Tumba de Cristóbal Colón, Catedral de Sevilla

EL ÚLTIMO VIAJE DE COLÓN

Cristóbal Colón es uno de los personajes más célebres en la historia de la humanidad. Es cierto que en el último siglo la narración casi epopéyica de sus logros se ha ido matizando, dando paso a una visión más crítica sobre la figura del almirante. Se cuestiona sobre todo lo relativo a su comportamiento con los habitantes de los territorios recién descubiertos y el proceso de conquista de América que se inicia con él. En cualquier caso, es indudable que su empeño en viajar hacia occidente, aunque erróneo en su cálculo inicial, acabó por suponer un punto de inflexión en la historia de la incipiente Monarquía Hispánica. Que Colón emprendiera sus viajes bajo el pabellón de Castilla acabaría por tener unas repercusiones incalculables en el devenir histórico de nuestro país, de Europa y de América, por lo que la relevancia del personaje es indiscutible.

La relación de Colón con Sevilla fue intensa ya desde antes de su primer viaje y sabemos que tuvo frecuentes y prolongadas estancias en el monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas, entre 1484 y 1492. Allí obtuvo asesoramiento y el apoyo de los monjes en todo el proceso previo a la aprobación de su proyecto por la Corona. Especial relación entabló con el monje Gaspar Gorricio de Novara, que además de ser su amigo, llegó a actuar como su tesorero y archivero.

Tras regresar de su primer viaje en 1493, Colón pasaría en Sevilla la mayor parte del tiempo que vivió en España, ya que en la ciudad se ubicó desde el principio el llamado Puerto de Indias. Hay que recordar que el almirante realizaría tres viajes más a América, y que todos los preparativos y trámites previos y posteriores se realizarían sobre todo en Sevilla. 

Sin embargo, la muerte le alcanzaría en Valladolid en 1506, a donde había viajado siguiendo a la corte de Fernando el Católico. Allí fue enterrado en el convento de San Francisco, hoy desaparecido. Tres años más tarde, en 1509, sus restos se traerían a Sevilla, al citado Monasterio de Santa María de las Cuevas. Junto a él sería enterrado también su hijo Diego en 1526. La viuda de este, la virreina María Álvarez de Toledo, dispuso el traslado de los restos tanto de su marido como de su suegro a La Española en 1544, recibiendo sepultura en la catedral de Santo Domingo.

Allí estuvieron hasta 1795, año en el que España cede la isla a Francia en virtud del Tratado de Basilea, asegurándose antes de trasladar los restos de Colón a la catedral de La Habana. No sería el último viaje póstumo del almirante. En 1898, perdida también la isla de Cuba, sus restos se trajeron de vuelta a España. Se propusieron diversas localizaciones para darles sepultura, como el Monasterio de la Rábida en Huelva, la Capilla Real de Granada, la Mezquita Catedral de Córdoba o la Catedral de Cádiz. En la decisión final de traerlos a Sevilla pesó el criterio de un descendiente del almirante, Cristóbal Colón de la Cerda, duque de Veragua, que fue ministro de Fomento y de Marina en la Regencia de María Cristina y en el reinado de Alfonso XIII.

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Los restos fueron recibidos en la ciudad el 19 de enero de 1899, siendo depositados en la cripta de los Arzobispos de la catedral. De allí serían trasladados en 1902 al sepulcro realizado por el escultor y arquitecto valenciano Arturo Mélida, en principio pensado para la catedral de La Habana. En Sevilla fue colocado en el lado de la epístola del crucero, entre un enorme fresco que representa a san Cristóbal, de Mateo Pérez Alesio, y la capilla de la Virgen de la Antigua. Esta advocación contó siempre con un gran número de fieles entre los navegantes y los supervivientes de la primera vuelta al Mundo se presentaron ante ella en 1522. La puerta que da acceso directo a este espacio, llamada de San Cristóbal o del Príncipe, tenía muy pocos años cuando fue inaugurado el monumento funerario, aunque el estilo neogótico en el que fue realizada disimula mucho la diferencia cronológica con el resto de la catedral.

