El esplendor cultural del Califato de Córdoba
El reino visigodo se hallaba inserto en uno de sus constantes conflictos internos cuando dio comienzo la conquista musulmana de la Península en el 711. Está constatado que los judíos recibieron con beneplácito a los nuevos señores y que colaboraron con ellos en el proceso de conquista. Incluso hubo un contingente judío que luchó junto con los musulmanes al mando de Kaula al-Yahudí en la batalla de Guadalete, en la que murieron el rey Rodrigo y algunos de los principales nobles del reino. Además, mientras la conquista continuaba hacia el norte, los musulmanes fueron confiando el gobierno de distintas ciudades a miembros de sus comunidades judías. Así ocurrió, por ejemplo, en Córdoba, Málaga, Granada, Sevilla y Toledo.
Con la nueva realidad política islámica, los judíos, al igual que los cristianos, pasaron a ser considerados “dhimmis” o “Gentes del Libro”, ya que al ser religiones monoteístas y compartir parte de la base teórica del Islam, se entendía que habían recibido parte de la “revelación”. De esta forma, gozaban de un cierto estatus de protección que les permitía preservar su fe original. Eso sí, estaban sujetos al pago de un impuesto exclusivo para los no musulmanes, conocido como “yizia” o “yizya”.
En cualquier caso, La nueva realidad política trajo consigo un renacimiento de las comunidades judías que estaban asentadas en suelo hispano, ya que se dieron por finalizadas las persecuciones que sufrieron durante el periodo visigodo. Los que habían sido convertidos a la fuerza pudieron volver a su fe primitiva y muchos hebreos procedentes de otros lugares, animados por la nueva situación que se vivía en la península, decidieron establecerse en ella. (Montes Romero-Camacho, Isabel, "Judíos andaluces en la Edad Media", en "Andalucía en la Historia", nº33)
Tras unas décadas iniciales en las que los territorios dominados por el Islam en la Península conformaron un emirato dependiente de Damasco, en el 756 llega al trono Abderramán I, que inaugura el Emirato Omeya Independiente con capital en Córdoba. Se inicia entonces una etapa de prosperidad para los judíos, que colaborarán de manera creciente con las autoridades, ocupando puestos de responsabilidad y controlando lucrativas actividades económicas.
Este progreso llegará a su punto culminante con Abderramán III, que se proclamará a sí mismo califa en el 929. Bajo su reinado y bajo el de su hijo, Alhakén II, se vivirá una auténtica edad de oro del judaísmo andalusí. En esta época se reúnen en Córdoba figuras como la de Hassday ibn Shaprut, médico y diplomático de la corte, o poetas y literatos como Dunash ben Labrat o Menahem ben Saruk. Especialmente relevante es la figura del rabino Moses ben Hanoch, que fundó una escuela talmúdica que contribuyó especialmente para que en la Al Ándalus del siglo X se viviera una de los momentos de esplendor de la historia de la cultura judía.
"La civilización del Califato de Córdoba en tiempos de Abderramán III". Dinisio Baixeras, 1885. Wikimedia Commons.
Reinos de Taifas
El período de esplendor cultural vivido en los primeros siglos de Al Ándalus duró poco y la estructura política del Califato acabaría desmoronándose tras la muerte del caudillo Almanzor en 1031. Comienza así el período conocido como Reinos de Taifas, en el que el territorio quedó dividido en numerosos emiratos gobernados por dinastías como los Abadíes en Sevilla, los Hammudies en Málaga, los Ziríes en Granada o los Beni-hud en Zaragoza. La inestabilidad y la violencia que se adueñaron de Córdoba en los últimos años del Califato, hicieron que muchos judíos la abandonaran para dirigirse principalmente a Málaga, Granada, Toledo, Murcia y Zaragoza.
Una vez que los nuevos reinos estuvieron asentados, en muchos de ellos empezaron a florecer de nuevo las comunidades judías, promotoras con frecuencia del progreso económico y el dinamismo cultural de sus capitales. De nuevo aparecen destacadas personalidades hebreas ocupando importantes puestos en la administración de los distintos reinos.
Un buen ejemplo es la Taifa de Zaragoza. Durante el reinado de Mundir II, el poeta y talmudista Yekutiel ben Isaac fue nombrado gran visir del reino, que equivalía a un jefe de gobierno o primer ministro, lo que da muestra de la confianza de las autoridades musulmanes en los miembros de la comunidad judía. Los desórdenes que siguieron a un golpe de Estado en 1039 acabarían con su vida, pero unas décadas más tarde, otro judío, y también poeta, ocuparía de nuevo el puesto de visir. Se trata de Abu al-Fadl ibn Hasdai, que accedió al cargo en 1070 durante el reinado de Al-Muqtadir. Impulsó de manera decidida las ciencias, las artes y la cultura en el reino, siendo responsable en gran parte de su auge político e intelectual.
También en Sevilla gozaron los judíos de una situación de prosperidad durante el siglo XI, principalmente durante el reinado de Al Mudamid, el último rey de la dinastía Abadí. En su corte se vivió un auténtico esplendor cultural, en el que participaron de manera activa destacados miembros de la comunidad judía. Uno de ellos fue el erudito Isaac ibn Albalia, que fue nombrado astrónomo personal del rey. También destacable fue el papel de Joseph ibn Migas, al que se empleó como uno de los diplomáticos más destacados del reino.
