EL CARAMBOLO Y LOS PRIMEROS DIOSES DE SEVILLA

El tesoro del Carambolo es un excepcional conjunto de orfebrería en oro, que supone el testimonio artístico más relevante que nos ha quedado de la cultura tartésica. Esta se desarrolló entre los siglos X y VI a.C., con su foco principal en el suroeste peninsular, coincidiendo aproximadamente con el territorio de las actuales Cádiz, Huelva y Sevilla. Se caracterizó por sintetizar la evolución de las poblaciones autóctonas del Bronce Final Atlántico y un fuerte influjo orientalizante traído por los fenicios. Estos se habían asentado en la actual Cádiz hacia el año 1100 a.C . Desde allí articulaban una red comercial con todo el área, ejerciendo una influencia cultural creciente sobre las poblaciones locales.

Este influjo fue tan intenso que algunos autores defienden que el Tesoro del Carambolo sería una creación fenicia y que estos serían también los responsables de la fundación del templo en el que se enmarca y de la propia ciudad de Ispal. Sin embargo, la teoría hoy más aceptada es la de que la primera Sevilla fue un poblamiento tartésico, aunque con un claro carácter orientalizante.

En la actualidad, el tesoro no es visitable y aún se está por decidir cuál será su futuro expositivo y dónde podremos verlo. Las dos opciones más probables son las de que se exponga en el Antiquarium de Las Setas, o bien en el Museo Arqueológico de Sevilla, actualmente cerrado por una remodelación total que se espera que termine en 2022.

El conjunto de piezas fue hallado en 1958 de forma casual en el cerro del Carambolo, en el municipio de Camas. Se trata de una pequeña elevación de las estribaciones orientales del Aljarafe que da hacia el valle del Guadalquivir, con la ciudad de Sevilla justo al otro lado del río, a unos tres kilómetros de distancia. Hay que señalar que para el siglo VI o VII a.C. en el que está datado el tesoro, esta zona se encontraba muy próxima a la desembocadura del río Guadalquivir, ya que este formaba una gran ensenada marítima en su último tramo conocida en tiempos de Roma como Lacus Ligustinus. Por lo tanto, tanto el primer poblamiento de Sevilla como este cerro del Carambolo eran lugares prácticamente costeros. 

El tesoro está compuesto por 21 piezas de oro: dos brazaletes, dos piezas en forma de piel de toro, un colgante con siete sellos y un conjunto de dieciséis placas rectangulares. En total forman casi dos kilos y medio de oro.

Aunque pudiera parecer un conjunto homogéneo realizado por un mismo taller, lo cierto es que un minucioso análisis formal ha permitido diferenciar tres momentos en su ejecución.

- Por un lado, el collar, del que cuelgan siete sellos semejantes a escarabeos egipcios, es claramente una creación fenicia. Pudo ser importado desde oriente o pudo ser realizado en alguno de los asentamientos que los fenicios tenían en la Península.

- Por otro lado, parece claro que las piezas restantes fueron elaboradas por poblaciones autóctonas, por orfebres formados en una tradición del trabajo del oro propia del Bronce Final Atlántico, como muestran los paralelismos existentes con piezas cronológicamente anteriores de otros hallazgos, como el Tesoro de Villena (Albacete) o el brazalete de Estremoz (Évora, Portugal). Sin embargo, es cierto que también estas piezas muestran la influencia de técnicas orientales, como el uso de la filigrana o motivos decorativos como las rosetas de ocho puntas que aparecen en algunas piezas. Entre ellas se pueden diferenciar dos autorías atendiendo a sus rasgos:

+ Un conjunto de ocho placas, una pieza con forma de piel de toro y los dos brazaletes.

+ Otro conjunto de ocho placas y una pieza con forma de piel de  toro.

Es, por lo tanto, un hermosísimo ejemplo del llamado proceso orientalizante, y muestra la mixtura de técnicas y programas iconográficos entre tradiciones locales e influencia fenicia que se experimentó en el ámbito de la orfebrería.

Tras el hallazgo de las piezas, se iniciaron las primeras excavaciones arqueológicas en la zona, tratando de ponerlas en un contexto en el que pudieran explicarse. Las primeras excavaciones se realizaron casi inmediatamente después del hallazgo, pero ha habido que esperar a campañas más recientes para tener una visión más completa del conjunto. 

Se ha podido constatar que el tesoro se hallaba en una zona del santuario donde se acumulaban desechos, por lo que parece que lo que se pretendió fue esconderlo allí evitando que fuera capturado en alguna situación de conflicto. Este depósito se produjo hacia el siglo VI a.C., coincidiendo con el declive de la presencia fenicia en la Península en favor de la cartaginesa.

