LOS SEFARDÍES

El término sefardí hace alusión tanto a los judíos que habitaron históricamente en la Península Ibérica (Sefarad), como a los descendientes de los judíos expulsados ​​de España en 1492 y de Portugal en 1497. El 31 de marzo de ese año se emitió un edicto de expulsión contra todos los judíos que se negaran a aceptar el cristianismo. Algunos aceptaron la conversión, pero otros, alrededor de 200.000, se marcharon al norte de África, Italia y especialmente Turquía, donde fueron acogidos calurosamente por el sultán. Así se creó la diáspora sefardí, una dispersión dentro de una dispersión que no sólo miraba hacia Israel como su patria, sino que había quedado indeleblemente marcada por una larga estancia en España. Los exiliados llevaron consigo la lengua y las canciones de España, que preservaron con fidelidad, e incluso muchos de los alimentos característicos de la Península. También llevaban nombres personales y familiares españoles, y su visión del mundo había sido moldeada por las costumbres y la conducta de sus vecinos españoles.

Entre estos colonos había muchos que eran descendientes o cabezas de familias adineradas y que habían ocupado puestos destacados en los países que habían abandonado. Algunos habían sido funcionarios del Estado, financieros y propietarios de establecimientos mercantiles. También había médicos o eruditos que habían oficiado como profesores en escuelas secundarias. Los muchos sufrimientos que habían soportado por causa de su fe los habían hecho más conscientes de sí mismos de lo habitual. En ocasiones se consideraban una clase superior, algo así como la nobleza del judaísmo. Este sentido de la dignidad que poseían los sefardíes se manifestaba en su comportamiento general y en su escrupulosa atención al vestir. 

1.San Juan de Luz. 2.Biarritz. 3.Bayona. 4.Tartas. 5.Burdeos. 6.La Rochelle. 7.Nantes. 8.Rouen. 9.París. 10.Londres. 11.Bristol. 12.Dublín. 13.Bruselas. 14.Antwerp. 15.Rotterdam. 16.La Haya. 17.Ámsterdam. 18.Emden. 19.Glückstadt. 20.Altona. 21.Hamburgo. 22.Copenhagen. 23.Marsella. 24.Lyon. 25.Turín. 26.Génova. 27.Milán. 28.Padua. 29.Venecia. 30.Ferrara. 31.Lucca. 32.Pisa. 33.Livorno. 34.Florencia. 35.Ancona. 36.Roma. 37.Nápoles. 38.Palermo. 39.Messina. 40.Split. 41.Viena. 42.Budapest. 43.Belgrado. 44.Ragusa. 45.Sofía. 46.Salónica. 47.Adrianópolis. 48.Estambul. 49.Arta. 50.Atenas. 51.Smyrna. 52.Cracovia. 53.Zamosc. 54.Beirut. 55.Damasco. 56.Acre. 57.Safed. 59.Tiberíades. 60.Jerusalén. 61.Gaza. 62.Cairo. 63.Alejandría. 64.Túnez. 65.Argel. 66.Orán. 67.Fez.

El número de sefardíes que han prestado servicios importantes a diferentes países es considerable, desde Samuel Abravanel (consejero financiero del virrey de Nápoles) hasta Benjamín Disraeli. Entre otros nombres que se mencionan están los de Belmonte, Nasi, Pacheco, Palache, Azevedo, Sasportas, Costa, Curiel, Cansino, Schonenberg, Toledo, Toledano y Teixeira.

Los sefardíes ocupan el primer lugar en la lista de médicos judíos. Muchos de ellos se ganaron el favor de gobernantes y príncipes, tanto en el mundo cristiano como en el musulmán. El hecho de que los sefardíes fueran elegidos para puestos destacados en todos los países en los que se establecieron se debió al hecho de que el español se había convertido en una lengua mundial a través de la gran expansión de España desde finales del siglo XV. Desde Tánger hasta Salónica, desde Esmirna hasta Belgrado y desde Viena hasta Amsterdam y Hamburgo, preservaron no sólo la dignidad española, sino también el idioma español. Nació así el idioma judeoespañol o ladino, preservado con gran tenacidad de generación en generación hasta nuestros días, contando en la actualidad con unos 150.000 hablantes solo en Israel. 

