SIGLO XIV: EL FINAL DE LA CONVIVENCIA PACÍFICA

La convivencia pacífica de las comunidades cristiana y judía, que coexistían prácticamente en todas las ciudades y núcleos de población importantes, fue la tónica dominante hasta el siglo XIII. Sin embargo, en la centuria siguiente este statu quo se resquebraja y se asiste a una creciente conflictividad y rechazo hacia los judíos por parte de los cristianos. Los episodios de violencia son cada vez más frecuentes y tendrán su cénit en los terribles pogromos de 1391.

Las razones para explicar este cambio de dinámica son diversas y complejas. Quizás haya que empezar por las propias fisuras y contradicciones internas que se daban en el seno de la comunidad judía. Tal y como cuenta Julio Valdeón, desde el punto de vista social era muy nítida la diferencia entre la minoría de judíos potentados, que gozaban de grandes privilegios y tenían estrechas relaciones con reyes y magnates cristianos, y la amplia masa de pequeños comerciantes, artesanos, labriegos, etc., víctimas por excelencia de las iras del pueblo cristiano. la distancia entre ambos grupos se observaba igualmente en el terreno de las creencias religiosas. Los miembros de la oligarquía, muy influidos por Averroes y Maimónides, habían reducido por lo común sus creencias a un vago deísmo. Las masas populares, por el contrario, seguían fieles a la tradición mosaica. En los años finales del siglo XIII irrumpieron con fuerza entre los sectores populares las ideas místicas de la Cábala. la vida licenciosa de los judíos cortesanos y su tibieza religiosa fueron fustigadas sin contemplaciones por los pietistas. De esta manera se acentuaban las tensiones en el seno de la propia comunidad hebraica.

Representación de la batalla de Nájera (1367), uno de los episodios de la guerra civil castellana que enfrentó a Pedro I con su hermanastro, Enrique de Trastámara, entre 1351 y 1369. El clima de violencia alrededor de este conflicto fue uno de los factores determinantes en el deterioro general de la situación de los judíos en el reino. «Chroniques sire Jehan Froissart», Biblioteca Nacional de Francia.

Pero al margen  de los problemas internos de la comunidad judía, la mayor parte de los conflictos con los cristianos venían dados por la naturaleza de las relaciones sociales y económicas entre cristianos y judíos. Hay que recordar que muchos hebreos ocupaban cargos en la administración fiscal, vinculados, por lo tanto, con el cobro de los impuestos. Algunos de ellos fueron incluso los máximos responsables de la política fiscal y guardianes del tesoro real, lo que despertaba enormes recelos y animadversión entre los cristianos, sobre todo en momentos de crisis en los que se hacía difícil hacer frente a las obligaciones tributarias. Hay que recordar que el siglo XIV fue especialmente convulso y violento, con la economía en una situación de deterioro constante. 

También problemática era la profesión de prestamistas a la que se dedicaban muchos judíos. En general, el crédito es indispensable para el funcionamiento de una economía mínimamente desarrollada. No solo la Corona, sino también muchos particulares recurrían al dinero prestado por los judíos cuando la coyuntura lo hacía necesario. Sin embargo, cuando la crisis y la pobreza se generalizan, los beneficios obtenidos por los prestamistas eran vistos como indecentes por el grueso de la población, acabando por conformar otro motivo de odio que estuvo en el origen directo de muchos de los actos de violencia sufridos por los judíos.

Caricatura de un judío llamado Salomó Vidal que se encuentra en el "Liber Iudeorum" que se conserva en el Archivo Episcopal de Vic, Cúria Fumada (1334-1340).

Por último, no hay que olvidar los motivos religiosos en sentido estricto. El pueblo judío era identificado de manera constante como el pueblo deicida y con frecuencia se les acusaba de toda clase de comportamientos contrarios a la fe cristiana. A lo largo de la Edad Media la Corona, las Cortes y el Papado promulgaron numerosas disposiciones fomentando la segregación de los judíos con respecto al resto de la sociedad, como medida para evitar cualquier tipo de proselitismo de la fe mosaica. Este sustrato ideológico antijudío fue permanente y en los momentos de crisis o conflicto servía de marco teórico que amparaba los ataques y desmanes contra los judíos. En incontables ocasiones los judíos fueron el chivo expiatorio que pagó las consecuencias en momentos de tensión social.