Pero la Taifa en la que los judíos alcanzaron su mayor relevancia social, económica y política fue sin duda la de Granada. A esta ciudad llegó huyendo de Córdoba el talmudista y lingüista Samuel ha-Levi ibn Nagdela (Nagrela), que pronto se ganó el favor del visir del rey Habus de Granada. Este lo nombró secretario privado y lo recomendó al rey como consejero. A la muerte del visir, el rey lo nombró ministro y le confió la administración de los asuntos diplomáticos. Samuel ejercía también como rabino y se interesó activamente por las ciencias y la poesía. Conservó su puesto en la corte bajo el hijo del rey Habus, Badis, a quien ayudó contra su hermano mayor Balkin. Samuel siguió siendo el protector de sus correligionarios, que en Granada disfrutaban de plena igualdad cívica, siendo elegibles para los cargos públicos y para el servicio en el ejército.
A la muerte de Samuel en 1055, lo sucedió como ministro su hijo, Joseph ibn Nagdela. Su orgullo y ambición fueron despertando la enemistad de algunos musulmanes, que veían como preeminentes puestos de la administración eran ocupados por infieles. En 1066 se organizó una conjura que acabó con el asesinato de joseph. Inspirados por los fanáticos, los musulmanes atacaron entonces la judería granadina, provocando la primera persecución y matanza de judíos en la España musulmana. Muchos supervivientes huyeron a otras ciudades, en especial a Lucena, desarrollando aún más la relevancia de la comunidad hebrea de esta ciudad.
Samuel ha Nagid - Ibn Nagrella, en un retrato imaginario de Daniel Quintero (2017). Museo Sefardí de Toledo.
Almorávides y almohades. La expulsión de los judíos de Al Ándalus
El avance castellano en tiempos de Alfonso VI contra el reino de Sevilla provocó que el rey Al-Mu’tamid pidiera ayuda a los almorávides, una secta religiosa fanática y guerrera proveniente del otro lado del Estrecho. Vencieron a las tropas cristianas en Sagrajas (1086), una batalla en la que se sabe que lucharon numerosos judíos, tanto del lado musulmán como del cristiano. Los almorávides se hicieron de este modo con el control de la España musulmana. Su líder, Yusuf ibn Tashfin, no hizo nada para mejorar el bienestar de los judíos. Más bien al contrario, se esforzó por obligar a la numerosa y rica comunidad de Lucena a abrazar el Islam. Bajo el reinado de su hijo Alí (1106-1143) la posición de los judíos era más favorable. Algunos fueron nombrados "mushawirah" (recaudadores y custodios de los impuestos reales). Otros entraron al servicio del Estado, ostentando el título de "visir" o "nasi". Las antiguas comunidades de Sevilla, Granada y Córdoba prosperaron de nuevo.
Pero el poder de los almorávides duró poco. Un fanático del norte de África, Abdallah ibn Tumart, apareció alrededor de 1112 como el defensor de las enseñanzas originales de Mahoma sobre la unidad de Dios, y se convirtió en el fundador de un nuevo partido llamado los almohades o muzmotas. A la muerte de Abdullah, Abd al-Mumin tomó el mando y continuó su lucha contra los almorávides, primero en el norte de África y desde 1147 en la Península, logrando en menos de un año el control de toda la España musulmana. Los nuevos conquistadores trajeron una visión religiosa mucho más férrea e intransigente, obligando a los judíos a aceptar la fe islámica o a abandonar el territorio. Confiscaron sus propiedades y se llevaron a sus esposas e hijos, muchos de los cuales fueron vendidos como esclavos. Las instituciones educativas judías más famosas fueron cerradas y las hermosas sinagogas destruidas en todas partes.
Uno de los judíos que se vieron forzados a abandonar el país en el contexto de la expulsión decretada por los almohades fue el célebre Maimónides, una de las personalidades más destacadas de la historia del judaísmo. Fue un médico, filósofo, astrónomo y rabino, nacido en Córdoba en 1135. Sus aportaciones en diversas materias lo convirtieron ya en vida en un referente intelectual tanto para judíos como musulmanes, destacando en materia religiosa su obra Mishné Torá, que es todavía hoy considerada una de las cumbres de la codificación de las leyes y ética judías. Tras la conquista almohade de Córdoba, Maimónides y su familia tuvieron que huir, deambulando por diversos territorios peninsulares para acabar finalmente en Fez, en el actual Marruecos. Allí pasó solo cinco años porque también el Magreb estaba bajo dominio almohade, de tal forma que acabó asentándose en Egipto, donde se encontraba entonces el centro del Califato fatimí. Allí pudo continuar su carrera hasta su muerte en el Cairo en 1204.
Las terribles persecuciones de los almohades duraron diez años. Debido a estas persecuciones, muchos judíos pretendieron abrazar el Islam, pero un gran número huyó a Castilla, donde Alfonso VII los recibió con hospitalidad, especialmente en Toledo. Otros huyeron más al Norte de España e incluso a la Provenza, lugar en el que se refugió por ejemplo la familia de los Ḳimḥis. Varios intentos por parte de los judíos de defenderse contra los almohades resultaron infructuosos, como ocurrió con el valiente Abu Ruiz ibn Dahri en Granada en 1162.
Los Almohades fueron finalmente derrotados por una coalición de reinos cristianos en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), tras la cual Al Ándalus perdió de nuevo su unidad política y reaparecieron los reinos de Taifas.