Arturo Mélida realizó aquí una de sus dos principales obras desde el punto de vista artístico, precisamente junto al Monumento a Colón en la plaza homónima de Madrid. En el caso sevillano, realiza un monumento funerario en el estilo historicista y romántico predominante entre los siglos XIX y XX. Cuatro heraldos cuyas amplias vestimentas recrean las de los tiempos de Colón, sostienen el sarcófago del almirante sobre unas parihuelas que llevan a hombros, formando una composición de gran rotundidad a pesar de la suavidad de líneas propia de la escultura romántica. Cada uno de ellos lleva un peto con uno de los símbolos de los cuatro reinos originales que componían la monarquía de los Reyes Católicos: Castilla, León, Aragón y Navarra.

En la parte delantera, el heraldo de Castilla sostiene con su mano derecha un remo, símbolo del papel protagonista de esta corona en la navegación del Atlántico. Al otro lado, el heraldo de Aragón sostiene una larga cruz alzada, que clava su extremo inferior en una granada, símbolos del triunfo de la fe cristiana como única en España y de la conquista del reino nazarí, el mismo año del Descubrimiento. A cada lado de la tela que cubre el sarcófago aparecen los escudos de los Reyes Católicos y del propio Cristóbal Colón. En la parte inferior, de nuevo el escudo de la monarquía isabelina, dorado y policromado, en torno al cual una inscripción recuerda el depósito de los restos en la catedral de La Habana.

Para ser honestos, hay que decir que el hecho de que los restos mortales de Cristóbal Colón descansan en nuestra catedral no es universalmente aceptado. Principalmente desde la República Dominicana se sostiene que se encuentran en un mastodóntico faro-mausoleo que levantaron en su honor en la capital. Argumentan que al trasladar los restos a La Habana se produjo un error y que los verdaderos se quedaron en Santo Domingo, tal y como demostraría una inscripción aparecida en el cofre de los restos que defienden como auténticos. También se ha escrito sobre la teoría de que los restos nunca salieran realmente de uno de sus primeros emplazamientos en el monasterio de Santa María de las Cuevas, de los cartujos sevillanos.

Lo que sí que podemos afirmar de manera cierta es que en 2006 una investigación del Laboratorio de Identificación de la Universidad de Granada demostró que los restos se correspondían con los del hermano de Diego Colón, con el que comparten un idéntico ADN mitocondrial, transmitido de madre a hijo. Son, por lo tanto, los restos mortales de Cristóbal Colón.

Es cierto que lo conservado en la catedral es un porcentaje relativamente pequeño de lo que es un esqueleto humano, así que podemos decir que no sabemos si Colón descansa también en otra parte, pero es seguro que descansa en Sevilla.

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SANTA MARÍA LA BLANCA Y LA ANTIGUA SINAGOGA

SANTA MARÍA LA BLANCA Y LA ANTIGUA SINAGOGA

La iglesia de Santa María la Blanca, en el barrio de San Bartolomé, es una preciosa joya del barroco sevillano. Se trata de un templo de tres naves divididas por diez columnas toscanas que soportan arcos formeros de medio punto. A ella se accede por una entrada torre que se abre a los pies de la nave central y cuenta con una planta rectangular. Esta se ve alterada por un testero sobresaliente, en el que se sitúa el altar mayor, y por tres capillas laterales: la bautismal a los pies del templo, la sacramental en el lado de la epístola, y la de San Juan Nepomuceno en el lado del evangelio de la cabecera.

Lo que más nos llama la atención al entrar a ella es su intenso programa decorativo, en el que se cubre hasta el último rincón con una combinación de yeserías, pintura y escultura, hasta configurar un espacio que en su conjunto se muestra como la más clara definición del célebre horror vacui del barroco. La iglesia que ha llegado hasta nosotros responde en su mayor parte al proyecto para su remodelación impulsado por el canónigo Justino de Neve, que contrató como arquitecto a Juan González. Encargó la decoración pictórica al propio Murillo y la elaboración de las yeserías a los hermanos Pedro y Borja Roldán. La obra se inicia muy poco después de que se promulgara el Breve Pontificio de Alejandro VII de 1661, en el que se reafirmaba la devoción y el culto a la Inmaculada Concepción. 

