EL ÚLTIMO VIAJE DE COLÓN

Cristóbal Colón es uno de los personajes más célebres en la historia de la humanidad. Es cierto que en el último siglo la narración casi epopéyica de sus logros se ha ido matizando, dando paso a una visión más crítica sobre la figura del almirante. Se cuestiona sobre todo lo relativo a su comportamiento con los habitantes de los territorios recién descubiertos y el proceso de conquista de América que se inicia con él. En cualquier caso, es indudable que su empeño en viajar hacia occidente, aunque erróneo en su cálculo inicial, acabó por suponer un punto de inflexión en la historia de la incipiente Monarquía Hispánica. Que Colón emprendiera sus viajes bajo el pabellón de Castilla acabaría por tener unas repercusiones incalculables en el devenir histórico de nuestro país, de Europa y de América, por lo que la relevancia del personaje es indiscutible.

La relación de Colón con Sevilla fue intensa ya desde antes de su primer viaje y sabemos que tuvo frecuentes y prolongadas estancias en el monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas, entre 1484 y 1492. Allí obtuvo asesoramiento y el apoyo de los monjes en todo el proceso previo a la aprobación de su proyecto por la Corona. Especial relación entabló con el monje Gaspar Gorricio de Novara, que además de ser su amigo, llegó a actuar como su tesorero y archivero.

Tras regresar de su primer viaje en 1493, Colón pasaría en Sevilla la mayor parte del tiempo que vivió en España, ya que en la ciudad se ubicó desde el principio el llamado Puerto de Indias. Hay que recordar que el almirante realizaría tres viajes más a América, y que todos los preparativos y trámites previos y posteriores se realizarían sobre todo en Sevilla. 

Sin embargo, la muerte le alcanzaría en Valladolid en 1506, a donde había viajado siguiendo a la corte de Fernando el Católico. Allí fue enterrado en el convento de San Francisco, hoy desaparecido. Tres años más tarde, en 1509, sus restos se traerían a Sevilla, al citado Monasterio de Santa María de las Cuevas. Junto a él sería enterrado también su hijo Diego en 1526. La viuda de este, la virreina María Álvarez de Toledo, dispuso el traslado de los restos tanto de su marido como de su suegro a La Española en 1544, recibiendo sepultura en la catedral de Santo Domingo.

Allí estuvieron hasta 1795, año en el que España cede la isla a Francia en virtud del Tratado de Basilea, asegurándose antes de trasladar los restos de Colón a la catedral de La Habana. No sería el último viaje póstumo del almirante. En 1898, perdida también la isla de Cuba, sus restos se trajeron de vuelta a España. Se propusieron diversas localizaciones para darles sepultura, como el Monasterio de la Rábida en Huelva, la Capilla Real de Granada, la Mezquita Catedral de Córdoba o la Catedral de Cádiz. En la decisión final de traerlos a Sevilla pesó el criterio de un descendiente del almirante, Cristóbal Colón de la Cerda, duque de Veragua, que fue ministro de Fomento y de Marina en la Regencia de María Cristina y en el reinado de Alfonso XIII.

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Los restos fueron recibidos en la ciudad el 19 de enero de 1899, siendo depositados en la cripta de los Arzobispos de la catedral. De allí serían trasladados en 1902 al sepulcro realizado por el escultor y arquitecto valenciano Arturo Mélida, en principio pensado para la catedral de La Habana. En Sevilla fue colocado en el lado de la epístola del crucero, entre un enorme fresco que representa a san Cristóbal, de Mateo Pérez Alesio, y la capilla de la Virgen de la Antigua. Esta advocación contó siempre con un gran número de fieles entre los navegantes y los supervivientes de la primera vuelta al Mundo se presentaron ante ella en 1522. La puerta que da acceso directo a este espacio, llamada de San Cristóbal o del Príncipe, tenía muy pocos años cuando fue inaugurado el monumento funerario, aunque el estilo neogótico en el que fue realizada disimula mucho la diferencia cronológica con el resto de la catedral.

Arturo Mélida realizó aquí una de sus dos principales obras desde el punto de vista artístico, precisamente junto al Monumento a Colón en la plaza homónima de Madrid. En el caso sevillano, realiza un monumento funerario en el estilo historicista y romántico predominante entre los siglos XIX y XX. Cuatro heraldos cuyas amplias vestimentas recrean las de los tiempos de Colón, sostienen el sarcófago del almirante sobre unas parihuelas que llevan a hombros, formando una composición de gran rotundidad a pesar de la suavidad de líneas propia de la escultura romántica. Cada uno de ellos lleva un peto con uno de los símbolos de los cuatro reinos originales que componían la monarquía de los Reyes Católicos: Castilla, León, Aragón y Navarra.

En la parte delantera, el heraldo de Castilla sostiene con su mano derecha un remo, símbolo del papel protagonista de esta corona en la navegación del Atlántico. Al otro lado, el heraldo de Aragón sostiene una larga cruz alzada, que clava su extremo inferior en una granada, símbolos del triunfo de la fe cristiana como única en España y de la conquista del reino nazarí, el mismo año del Descubrimiento. A cada lado de la tela que cubre el sarcófago aparecen los escudos de los Reyes Católicos y del propio Cristóbal Colón. En la parte inferior, de nuevo el escudo de la monarquía isabelina, dorado y policromado, en torno al cual una inscripción recuerda el depósito de los restos en la catedral de La Habana.

Para ser honestos, hay que decir que el hecho de que los restos mortales de Cristóbal Colón descansan en nuestra catedral no es universalmente aceptado. Principalmente desde la República Dominicana se sostiene que se encuentran en un mastodóntico faro-mausoleo que levantaron en su honor en la capital. Argumentan que al trasladar los restos a La Habana se produjo un error y que los verdaderos se quedaron en Santo Domingo, tal y como demostraría una inscripción aparecida en el cofre de los restos que defienden como auténticos. También se ha escrito sobre la teoría de que los restos nunca salieran realmente de uno de sus primeros emplazamientos en el monasterio de Santa María de las Cuevas, de los cartujos sevillanos.

Lo que sí que podemos afirmar de manera cierta es que en 2006 una investigación del Laboratorio de Identificación de la Universidad de Granada demostró que los restos se correspondían con los del hermano de Diego Colón, con el que comparten un idéntico ADN mitocondrial, transmitido de madre a hijo. Son, por lo tanto, los restos mortales de Cristóbal Colón.

Es cierto que lo conservado en la catedral es un porcentaje relativamente pequeño de lo que es un esqueleto humano, así que podemos decir que no sabemos si Colón descansa también en otra parte, pero es seguro que descansa en Sevilla.

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