LAS COLUMNAS DE LA ALAMEDA

La Alameda de Hércules es uno de los espacios más emblemáticos y transitados de la ciudad, especialmente por la profusión de locales de hostelería, bares, restaurantes y pubs, que la hace uno de los focos principales del ocio sevillano. Además, con más de 400 metros de largo y unos 50 de ancho, es el espacio público ajardinado más grande del casco histórico de la ciudad, ideal para la celebración de conciertos, mercadillos y eventos de todo tipo.

No solo es el espacio público más grande del casco histórico, sino también el más antiguo. De hecho es uno de los espacios de este tipo más antiguos de España y de Europa. Su construcción fue dispuesta en 1574 por el conde de Barajas, que ostentaba el cargo de asistente de la ciudad, un puesto de nombramiento regio que era el de mayor importancia en el Cabildo de Sevilla. El objetivo de la nueva obra era acabar con las pésimas condiciones en que se encontraba esta zona de la ciudad. 

Hay que recordar que durante buena parte de la historia de Sevilla, un brazo del Guadalquivir atravesaba la ciudad de norte a sur pasando por lo que hoy es la Alameda. Este cauce fue desplazándose poco a poco hacia el oeste, hasta coincidir con el actual ya en época musulmana. En época almohade, con la construcción del nuevo recinto amurallado, la zona queda intramuros de la ciudad, pero siguió sufriendo las regulares crecidas del río y permanecía inundada la mayor parte del tiempo, por lo que sabemos que en época cristiana se la llamaba la laguna de la Feria, por su cercanía a esta calle. 

Son de suponer los problemas de insalubridad que traería semejante extensión de agua estancada dentro de la ciudad y de hecho se ha señalado que el impulso para su reforma pudo venir del propio Felipe II, que había visitado la ciudad solo unos años antes, en 1570, y probablemente pudo tener noticia de las malas condiciones de la zona.

Para solucionar el problema se emprendió un ambicioso plan de reforma urbana, consistente no solo en la desecación de la laguna, sino también en la construcción de una serie de canales de drenaje que redistribuyeran el agua desde allí a otras fuentes y desagües de la ciudad. Por testimonios posteriores sabemos que este objetivo no se consiguió del todo y que la Alameda siguió siendo un área sujeta a las fluctuaciones del río durante mucho tiempo. Por ejemplo, sabemos que en 1649, año de la gran peste que asoló la ciudad, la Alameda era incluso navegable.

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Pero volviendo al siglo XVI, la reforma es aprovechada para hacer una intervención urbana de profundo alcance y significado, probablemente una de las mayores acometidas en cualquier ciudad española en este siglo. El proyecto se halla inmerso en un espíritu renacentista, con el primer objetivo de hacer más habitable la ciudad, enriqueciéndola con espacios para el esparcimiento. Además, con el nuevo diseño se pretenden ensalzar las glorias pasadas de Sevilla y su origen legendario, vinculándolos con el esplendor del Imperio español encarnado en Felipe II.

Para ello se echa mano de las dos figuras más destacadas en la narración tradicional de los orígenes de la ciudad. Hércules y Julio César, cuyas esculturas son colocadas sobre dos grandes columnas romanas en la zona sur de la Alameda, a modo de gran pórtico monumental de entrada al nuevo espacio. En ambas figuras se vio desde el principio trasfondos de Felipe II, que estaría representado por Julio César, y de su padre, el emperador Carlos V, representado por Hércules, uniendo como decíamos el pasado legendario en la Antigüedad con la Monarquía Hispánica, de la que se pretendía resaltar su esplendor. Esta idea de vuelta a las raíces clásicas se refuerza aún más por la elección de sus dos monumentales soportes romanos.

Las columnas sobre las que se levantan las estatuas provienen del llamado “templo” de la calle Mármoles, donde todavía quedan tres de ellas. Su cronología se remonta al siglo II d.C., pero no sabemos realmente a qué tipo de edificio pertenecían. Lo más probable es que formaran parte de un templo, pero que este se ubicara en otra parte de la ciudad y que fueran reutilizadas donde están hoy en un edificio ya de  época tardoantigua. En cualquier caso, sabemos que cuando los cristianos tomaron la ciudad en 1248, había seis columnas en el lugar en el que hoy solo quedan tres. A ellas se sumaban las dos de la Alameda y una tercera que el rey Pedro I quiso llevar al Alcázar pero que quedó fragmentada en el intento, rompiéndose en su traslado a la altura de la actual Mateos Gago.