De esta forma, el programa iconográfico es en su conjunto una exaltación a la Eucaristía y a la Virgen Inmaculada, tal y como puede verse nada más entrar en el arco que sostiene el coro, donde se lee Sin pecado original en el primer instante de su ser. Murillo intervino con la realización de cinco lienzos, de los cuales solo se conserva en la iglesia el más antiguo, La Santa Cena. Los otros venían a completar el programa iconográfico del que venimos hablando, con la Inmaculada, El Triunfo de la Fe y dos lienzos que narraban la historia de la fundación en Roma de la basílica de Santa María de las Nieves, advocación a la que está dedicada también nuestra iglesia.

Hoy en día se pueden contemplar in situ magníficas copias de los originales, que desgraciadamente fueron objeto del salvaje expolio sufrido por la ciudad con la llegada de las tropas napoleónicas en 1810. Bajo el mando del mariscal Soult, los franceses robaron numerosas obras de autores como Alonso Cano, Zurbarán, Valdés Leal o Roelas, pero sobre todo fijaron su atención en Murillo. Al parecer, el mariscal traía ya una lista con todas las obras del pintor que quería llevarse de Sevilla. Entre ellas se encontraban las cuatro que sustrajo de Santa María la Blanca. La mayor parte de lo expoliado nunca regresó a la ciudad y se encuentra hoy disperso por museos de todo el mundo.

Pero la historia de Santa María la Blanca como lugar de culto tiene sus orígenes en una época mucho anterior al siglo XVII, en el que alcanzó la configuración que ha llegado hasta nosotros. Se trata de un lugar en el que está constatado un uso con sentido religioso y de culto que podría remontarse hasta época visigótica. Así parecen confirmarlo las dos columnas que soportan la pequeña portada lateral que abre hacia la calle Archeros , hoy en día inutilizada. Sus capiteles, uno con un aire más naturalista y otro mucho más esquemático, pueden enmarcarse cronológicamente en época tardo romana o visigoda. 

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Hay que señalar que a partir de los visigodos las sucesivas culturas que se han ido asentando en la ciudad no han dudado en reutilizar las columnas y otros elementos arquitectónicos del pasado en sus nuevas construcciones. De esta forma, es posible que los capiteles provinieran originalmente de un edificio de la última época del imperio romano y que luego fueran reutilizados por los visigodos en su pequeña iglesia. Sin embargo, las similitudes estilísticas entre el arte tardorromano y el visigodo, no nos permiten saber a ciencia cierta si se trataría de una reutilización o de una elaboración ex novo para este posible templo cristiano allí ubicado.

Lo que sí que se ha podido constatar arqueológicamente es la existencia en el mismo lugar de una posterior mezquita musulmana. Al parecer, constaría de un espacio hipóstilo de dimensiones más reducidas que la iglesia actual y con una orientación diferente, ya que el mihrab estaría ubicado en el lado sureste, hacia la actual calle Archeros, mientras que el patio de abluciones y entrada a la mezquita estarían en su lado noroeste, aproximadamente donde hoy se encuentra la vivienda del párroco.

Con la llegada de los cristianos en 1248, el espacio cambiaría de uso, pero no para convertirse en una iglesia, sino para albergar una sinagoga. Sabemos que existió una importante comunidad judía en la Sevilla de los siglos XIII y XIV, que al parecer había llegado a la ciudad con los conquistadores cristianos. Es posible que también hubiera un cierto número de judíos que ya se encontraban en la ciudad antes de 1248, pero el carácter cada vez más intolerante de los almohades con las otras religiones hizo que tanto cristianos como judíos se vieran obligados a huir hacia el norte, por lo que su presencia en los últimos años de la Sevilla islámica sería muy escasa.

En cualquier caso, sabemos que en los primeros tiempos de la dominación cristiana la presencia de judíos fue cada vez mayor en la ciudad y que a partir del reinado de Alfonso X se destina para ellos un amplio sector de la ciudad, la judería, que comprendía buena parte de los actuales barrios de Santa Cruz y San Bartolomé. Este espacio quedaba delimitado por su propia muralla, que se cerraba por las noches, con lo que la Corona trataba de proteger la seguridad de la comunidad judía en la ciudad. El rey determinó también que fueran destinadas como sinagogas las tres mezquitas que se hallaban dentro del espacio delimitado Estas estarían en la actual plaza de Santa Cruz y bajo los templos de San Bartolomé y Santa María la Blanca. 