Es posible, sin embargo, que las piezas correspondan a un momento anterior y tuvieran ya un tiempo cuando fueron ocultadas. En general, se les da una cronología entre el siglo IX y VI a.C. Entre estas dos fechas estaría la cronología del santuario en el que se enmarcan y que ha podido ser descrito a través de las excavaciones arqueológicas. Se trataba de un gran espacio amurallado en el que se ubicaban dos santuarios con cámaras principales y estancias secundarias que se abrían con la misma orientación hacia una explanada frente a la entrada principal al recinto. Alrededor, ya extramuros, se extiende un pequeño asentamiento, habitado hasta principios del siglo V a.C.

Entre los elementos arquitectónicos más significativos encontrados está un altar con forma de piel de toro. Es un elemento que aparece en otros contextos tartésicos, como en el Santuario de Cancho Roano en Badajoz o en el santuario fenicio de la cercana Coria del Río.

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Sobre este altar se producirían cremaciones, probablemente de bueyes, en honor al dios, tal y como mostrarían las huellas que aparecen sobre el altar. Esta circunstancia ha permitido adscribir el templo al dios Baal, con lo que su paralelo estaría dedicado a su esposa Astarté. Ambos son dos de las principales deidades del panteón fenicio y la creación de templos pareados dedicados a la pareja tiene precedentes en sus áreas de influencia.

Baal es un dios que los fenicios tenían en común con otras culturas orientales. Era hijo de la deidad principal, El, y era representado con diversos nombres y atributos dependiendo de la ciudad en la que se le daba culto. Una de sus advocaciones más frecuentes, originaria de la ciudad de Tiro, fue la de Melkart, una divinidad que griegos y romanos identificaron por sus atributos guerreros con su Heracles-Hércules. Fue la versión del dios Baal más extendida en la Península. Hay que recordar que en la cercana Cádiz los fenicios habían levantado un templo en su honor que fue célebre durante toda la Antigüedad. Además, conocemos la leyenda que atribuye a Melkart-Heracles-Hércules el mérito de ser el primero en cruzar el estrecho de Gibraltar, remontar el Guadalquivir y fundar una primitiva Sevilla. No sabemos hasta qué antigüedad se remonta la difusión de esta leyenda.

En el Museo Arqueológico se conserva una pequeña estatuilla en bronce que representa a Melkart, con los brazos en posición de portar una lanza y un escudo hoy desaparecidos. Aunque está labrada de forma tosca, es posible distinguir que lleva la cabeza y los hombros cubiertos por una piel de león, atributo que comparte con el semidios grecolatino Heracles-Hércules. Está datado en el siglo VI a.C. y no se conoce el contexto en el que fue hallado, aunque lo más posible es que provenga del entorno de Sevilla. Por sus características parece claro que se trataría de una figurilla destinada a ser entregada como exvoto a la divinidad, lo que hace bastante posible que provenga del carambolo o de algún santuario o templo de semejantes características.

La atribución a Baal-Melkart de uno de los dos santuarios del Carambolo ha permitido establecer la última y más aceptada interpretación sobre el Tesoro. Tal y como se expuso en la exposición celebrada en el Museo Arqueológico por el 50 aniversario del hallazgo, las piezas formarían parte del ajuar que llevarían puesto un sacerdote y los dos bueyes a los que conduce al sacrificio en el santuario. El sacerdote portaría los brazaletes y el colgante de los siete sellos, mientras que los bueyes portarían, en la parte frontal de la cabeza, una de las piezas con forma de toro. Sobre sus espaldas se dispondría una banda de tela que caería a ambos lados y que llevaría cosidas en los extremos las placas de oro rectangulares, en grupos de cuatro a cada lado.

La interpretación anterior y más extendida hasta hace unos años es la de que el conjunto formaría parte de las vestimentas honoríficas de un rey o figura equivalente. Llevaría las piezas con forma de toro sobre los pectorales, el collar y los brazaletes en los brazos superiores. Las placas servirían en esta hipótesis para formar un cinturón y una corona.

Otro elemento que podemos aportar sobre las posibles características de este primitivo dios de los sevillanos, es que al parecer sus festividades tenían una íntima relación con fenómenos astronómicos, tal y como señala Escacena Carrasco en “Arqueoastronomía en el Carambolo”. El dios era identificado con el Sol y su ciclo vital de nacimiento, muerte y resurreción se hacía coincidir con el transcurso de un año. 

En concreto, es posible que la festividad principal coincidiera con el solsticio de verano, es decir, con el 21 de junio. Así se interpreta por el hecho de que el templo tenga una orientación hacia el orto en este día. Su puerta principal está orientada hacia el punto exacto del horizonte por el que sale el Sol en el solsticio de verano, momento a partir del cual los días dejan de crecer y empiezan a ser más cortos. 

Por lo visto, se da la circunstancia de que en el solsticio, durante dos días, el Sol parece salir por el mismo punto, ya que el movimiento de este sobre la línea del horizonte es imperceptible al ojo humano. Estos dos días de quietud eran interpretados como el momento de la muerte del dios, que vuelve a resucitar al tercer día, a partir del cual el movimiento del Sol es visible sobre el horizonte.