Durante mucho tiempo los sefardíes participaron activamente en la literatura española. Escribieron en prosa y en rima, y ​​fueron autores de obras teológicas, filosóficas, literarias, pedagógicas y matemáticas. Los rabinos, que, al igual que todos los sefardíes, hacían gran hincapié en una pronunciación pura y eufónica del hebreo, pronunciaban sus sermones en español o en portugués; varios de estos sermones aparecieron impresos. Su sed de conocimiento, junto con el hecho de que se relacionaban libremente con el mundo exterior, llevó a los sefardíes a establecer nuevos sistemas educativos dondequiera que se establecieran; fundaron escuelas en las que la lengua española era el medio de instrucción.

 

Pareja de judíos sefardíes con vestimenta tradicional en Sarajevo a finales del siglo XIX. Wikimedia Commons.

En Amsterdam, donde fueron especialmente prominentes en el siglo XVII debido a su número, riqueza, educación e influencia, establecieron academias poéticas según modelos españoles; dos de ellas fueron la Academia de los Sitibundos y la Academia de los Floridos. En la misma ciudad también organizaron la primera institución educativa judía, con clases graduadas en las que, además de estudios talmúdicos, se impartía instrucción en lengua hebrea. 

Los sefardíes han conservado los romances y las antiguas melodías y canciones de España, así como un gran número de viejos proverbios españoles. Varias obras de teatro para niños, como "El Castillo", fueron muy populares entre ellos, y aún manifiestan una afición por los platos peculiares de España, como el "pastel", o "pastelico", una especie de pastel de carne, y el "pan de España" o "pan de León". 

Principalmente en aquellas familias que conservaron el ladino como lengua principal, los nombres más comunes fueron los de origen español, como Aleqría, Ángel, Ángela, Amado, Amada, Bienvenida, Blanco, Cara, Cimfa, Comprado, Consuela, Dolza, Esperanza, Estimada, Estrella, Fermosa, Gracia, Luna, Niña, Palomba, Preciosa, Sol, Ventura y Zafiro; y apellidos españoles como Belmonte, Benveniste, Bueno, Calderón, Campos, Cardoso, Castro, Curiel, Delgado, Fonseca, Córdoba, León, Lima, Mercado, Monzón, Rocamora, Pacheco, Pardo, Pereira, Pinto, Prado, Sousa, Suasso, Toledano, Tarragona, Valencia y Zaporta.

Familia de judíos sefardíes en Argentina a principios del siglo XX. Wikimedia Commons.

Durante mucho tiempo, los matrimonios de los sefardíes fueron predominantemente con otros sefardíes. También se esforzaron por mantener la particularidad del ritual con respecto al asquenazí. Allí donde se establecieron los judíos sefardíes se agruparon según el país o distrito del que habían venido y organizaron comunidades separadas con estatutos legalmente promulgados. En Constantinopla y Salónica, por ejemplo, no sólo había congregaciones castellanas, aragonesas, catalanas y portuguesas, sino también en Toledo, Córdoba, Évora y Lisboa.

Se le dio gran autoridad al presidente de cada congregación. Él y el rabinato de su congregación formaban la "ma'amad", sin cuya aprobación (a menudo redactada en español, portugués o italiano) no se podía publicar ningún libro de contenido religioso. El presidente no sólo tenía el poder de tomar resoluciones autorizadas con respecto a los asuntos de la congregación y decidir cuestiones comunales, sino que también tenía el derecho de observar la conducta religiosa del individuo y de castigar a cualquier sospechoso de herejía o de transgresión de las leyes. A menudo procedía con gran celo y con severidad inquisitorial, como en los casos de Uriel Acosta y Spinoza en Ámsterdam.

Grupo de sefardíes en Marruecos hacia 1919. Wikimedia Commons.