A pesar de estas medidas de protección inicial de la comunidad judía, parece que los episodios de convivencia entre las religiones se fueron intercalando de manera cada vez más frecuente con épocas de intolerancia y persecución. El peor punto de la situación se alcanzó con la revuelta antijudía de 1391, en lo que constituye uno de los pasajes más trágicos de la historia de Sevilla. Una multitud enfurecida asaltó la judería, asesinando a muchos de sus moradores y forzando la conversión de muchos otros. Hay fuentes que hablan de que mujeres y niños fueron vendidos como esclavos a los musulmanes. Además , el pogromo sevillano encendió la mecha de una serie de levantamientos antisemitas que se fueron sucediendo en ciudades como Córdoba, Toledo o Barcelona. La comunidad judía de Sevilla quedaría enormemente mermada después de este episodio y sus sinagogas serían transformadas pronto en templos cristianos.

Sobre la sinagoga que se ubicaba en la plaza de Santa Cruz se asentaría posteriormente la iglesia que lleva este nombre y que sería derruida a principios del siglo XIX, trasladándose la parroquia a su emplazamiento actual en la calle Mateos Gago. Tampoco queda nada de la segunda de ellas, en la actual parroquia de San Bartolomé, ya que la primitiva iglesia cristiana que había en el lugar, heredera de la sinagoga anterior, fue derribada por completo en el siglo XVIII para levantar el actual templo.

Algo parecido se creía que había ocurrido en el caso de Santa María la Blanca, ya que las crónicas del siglo XVII, que narran la reinauguración del templo tras la reforma impulsada por Justino de Neve, hablan de que la iglesia fue levantada de nuevo por completo, sin que se conservara nada de la fábrica anterior. Sin embargo, diversos trabajos arqueológicos y de restauración en el edificio en las últimas décadas han desmentido esta afirmación. Al parecer, aunque la reforma barroca de la que hemos hablado enmascaró por completo cualquier aspecto decorativo del primitivo templo, lo cierto es que la planta de la actual iglesia y la de la sinagoga sobre la que se asienta coinciden en lo esencial. Y al parecer también corresponden a la obra primitiva buena parte de los muros y los arcos de la actual iglesia, aunque intensamente alterados en su estética por la reforma barroca. Así lo explica el arquitecto Óscar Gil Delgado en “Una sinagoga desvelada en Sevilla: estudio arquitectónico” (2011):

Estas prescripciones implican claramente que no se demolieron los muros de las naves de la iglesia y que, por ese motivo, se encuentran hoy los arcos ciegos mudéjares en la coronación de dichos muros. Sobre las nuevas columnas de «jaspe colorado» no se voltearon nuevos arcos, simplemente se apearon los arcos de la nave central, se retiraron las columnas antiguas, que no tenían relación estilística con la obra nueva, y se colocaron las nuevas. Con toda seguridad los arcos de la nave son los mismos antiguos de la sinagoga «mudéjar», recortados, redondeados y revestidos con molduras de yeso, según el nuevo gusto.

De esta forma, al inmenso valor artístico y simbólico de Santa María la Blanca, verdadera joya del barroco sevillano y español, podemos añadir su enorme valor histórico como pieza fundamental a la hora de entender el pasado de la ciudad. Es un espacio con un uso religioso continuado desde hace al menos un milenio y, además, el único en el que aún es posible vislumbrar cómo fue una de las sinagogas con las que contó la ciudad.

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Dibujo de la giralda de Sevilla con detalle del campanario de Hernán Ruiz

LA GIRALDA

Mide unos 100 metros de altura, por lo que es la torre de catedral más alta de España y fue durante siglos el edificio más elevado del país. 

Los dos tercios inferiores de la torre son del período islámico, almohades del siglo XII. Se empezó a construir utilizando sillares reutilizados de monumentos romanos, visigodos y abbasíes, pero pronto se decidió continuarla en ladrillo.