Las primeras muestras de violencia a gran escala las encontramos en el reino de Navarra. Al morir el rey Carlos IV en 1328 se abrió un período de crisis dinástica que fue el marco perfecto para estos ataques. Grupos de "matadores de judíos" se dedicaron al asalto y destrucción de numerosas aljamas del reino. Lo hicieron bajo la influencia de un movimiento similar que tuvo lugar en el sur de Francia a principios de ese siglo, cuando grupos de exaltados se dedicaron a hostigar violentamente a las poblaciones judías. Además, hubo varios predicadores incentivando este odio, como el franciscano Pedro Olligoyen, señalado como uno de los principales responsables del estallido de violencia. Las autoridades lograron contener los ataques en Pamplona y Tudela, donde se encontraban las juderías más importantes, pero en otras poblaciones se desató la violencia antijudía, como en Funes, San Adrián o Viana. Especialmente grave fue el caso de Estella, cuya judería fue completamente arrasada.

La judería de Estella - Lizarra fue completamente arrasada tras el asalto violento que sufrió en 1328.

Un par de décadas más tarde se produjo un nuevo estallido antijudío, esta vez en el área de Cataluña. En este caso, la motivación más directa estuvo ligada con la expansión de la Peste Negra. En numerosos lugares de Europa, especialmente en el valle el Rhin, la llegada de esta mortífera enfermedad estuvo vinculada a la difusión de bulos que hacían a los judíos responsables, acusándolos de envenenar el aire y las aguas. A los pocos días de producirse los primeros estragos de la epidemia en Barcelona, en mayo de 1348, se produjo el asalto violento de la judería. El rey Pedro el Ceremonioso intentó sofocar el estallido, pero no pudo evitar ataques similares en Montblanch, Tárrega, Cervera, Villafranca del Penedés y Lérida. 

En el caso de Castilla, la violencia contra los judíos encontró su caldo de cultivo perfecto en la guerra civil que enfrentó al rey Pedro I y a su hermanastro Enrique de Trastámara entre 1351 y 1369. Los partidarios de Enrique difundieron pronto la teoría sin fundamento de que Pedro no era en realidad hijo del anterior rey, Alfonso XI, sino de un judío que lo había dado en adopción al monarca. Con frecuencia se referían a Pedro como "el judío" y se denunciaba como un símbolo de degradación el gran número de hebreos que ocupaban cargos de responsabilidad en la corte. En este marco de conflictividad general, numerosas juderías castellanas sufrieron ataques, en ocasiones a manos de los combatientes extranjeros que participaban en la contienda en ambos bandos, como los franceses al mando de Bertrand du Guesclin o los ingleses a las órdenes del príncipe Negro. Así ocurrió, por ejemplo, en Briviesca, Aguilar de Campoo o Villadiego. En otras ocasiones, fueron los propios habitantes de las ciudades los que se lanzaron contra los judíos, como en Valladolid, Segovia, Ávila o Toledo.

Esta última ciudad padeció especialmente esta guerra incluso tras su final. Poco tiempo después de acceder al trono, Enrique II impuso un enorme tributo a los judíos de Toledo, saqueados y empobrecidos, como castigo por su lealtad a Pedro. Ordenó que se vendieran en subasta pública todas las propiedades, muebles e inmuebles, pertenecientes a los judíos toledanos y que encarcelara a todos estos últimos, tanto mujeres como hombres, y los hiciera pasar hambre y los torturara de otras maneras hasta que reunieran esa inmensa suma.

Representación escultórica de Pedro I en la calle Cabeza del rey don Pedro de Sevilla.

Área de la ciudad de Toledo en la que se asentaba su judería.

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