SIGLO XV: CAMINO HACIA LA EXPULSIÓN DE 1492

La Iglesia mantuvo una posición muy firme contra los judíos y los falsos conversos, con numerosos predicadores recorriendo el país clamando contra la fe hebraica, destacando entre ellos el célebre Vicente Ferrer. En el mismo sentido, por iniciativa papal, se organizó la llamada disputa de Tortosa, un largo debate interreligioso que tuvo lugar principalmente en esta ciudad de Tarragona a principios del siglo XV. En ella participaron representantes cristianos conversos y judíos. El objetivo principal era refutar cualquier tesis de los judíos y promover su bautismo, en ocasiones incluso en masa. Además, no faltaron las  disposiciones legales anti-judías, como las promulgadas en Castilla en 1412. De acuerdo con ellas, los judíos debían dejarse crecer el pelo y la barba para diferenciarse de los cristianos y se les prohibía trabajar como recaudadores de impuestos o desempeñar cualquier otro cargo público. Entre otras muchas limitaciones, se les prohibió también tratar como médicos a pacientes cristianos y dedicarse al préstamo con interés.

Pese a todo, en la segunda mitad del siglo XV parece que se da una tímida normalización de la situación y de nuevo encontramos judíos ocupando importantes posiciones en la administración, principalmente durante los reinados de Enrique IV de Castilla y Juan II de Aragón. 

"Predicación de san Vicente Ferrer" (Alonso Cano, 1645). Este predicador valenciano perteneciente a la orden de los dominicos fue uno de los más decididos impulsores de medidas anti-judías a principios del siglo XV. Fundación Banco Santander.

Sin embargo, el camino hacia el final de las juderías españolas era ya inexorable. El tradicional clima de tolerancia de los reinos hispánicos en siglos anteriores dio lugar a un tiempo tensión constante en el que la mera presencia de comunidades judías era cada vez aceptada con más dificultad por el resto de la población, incentivada en muchas ocasiones por disposiciones en el mismo sentido de las autoridades eclesiásticas y seculares.

En ese contexto general, en 1474 llega al trono Isabel I, casada con Fernando de Aragón, proclamado rey de su propio reino apenas cinco años después. Se iniciaba de esa forma un período de gobierno conjunto de las dos principales coronas peninsulares, sentando el germen de lo que sería España a partir del siglo XVI. En esos momentos se está dejando atrás la Edad Media, mientras que se sientan las bases legales e institucionales de lo que es un Estado moderno,  gobernado por una monarquía centralizada. La uniformidad religiosa era entendida como un requisito indispensable para ese nuevo modelo de gobierno y esta uniformidad pasaba por la imposición de la fe mayoritaria que era la cristiana.

Enrique IV de Castilla en una ilustración del manuscrito del viajero alemán Jorg von Ehingen de 1455.

Además, es necesario señalar que la decisión de expulsar a los judíos no fue exclusiva de España. De hecho, nuestro país fue uno de los últimos territorios europeos en adoptar esta medida. Como ejemplo, podemos citar a Inglaterra, donde los judíos fueron expulsados en 1290, o Francia, donde se decretaron hasta cuatro expulsiones entre 1182 y 1394. Era, por lo tanto, una corriente ideológica que recorrió Europa a lo largo de la Baja Edad Media.

En el caso de los Reyes Católicos, si atendemos al contenido del Edicto en el que se decreta la expulsión, parece que la principal motivación fue la relacionada con la problemática de los conversos. Como decíamos anteriormente, miles de judíos optaron por abrazar la fe cristiana durante el siglo XV y, según señalan diversas fuentes, no todos lo hicieron de manera sincera. Para garantizar la ortodoxia en la fe de los nuevos cristianos fue instituida la Inquisición española en 1478, directamente bajo el control de la Corona. Dos años más tarde, los Reyes Católicos decretan la separación estricta de las aljamas en barrios especiales para garantizar que no existía contacto entre los nuevos cristianos y los judíos, ya que se entendía que este contacto era el escollo más importante que impedía las conversiones sinceras. Finalmente, el 31 de marzo de 1492 se decreta el célebre Edicto de Granada en el que se ordena la expulsión de los reinos hispánicos. Nada más comenzar su exposición de motivos, en el edicto queda clara su motivación: “Bien es sabido que en nuestros dominios, existen algunos malos cristianos que han judaizado y han cometido apostasía contra la santa fe Católica, siendo causa la mayoría por las relaciones entre judíos y cristianos”.