Cada uno de sus lados está decorado con sebka, que forman una especie de entrelazado geométrico romboidal. En eje central de cada lado se abren una serie de vanos con parteluz central enmarcados por arcos angrelados de formas diversas.

Hacia 1198, se ubicaron como remate cuatro grandes esferas de bronce, superpuestas y de tamaño desigual, que fueron colocadas por orden del califa Abu Yaacub al-Mansur, para conmemorar la victoria sobre los cristianos en la batalla de Alarcos. Culminaron la torre hasta 1356, cuando se desplomaron a causa de un gran terremoto. La ciudad ya llevaba por entonces más de un siglo en manos cristianas.

La Giralda cuenta con dos claros referentes estilísticos en Marruecos: el alminar de la mezquita Kutubia en Marrakech y la Torre Hasan de Rabat, ambos construidos también en el siglo XII.

El tercio superior es de estilo renacentista y fue construido en el siglo XVI bajo la dirección de Hernán Ruíz el Joven. Cuenta a su vez con varios cuerpos, el primero de los cuales alberga 24 campanas y está rematado por la llamada terraza de las azucenas, por las cuatro grandes jarras de azucenas hechas en bronce colocadas en cada una de sus esquinas. Algo más arriba se ubica la campana de San Miguel de las Victorias. Datada en 1400, es la más antigua con la que cuenta la catedral y es la encargada de dar las horas del reloj.

Rematando el cuerpo que la alberga, se ubica un friso en el que se lee  TURRIS – FORTISSIMA – NOMEN DNI – PROVERB 18 (La torre más fuerte es el Nombre del Señor, Proverbios 18).

El conjunto de la torre debe su nombre a la veleta que la culmina y que hoy conocemos como Giraldillo. Fue realizada en 1568 y es una alegoría de la victoria cristiana sobre los árabes, aunque a lo largo de la historia ha sido llamada en las descripciones de formas variadas, como la Fe Victoriosa o el Triunfo de la Iglesia.

 

Portada del Perdón de la catedral de Sevilla

LA EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES DEL TEMPLO

La Puerta del Perdón de la catedral de Sevilla y su entorno constituyen un enclave de gran valor artístico y estético en el que es posible leer sobre algunos de los episodios más significativos de la historia de la ciudad.

Para empezar, hay que señalar que se trata de la entrada principal a la mezquita aljama sobre la que se asentó la catedral cristiana. La nueva construcción de los siglos XV y XVI es un grandioso edificio gótico en su concepción general, pero conserva algunos de los elementos de su predecesora. Entre otros, coinciden el espacio ocupado en la actualidad por el Patio de los Naranjos con el antiguo patio de abluciones de la mezquita, conservándose también su principal entrada en la Puerta del Perdón. 

Se trata de un gran arco de herradura almohade enmarcado en su mitad superior por una decoración de yeserías que sigue modelos arabescos, pero que está realizada ya en el siglo XVI. Lo que sí se ha conservado de la obra original son las dos magníficas hojas revestidas en bronce de la puerta, que cuentan con una profusa decoración de motivos geométricos, lacerías, atauriques y escritura cúfica con versículos de las suras 15 y 24 del Corán. Destacan por su belleza los dos grandes aldabones, espléndidas muestras de la maestría alcanzada en la Sevilla musulmana para el trabajo del bronce.

En el siglo XVI, el Cabildo de la catedral decide reformar la puerta dotándola de un nuevo sentido iconográfico. Para ello se encarga su decoración al escultor de origen francés Miguel Perrin, que ya había trabajado con buenos resultados en la realización de 16 figuras para el nuevo cimborrio, levantado tras el hundimiento del primitivo en 1511. En la puerta que nos ocupa, realiza entre 1519 y 1522 un programa escultórico en barro cocido, situando a ambos lados dos monumentales figuras de San Pedro y San Pablo, de unos 2’5 metros de altura. Más elevadas y a una escala menor, sitúa una Anunciación, con el Ángel a un lado de la puerta y la Virgen al otro. Sobre el vano de entrada se sitúa por encargo del Cabildo el relieve que representa La Expulsión de los mercaderes del Templo. 

