La presencia judía en la Península Ibérica se remonta a tiempos muy remotos, aunque solo podemos constatarla con certeza desde época romana (siglo I d.C.). Sin embargo, existen algunas evidencias que han llevado a diversos autores a lo largo de la historia a remontar aún más en el tiempo la llegada de las primeras comunidades hebreas. Para ello, se basan sobre todo en las menciones bíblicas a “Tarsis”, que buena parte de la historiografía ha identificado con Tartessos, una cultura desarrollada principalmente en el suroeste peninsular entre los siglos XII y XI a.C. aproximadamente.
El mundo tartésico fue el resultado de la evolución de los pueblos locales con una fuerte influencia de los fenicios, que fueron una nación de navegantes y mercaderes proveniente del Próximo Oriente. Estos fenicios eran también un pueblo semita, con una estrecha relación con el mundo hebreo y de ahí que no sea descabellado pensar en una temprana relación, al menos comercial, entre Tartessos y el reino de Israel. En relación con esta posibilidad, quizá el pasaje más célebre sea el que aparece en el Libro de los Reyes, en el que al ensalzar el reinado de Salomón (siglo X a.C.) se dice:
El rey tenía en el mar la flota de Tarsis con la flota de Jiram. Una vez cada tres años llegaba la flota de Tarsis trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales. (1 Reyes 10:22)
Autores como Adolf Shulten, Antonio García y Bellido o Ángel Montenegro, consideraron que efectivamente las menciones a Tarsis aluden a Tartessos y a su relación comercial con el Próximo Oriente. Sin embargo, de estas menciones no se puede extraer que hubiera comunidades judías viviendo en las ciudades españolas antes de la época romana.