"Expulsión de los judíos de España" (Emilio Sala, 1889). El pintor recrea una supuesta audiencia que los Reyes Católicos concedieron a un representante de la comunidad judía para defender sus argumentos. Del otro lado, se puede ver al inquisidor general, Tomás de Torquemada, defendiendo vehementemente la expulsión. Museo del Prado.

El edicto permitía quedarse a los judíos que estuvieran dispuestos a aceptar el cristianismo, pero ordenaba la expulsión de todos los demás, sin importar su edad

Nosotros ordenamos además en este edicto que los Judíos y Judías cualquiera edad que residan en nuestros dominios o territorios que partan con sus hijos e hijas, sirvientes y familiares pequeños o grandes de todas las edades al fin de Julio de este año y que no se atrevan a regresar a nuestras tierras y que no tomen un paso adelante a traspasar de la manera que si algún Judío que no acepte este edicto si acaso es encontrado en estos dominios o regresa será culpado a muerte y confiscación de sus bienes.

No hay forma de saber cuántas personas fueron forzadas a abandonar el país. El historiador y teólogo Juan de Mariana hablaba de 800.000, pero esa cifra se considera en la actualidad totalmente descabellada. Con base en varios estudios locales, los historiadores actuales sitúan la cifra de expulsados alrededor de las 200.000 personas.

"La expulsión de los judíos de Sevilla", recreada por el pintor sevillano Joaquín Turina y Areal en el último tercio del siglo XIX. Colección particular.

En mayo comenzó el éxodo, la mayoría de los exiliados –unas 100.000 personas– encontraron refugio temporal en Portugal (de donde fueron expulsados ​​los judíos en 1497), mientras que el resto se dirigió al norte de África y Turquía, el único país importante que les abrió sus puertas. Algunos encontraron hogares provisionales en el pequeño reino de Navarra, donde todavía existía una antigua comunidad judía, pero allí también su estancia fue breve, ya que los judíos fueron expulsados ​​en 1498. Un número considerable de judíos españoles, incluido el rabino principal Abraham Seneor y la mayoría de los miembros de las familias influyentes, prefirieron el bautismo al exilio, sumándose a los miles de conversos que habían elegido este camino en una fecha anterior. El 31 de julio de 1492, el último judío abandonó España. 

Sin embargo, el judaísmo sefardí no había desaparecido en absoluto, ya que casi en todas partes los refugiados reconstruyeron sus comunidades, aferrándose a su antigua lengua y cultura. En la mayoría de las áreas, especialmente en el norte de África, se encontraron con descendientes de refugiados de las persecuciones de 1391. En Israel les habían precedido varios grupos de judíos españoles que habían llegado allí como resultado de los diversos movimientos mesiánicos que habían sacudido al judaísmo español. 

Oficialmente, no quedaban judíos en España. Sólo quedaban los conversos, un gran número de los cuales se mantuvieron fieles a su fe original. Algunos cayeron más tarde víctimas de la Inquisición; otros lograron huir de España y regresar abiertamente al judaísmo en las comunidades sefardíes de Oriente y Europa.

Dibujo de Francisco de Goya titulado "Por linaje de hebreos" en el que se muestra a varios condenados por la Inquisición, que portan el clásico capirote con el que se los humillaba. Se ha datado entre 1814 y 1823. British Museum.

Andrés Bernáldez, conocido como el cura de los Palacios, dejó una dramática descripción de los momentos de la expulsión en su obra "Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel" (c.1513):

…y propuesta la gloria de todo esto, y confiando en las vanas esperanzas de su ceguedad, se metieron al trabajo del camino, y salieron de las tierras de sus nacimientos, chicos é grandes, viejos é niños, á pié y caballeros en asnos y otras bestias, y en carretas, y continuaron sus viajes cada uno á los puertos que habían de ir; é iban por los caminos y campos por donde iban con muchos trabajos y fortunas, unos cayendo, otros levantando, otros muriendo, otros naciendo, otros enfermando, que no había christiano que no oviese dolor de ellos, y siempre por do iban los convidaban al baptismo, y algunos con la cuita se convertían é quedaban, pero muy pocos, y los Rabíes los iban esforzando, y facian cantar á las mujeres y mancebos, y tañer panderos y adufos para alegrar la gente, y asi salieron fuera de Castilla y llegaron á los puertos, donde embarcaron unos, y los otros a Portugal…

LAS MASACRES ANTIJUDÍAS DE 1391

La creciente atmósfera antijudía que se fue desarrollando durante el siglo XIV tuvo su punto culminante en 1391, cuando una oleada de violencia iniciada en Andalucía recorrió la mayor parte de los territorios peninsulares, dejando numerosas aljamas destruidas y cientos de vidas humanas perdidas. 