El lenguaje artístico propio de Perrin es ya claramente renacentista. En este relieve podemos apreciarlo en elementos como el naturalismo de las figuras, el cuidado de sus proporciones y el hecho de que ubique la escena en un espacio tridimensional, preocupándose por los efectos de perspectiva y dejando ver al fondo formas arquitectónicas claramente clásicas. El autor se muestra con gran maestría en esta obra, como uno de los primeros y más completos introductores del Renacimiento artístico en Sevilla. Así se puede constatar si nos acercamos a las cercanas puertas de Palos y de Campanillas, en la Plaza Virgen de los Reyes, para cuyos tímpanos realizó las escenas de la Adoración de los Magos y la Entrada en Jerusalén respectivamente, además de las esculturas de ángeles y profetas que las enmarcan.

Las escenas a representar en relieve venían determinadas lógicamente por el Cabildo de la catedral. En el caso de la Puerta del Perdón, se representa un pasaje de Jesús en el Templo de Jerusalén que recogen los cuatro evangelios. Mateo, por ejemplo, lo narra así:

Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en él, y trastornó las mesas de los cambiadores y las sillas de los que vendían palomas; Y les dice: Escrito está: Mi casa será llamada casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. (Mt. 21, 12-13)

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Parece claro que los canónigos querían enviar un rotundo mensaje con la elección del tema, recordando este pasaje en concreto a los comerciantes que hacían sus tratos en espacios anexos a la catedral. 

Hay que señalar que el entorno de la puerta del Perdón constituía un espacio en el que tradicionalmente se había concentrado la actividad comercial en la ciudad. Ya en época islámica, se situaba justo enfrente la llamada Alcaicería de la Seda, a ambos lados de la actual calle Hernando Colón, un área comercial especializada en productos de lujo como telas, piezas de orfebrería o perfumes. Se seguía así con la costumbre musulmana de situar los principales focos de comercio junto a las mezquitas aljamas. Esa actividad siguió siendo predominante en la zona tras la llegada de los cristianos y aún hoy podemos ver el rastro de antiguos comercios abiertos hacia la calle Alemanes, en los espacios porticados que se abren en los bajos de varias de sus viviendas.

Pero la presencia de tratantes en el entorno de la catedral se disparó sobre todo a raíz del descubrimiento de América y de que la Corona decidiera centralizar en Sevilla todo el comercio con el Nuevo Mundo. De esta forma, las gradas de la catedral se convirtieron en el escaparate en el que se vendían y compraban todo tipo de mercancías. Existen relatos que nos hablan de lo bullicioso del lugar y de cómo se llenaba de puestos y tenderetes, constituyendo probablemente el espacio más concurrido y de más actividad de la ciudad.

Entre los numerosos productos objeto de comercio en la zona estaban también los esclavos. Las gradas de la catedral eran el escenario principal del comercio de seres humanos en la ciudad, provenientes sobre todo de África, tanto del área del Magreb como del sur del Sáhara. Existe numerosa documentación que nos habla de la importancia creciente del comercio esclavista en la Sevilla del siglo XVI, empujado por el despegue económico que trajo el estatus de Puerto de Indias. Aunque la trata de seres humanos era una actividad común y generalmente aceptada en la Europa del momento, la esclavitud no deja de constituir uno de los aspectos más tristes en la historia de la ciudad.

Justo enfrente de la Puerta del Perdón encontramos un detalle que permite recordar este pasado. En el collarino de una de las columnas de los soportales puede leerse ARIAS CORREA LABRÓ ESTA SU CASA AÑO DE 1591. Sabemos de este personaje que fue un importante comerciante de esclavos que decidió levantar su vivienda junto al lugar en el que se desarrollaba su negocio.

A pesar del claro mensaje lanzado con el relieve de La expulsión del que venimos hablando, parece que los miembros del Cabildo no consiguieron acabar con el problema y son constantes las quejas presentadas a lo largo del siglo. Incluso llegan a señalar cómo los comerciantes no dudan en cerrar sus tratos en el interior de la catedral los días de lluvia.

