y su espada.

Se trata de un magnífico ejemplo de la escultura ecuestre del siglo XX, que contó desde el principio con el reconocimiento y la admiración tanto de los sevillanos como de los círculos artísticos de la época. El boceto original de la obra se realizó el mismo año de 1927 y se encuentra hoy en los Brookgreen Gardens en Carolina del Sur. El éxito del monumento sevillano hizo que se se realizaran diversas copias que se hallan repartidas por varios puntos de la geografía española y americana, como Nueva York, Buenos Aires, San Francisco o Valencia.

Las otras referencias monumentales que podemos encontrar en Sevilla sobre el Cid se hallan no lejos de allí y están vinculadas también a la Exposición de 1929. Se ubican en la Plaza de España, espacio central de este evento. En el zócalo que recorre toda la fachada cóncava de lo que fue el enorme Pabellón de España, se ubicaron las representaciones de escenas alusivas a cada una de las provincias españolas, con el escudo correspondiente en la parte superior de cada una de ellas.

Fueron elaborados en azulejería, constituyendo uno de los más hermosos ejemplos del impulso en la industria cerámica que se experimentó a principios del siglo XX, vinculado al auge del regionalismo y a la inmensa demanda generada por los trabajos preparatorios de la Exposición. 

En el espacio dedicado a Burgos, se representa una escena alusiva al Cid, enmarcada por decoración neobarroca, con columnas salomónicas, motivos vegetales y querubines. En concreto, se trata de La jura de Santa Gadea, un episodio legendario recogido en antiguo romance.. Según este relato, en la ceremonia de coronación de Alfonso VI, Rodrigo le habría exigido prestar juramento público de que no había tenido nada que ver en la muerte de su hermano y predecesor Sancho IV. Esta afrenta no sería ignorada por el rey, quien habría ordenado por esa razón el primer destierro del Cid. 

Hay que decir que este episodio solo aparece en el marco del relato literario recogido en el romancero viejo y no está respaldado por ninguna fuente histórica cercana a los hechos. Más bien, lo que sabemos de los primeros tiempos de la relación entre Rodrigo y Alfonso VI parece desmentir que el famoso pasaje se produjera en realidad. 

Real o imaginario, se consideró que La jura de Santa Gadea era una escena digna de servir como símbolo de Burgos en la Plaza de España, representando el pasado ilustre y la importancia histórica de esta ciudad castellana. La obra es de la trianera fábrica cerámica de Mensaque y el autor de su original fue Pedro Borrego Bocanegra, que supo recoger la escena de una manera muy hermosa, en el estilo historicista y romántico predominante en la época.

En la misma plaza, en las enjutas de los arcos de la galería porticada que recorre toda la fachada, se sitúan cuarenta y ocho medallones con los bustos en altorrelieve de cincuenta personajes ilustres de la historia de España hasta (hay dos medallones dobles). Fueron realizados por la misma fábrica de Mensaque y el autor de las efigies fue Pedro Navia Campos. Aquí está representado también Rodrigo Díaz de Vivar, tocado con casco y malla, ocupando el espacio entre Alfonso X y Don Pelayo. En la moldura del tondo puede leerse la sencilla inscripción de EL CID.

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