La atribución a Astarté del templo paralelo no viene solo del hecho de que sea la esposa de Baal. Existen dos piezas en el Museo Arqueológico de Sevilla que parecen reforzar esta hipótesis.

La primera es una pequeña estatuilla en bronce que representa a Astarté sedente, con una fisonomía y estilo claramente egipcios. Apoya sus pies sobre un pedestal en el que se puede leer una inscripción de dedicatoria:

Este trono han hecho Ba`lyaton hijo de Dommilk y Abdba´l hijo de Dommilk hijo de Ysh´al para Astarte-Hor, nuestra señora, porque ha escuchado la voz de sus palabras. (Amadasi, 1992)

Fue hallada de forma casual en las inmediaciones del yacimiento del Carambolo, por lo que está claro que se trataba de una estatuilla ofrecida como exvoto en uno de los santuarios que allí se ubicaba. Es de suponer, por lo tanto, que estaba dedicado a Astarté.

Astarté es una divinidad que comparte con Baal su origen oriental y el hecho de que fue traída a la Península por los fenicios, que la veneraban como a una de sus principales deidades. Era la diosa de la naturaleza y la fertilidad y en general era representada desnuda y acompañada de un león, aunque sus atributos varían dependiendo del contexto en el que se diera su culto. Hay que recordar que los fenicios, como pueblo semita, eran en principio reticentes a la representación en imágenes de sus deidades, por lo que en muchas ocasiones los atributos con los que aparece Astarté en la Península son más bien importados de la iconografía egipcia, tal y como hemos visto con la llamada Astarté del Carambolo.

Así parece confirmarlo el llamado Bronce Carriazo, la pieza más célebre e icónica de toda la cultura tartésica. Suele ser la imagen de portada de todos los libros que hablan del periodo. Fue adquirida a mediados del siglo XX en el mercadillo de antigüedades que se sigue haciendo los jueves en la calle Feria, por lo que no conocemos el lugar de su hallazgo original. Sin embargo, por sus rasgos estilísticos se puede enmarcar cronológicamente hacia el siglo VI a.C., coincidiendo con los momentos finales del santuario del Carambolo.

Representa el busto de una divinidad femenina, probablemente también Astarté, con un estilo de peinado que los arqueólogos llaman “hathorida” por su analogía con el de la diosa egipcia Hathor. Aparece enmarcada por dos grandes aves que extienden sus alas tras ella. La diosa tiene ambos brazos alzados y sujeta en cada mano unas piezas triangulares con mangos identificadas como sistros, un antiguo instrumento musical que se hacía sonar agitándolo. 

La pieza comparte rasgos estilísticos con otras datadas en la misma época y halladas en otros puntos de la Península. En concreto, presenta una iconografía muy similar a la del llamado Bronce de El Berrueco, hallado en el Cerro con este nombre en Salamanca. Como en el de Carriazo, se representa en una composición parecida a Astarté con el peinado hathorida, los sistros y las alas de ave enmarcándola, aunque con unos rasgos mucho más esquemáticos e inexpresivos, comparada con la pieza sevillana.

También muestran una iconografía similar dos figurillas de bronce provenientes de una sepultura de la Finca de Torrubia (Linares, Jaén). Originalmente eran apliques decorativos fijados sobre una superficie, por lo que se hallan solo esculpidos en su parte frontal. Están datadas también en el siglo VI a.C. y muestran la representación de Astarté con atributos que refuerzan su fuerte vinculación con la diosa Hathor de los egipcios. En este caso, no solo presentan el peinado característico, sino que también muestran las orejas de vaca con las que se solía representar a la divinidad egipcia.

Estos rasgos parecen hablarnos de que la divinidad tartésica no sería una asunción estricta de la fenicia Astarté, sino más bien una adaptación, dándole determinados atributos que probablemente provienen de cultos femeninos anteriores, a los que se añaden rasgos traídos por los fenicios del mediterráneo oriental, con especial importancia de la iconografía y los rasgos estilísticos del arte egipcio.

Como conclusión, podemos decir que aunque es imposible hacer una descripción demasiado completa de la religiosidad tartésica, la investigación arqueológica sí que ha permitido identificar a algunas de las divinidades a las que se encomendarían los primeros sevillanos. Baal-Melkart y Astarté recibieron culto en Tartessos, aunque no sabemos en qué medida adaptaron sus características a cultos ya arraigados. Las características estilísticas y formales de las representaciones de Astarté parecen indicar, además, que cuando los fenicios traen a la Península su religiosidad, esta se halla ya fuertemente influenciada por la egipcia, produciéndose una rica síntesis que definirá la cultura tartésica también en su aspecto religioso. 

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