Consciente del problema de falta de espacios adecuados en la ciudad para el desarrollo de los intercambios comerciales a gran escala, Felipe II ordenó la construcción de una Lonja en 1584, el magnífico edificio renacentista proyectado por Juan de Herrera que es la actual sede del Archivo de Indias.

Su finalización en 1598 aliviaría notablemente la presión comercial en el entorno de la catedral, pero las inmediaciones de la Puerta del Perdón siguieron siendo un espacio muy transitado con una intensa ocupación por pequeños negocios. De hecho, existen grabados y pinturas que muestran estos tenderetes y puestos de una forma hermosa y romántica, en época tan tardía como el siglo XIX.

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PUERTAS DE LA CATEDRAL

LA EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES DEL TEMPLO EN LA PUERTA DEL PERDÓN

La Catedral cuenta con numerosas portadas hacia el exterior:

– En el lado oeste, tres en las fachada de los pies, hacia la avenida de la Constitución, denominadas del Bautismo, de la Asunción y de San Miguel.

– Dos a ambos del crucero, denominadas de la Concepción y de San Cristóbal o del Príncipe, realizadas a finales del siglo XIX y principios del XX bajo la dirección del arquitecto Fernández Casanova.

– Dos en la cabecera, llamadas de Palos y de las Campanillas.

– Una en un extremo de la pseudo-girola, a los pies de la Giralda, conocida como Puerta del Lagarto.

– Por último, la llamada Puerta del Perdón, por la que se accede al Patio de los Naranjos desde el exterior.

 

Fachada del lado oeste (Avenida de la Constitución)

Cuenta con tres portadas, siendo las de ambos lados las conocidas como del Bautismo y de San Miguel o del Nacimiento, góticas del siglo XV. En el centro, la puerta principal, denominada de la Asunción, no fue realizada hasta el siglo XIX en estilo neogótico.

Las dos puertas góticas cuentan con decoración escultórica de Lorenzo Mercadante y Pedro Millán

En el tímpano de la primera se representa el Bautismo de Cristo y a ambos lados de la puerta, las santas Justa y Rufina y los cuatro santos hermanos de Cartagena: Leandro, Isidoro, Fulgencio y Florentina.

En el tímpano de la segunda se representa una Natividad y a los lados de la puerta aparecen entre otros los cuatro evangelistas, san Laureano y san Hermenegildo.

En el tímpano de la portada central encontramos una Asunción de la Virgen realizada ya en el siglo XIX por Ricardo Bellver.

 

Fachada del lado oriental (Plaza Virgen de los Reyes)

En la cabecera de la catedral se sitúan las puertas de Palos y de las Campanillas, que deben sus nombres a otras anteriores ubicadas en el mismo lugar que comunicaban la catedral con el Corral de los Olmos, antigua sede del Cabildo que se situaba en la actual plaza Virgen de los Reyes.

Ambas están realizadas en el siglo XVI en estilo gótico, aunque la decoración escultórica es ya renacentista. Sobre los tímpanos se representan respectivamente una Adoración de los Magos y la Entrada de Jesús en Jerusalén, completadas con diversas figuras de ángeles y profetas a los lados de las puertas. Son obras en barro cocido de Miguel Perrin.

 

Puerta del Perdón

Da acceso al Patio de los Naranjos. Está conformada por un arco de herradura apuntado de época almohade, decorado en su arquivolta con yeserías platerescas del siglo XVI.

A ambos lados de la puerta se sitúan las figuras de san Pedro y san Pablo y una Anunciación. Sobre ella un relieve que representa la Expulsión de los Mercaderes del Templo. Están todos realizados en yesería por Miguel Perrin entre 1519 y 1520.

El tema de la Expulsión de los Mercaderes fue elegido por el Cabildo de la Catedral para lanzar un mensaje a los numerosos comerciantes vinculados al tráfico con América que utilizaban espacios de la catedral para hacer sus tratos. En esta época aún no se había construido la Lonja o Casa de Indias que serviría a este propósito.

Las puertas son una obra almohade del siglo XII, realizadas en madera revestidas de chapa de bronce y decoradas con lacerías, atauriques e inscripciones cúficas.