LOS JUDÍOS EN LA HISPANIA ROMANA Y VISIGODA

En la actualidad, la mayoría de los historiadores señalan que las primeras comunidades judías se asentaron en la Península durante los siglos I y II, concretamente tras la destrucción de Jerusalén en el año 70, en el reinado de Vespasiano, y tras la represión posterior a la rebelión de Bar Kojba en el 134, con Adriano como emperador. Dentro de la dispersión que siguió a estos acontecimientos, es muy probable que un número indeterminado de familias hebreas abandonaran Tierra Santa para acabar estableciéndose en Hispania. De hecho, varios pasajes del Talmud y del Midrash (Levítico Rabá) señalan como durante el reinado de estos emperadores se ordenó el traslado forzoso de prisioneros judíos a la Península. Estos testimonios evidencian un asentamiento temprano, ya fuera voluntario o involuntario.

La evidencia documental más antigua hallada en España es una inscripción conocida como Epitafio de la judía Annia Salomonula. Se trata de la lápida que cubría el enterramiento de una muchacha en la localidad almeriense de Adra. En ella se puede leer:

[An]nia · Salo/[mo]nula · an(norum) · I / mens(ium) · IIII · die(rum) · I / Iudaea

Annia Salomonula, de un año, cuatro meses, un día, Judía.

Recreación de la inscripción de Annia Salomonula, aparecida en Adra (Almería) en el siglo XVIII.

Existen varias evidencias arqueológicas que permiten afirmar que las comunidades judías fueron numerosas en la época del Bajo Imperio Romano, cuando se constatan también los primeros cristianos en las ciudades de Hispania. Así, por ejemplo, han aparecido varias lucernas grabadas con la menorá o candelabro de siete brazos judío en puntos tan diversos de nuestra geografía como Mérida, Toledo, Cástulo (Jaén), Águilas (Murcia) o Palma de Mallorca, todas ellas datadas entre los siglos IV y V. De la misma época, se conserva en el Museo Sefardí de Toledo una curiosa pileta de mármol blanco que se halló en Tarragona. Está decorada también con la menorá, además de otros símbolos representados de forma esquemática, como el árbol de la vida. Tiene la particularidad de que posee inscripciones en latín, griego y en hebreo. En esta última lengua se puede leer “Paz sobre Israel y sobre nosotros y sobre nuestros hijos”.

Pileta de mármol blanco con inscripciones en latín, griego y hebreo. Procede de Tarragona y se ha datado alrededor del siglo V. En la actualidad se conserva en el Museo Sefardí de Toledo

Lucerna hallada en el yacimiento tardo-romano de El Molino (Águilas, Murcia). Hernández García, Juan de Dios. "La necrópolis tardorromana del Molino". Memorias de Arqueología 13, 1998.

Lucerna hallada en el Conjunto Arqueológico de Cástulo, Jaén (siglo V). Google Arts & Culture.

Lucerna procedente de Toledo (siglo V). Museo Sefardí de Toledo.

Al desmoronarse el Imperio Romano en el 476, Hispania pasó a conformarse como una monarquía regida por los visigodos, pueblo de origen germánico que se había adentrado en la Península varias décadas atrás. No parece que los primeros reyes visigodos fueran especialmente beligerantes en materia religiosa y en general las comunidades judías siguieron funcionando de manera similar a la de los últimos siglos del Imperio. Sin embargo, todo cambió cuando el rey Recaredo adoptó el catolicismo como religión oficial (587). Muy pronto aprobó una serie de disposiciones antijudías, que se vieron reforzadas por los decretos del Concilio de Toledo del 589. Entre otras medidas, se prohibió a los judíos tener esclavos cristianos, ocupar cargos públicos, así como casarse o mantener relaciones sexuales con cristianas. 

Con los monarcas posteriores se fueron alternando situaciones de represión con otras de cierta relajación, por lo que muchos hebreos adoptaban el cristianismo para evitar problemas en momentos difíciles para volver luego al judaísmo cuando la situación mejoraba. Esto provocaba que las posturas de la jerarquía católica se extremaran aún más y los diferentes concilios católicos celebrados en Toledo no hacían más que corroborar y ampliar las leyes antijudías promulgadas por la corona.

"La conversión de Recaredo" (1888). Cuadro de Antonio Muñoz Degrain recreando el momento en el que Recaredo abandona el arrianismo para adoptar la fe católica. Senado de España.

El reinado de Sisebuto (612-621) marca un punto álgido en la represión, marcando una línea durísima contra el pueblo hebreo que será la tónica más habitual en lo que resta de historia del reino visigodo en la Península. Tal y como señala Joseph Pérez en su “Los judíos en España”, Sisebuto manda liberar a los cristianos de toda relación de dependencia respeto de los judíos que se ven obligados a desprenderse de sus esclavos y servidores; el proselitismo judío se ve castigado por la pena de muerte y la confiscación de bienes; los hijos que puedan tener los judíos con esclavas cristianas habrían de ser educados como cristianos. (…) Por fin, pretende Sisebuto obligar a los judíos a convertirse al catolicismo o, si no, a salir de España. La cifra de los que entonces fueron expulsados se ha calculado en muchos miles y la de los bautizados en 90.000, pero serían probablemente mucho menos. Desde entonces conversos y judíos quedan excluidos de los cargos públicos con el motivo de que era intolerable que tuvieran autoridad sobre los católicos

Retrato imaginario del rey Sisebuto, realizado en 1854 por el pintor sevillano Mariano de la Roca y Delgado. Museo del Prado.

A pesar de la severidad de estas medidas, la política antijudía no había alcanzado aún sus cotas más extremas y violentas. Hacia el 638, Chintila decreta la prohibición de habitar el reino para todo aquel que no fuera católico. En la segunda mitad de ese mismo siglo, Recesvinto ordena la muerte de los judíos por lapidación o en la hoguera y, poco tiempo después, Égica dictamina la esclavización tanto de judíos como de conversos. El grado de cumplimiento de estas medidas fue dispar dependiendo de la época y la ciudad de la que hablemos, pero en su conjunto fueron creando una atmósfera irrespirable para la comunidad judía en Hispania, cada vez más arrinconada socialmente y más expuesta a estallidos de violencia cada vez más frecuentes.

A pesar de la severidad de estas medidas, la política antijudía no había alcanzado aún sus cotas más extremas y violentas. Hacia el 638, Chintila decreta la prohibición de habitar el reino para todo aquel que no fuera católico. En la segunda mitad de ese mismo siglo, Recesvinto ordena la muerte de los judíos por lapidación o en la hoguera y, poco tiempo después, Égica dictamina la esclavización tanto de judíos como de conversos. El grado de cumplimiento de estas medidas fue dispar dependiendo de la época y la ciudad de la que hablemos, pero en su conjunto fueron creando una atmósfera irrespirable para la comunidad judía en Hispania, cada vez más arrinconada socialmente y más expuesta a estallidos de violencia cada vez más frecuentes.

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