Como sabemos, salvo este ejemplo, no se conservó ningún edificio monumental de la Híspalis romana, ni siquiera de forma parcial, por lo que este conjunto de seis columnas sería uno de los elementos más significativos de la ciudad medieval y moderna a la hora de intentar echar la vista atrás en busca de sus orígenes.

La leyenda con la que se narra el pasado legendario de la ciudad quedó asentada por Alfonso X en su Estoria de España en la segunda mitad del siglo XIII. En ella se configura una narración que permite aunar una primera fundación mítica por parte de Hércules con la fundación de Híspalis por parte de Julio César, de la que ya había hablado san Isidoro en el siglo VI. 

Según se nos cuenta, Hércules remontó el Guadalquivir en uno de sus viajes por la Península y vió en el lugar donde se ubicaría Sevilla un magnífico emplazamiento para fundar una ciudad. Lo acompañaba un astrónomo que le indicó que ciertamente allí se fundaría una gran ciudad, pero que no le correspondería a él ese honor sino a otro personaje que habría de venir siglos después, en referencia a Julio César. Así que Hércules decidió al menos señalar el lugar en el que se había de producir esa fundación futura y puso allí seys pilares de piedra muy grandes, e en somo una muy grande tabla de mármol escripta de grandes letras que dizien assi: aquí será poblada la gran cibdat (Transcripción de Ana Domínguez Rodríguez en “Hércules en la miniatura de Alfonso X el Sabio”, 1989). El final de la narración legendaria se situaría siglos más tarde, cuando Julio César fundara la Colonia Iulia Romula Hispalis, en el lugar que había dejado marcado Hércules.

Obviamente se trata de una leyenda y ese es el valor que hay que darle, pero sí que se puede señalar un hecho curioso a la hora de valorar el significado de las dos grandes columnas situadas como pórtico de la Alameda. Hay que recordar la estrecha relación de Alfonso X con Sevilla, probablemente su ciudad predilecta de todo el reino y en cuya Capilla Real descansan sus restos. Diversos autores han señalado incluso como el rey Sabio abrazó siempre el anhelo de alcanzar una preponderancia reconocida por el resto de los reinos peninsulares como Imperator totius Hispaniae, tal y como habían hecho sus antecesores Alfonso VI y Alfonso VII. Con toda probabilidad, la idea era que Sevilla fuera la capital predominante de este imperio hispánico soñado por Alfonso. De acuerdo con esto, puede explicarse en parte su interés por dotar de lustre y esplendor la narración de los orígenes de la ciudad.

Alfonso X pasó gran parte de su reinado en Sevilla y es seguro que conoció las columnas de la calle Mármoles, así que es muy posible que en el relato de los seis pilares de piedra colocados por Hércules se esté haciendo referencia en realidad a las seis columnas romanas que allí había. De hecho, en una de las primeras ediciones de la Estoria alfonsí conservada en la Biblioteca del Escorial, se encuentra una pequeña miniatura que muestra la figura de Hércules sobre un gran frontón rectangular sostenido por seis columnas en el que puede leerse AQVI SERA POBLADA LA GRANDT CIBDAT. Según interpreta Ramón Corzo Sánchez en “Hércules Heráldico” (2005), estas seis columnas podrían ser una representación de las que el rey sabio conoció en lo que hoy es la calle Mármoles. Ese sería el lugar concreto en el que la leyenda medieval situó la primera fundación de la ciudad a manos de Hércules.

Volviendo al siglo XVI, es evidente la profunda carga simbólica en la elección de los personajes que habrían de presidir la nueva Alameda, con el deseo de Sevilla de honrar a sus míticos fundadores vinculándolos a la gloria de la Monarquía Hispánica. Pero además, parece que tampoco fue casual la propia elección de las columnas de la calle Mármoles como soportes, ya que como vemos se venían vinculando desde hacía siglos con este origen mítico. 

El Hércules y el Julio César de la Alameda, sobre las enormes columnas romanas que les sirven de soporte, son el más antiguo monumento de la ciudad con un carácter civil. No solo nos hablan de los orígenes de uno de los jardines públicos más antiguos de Europa y del afán renacentista de renovación del espacio urbano que los inspiraron. También nos transmiten la forma de mirar hacia su propio pasado que la ciudad tuvo durante siglos.

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