La chispa inicial que desató esta ola de violencia se prendió en Sevilla. La judería sevillana era una de las más importantes de Castilla, con muchos de sus miembros en una situación socioeconómica muy ventajosa, lo que quizás sirvió de aliciente para el creciente odio entre los cristianos. En ese contexto, hubo un personaje especialmente responsable en lo acontecido. Se trata del tristemente célebre Ferrán Martínez, un eclesiástico que ejercía de predicador alimentando el odio contra los judíos. Se sabe que en numerosos discursos públicos defendió toda clase de teorías contra el pueblo hebreo. La base de su razonamiento era justificar todos los padecimientos del reino con un castigo divino que vendría dado por el hecho de que se permitiera al "pueblo deicida" vivir entre los cristianos. Las autoridades eran conscientes del peligroso mensaje y tanto el rey Juan I como el arzobispo  Gómez Barroso amonestaron al religioso y le requirieron que pusiera fin a sus diatribas. Sin embargo, el arzobispo murió en 1390 y el rey en 1391, produciéndose una situación de vacío de poder que fue aprovechada por el arcediano para incrementar aún más su discurso de odio.

Recreación de la masacre antijudía de 1391 en Toledo. Vicente Cutanda, "A los pies del Salvador". 1887. Museo del Prado.

Finalmente, en junio de 1391, una masa violenta entró en la judería de Sevilla y desató una terrible masacre. Muchos judíos fueron forzados al bautismo y muchos otros fueron asesinados. No es posible saber con seguridad la cifra de personas que perdieron la vida; algunas fuentes de la época hablan de 4.000 muertos, pero esta cifra es claramente exagerada. Sin embargo, no es descabellados pensar que perdieron la vida centenares de judíos. La judería de Sevilla, que había sido la segunda más importante del reino, desapareció como tal tras este ataque, con muchas de las posesiones de los judíos entregadas a miembros de la corte. Se cree que en el siglo siguiente aún había unas cincuenta familias hebreas en la ciudad, pero estaban dispersos por la ciudad y en una situación de empobrecimiento.

Esta oleada de violencia corrió como la pólvora por el valle del Guadalquivir y en pocos días se produjeron ataques similares en poblaciones como Alcalá de Guadaira, Carmona, Écija, Cazalla, Fregenal, Córdoba, Montoro, Andújar, Jaén, Úbeda o Baeza. En Castilla, el pogromo se vio pronto reflejado en Toledo, la judería más importante del reino, y desde ahí a Santa Olalla, Huete, Madrid, Segovia y Burgos. En el reino de Valencia, la judería de la capital fue la primera en ser asaltada y de ahí la violencia se expandió por Alcira, Játiva, Alicante y Orihuela. Prácticamente al mismo tiempo, se producían ataques similares en el área de Cataluña. Empezando en Barcelona, se multiplicaron en Tarragona, Gerona, Lérida, Besalú, Camprodón y Perpiñán. En el reino de Aragón, las juderías más afectadas fueron las de Tamarite de Litera, Barbastro y Jaca, mientras que en el reino de Mallorca se asaltó la aljama de su capital.

Los pogromos de 1391 marcaron un antes y un después en la historia de los judíos sefarditas. Muchos de ellos perdieron sus vidas y a muchos otros les fueron arrebatadas sus propiedades, que fueron objeto de la rapiña de los asaltantes violentos. La mayor parte de las juderías entraron en una fase de lenta decadencia y muchas otras desaparecieron. A menudo se ha tratado de dar una cifra de víctimas mortales y hay autores que han señalado que pudo haber unos 400 judíos muertos en Sevilla, 250 en Valencia y unos 300 en Barcelona. La realidad es que no existe ningún tipo de documentación que permita dar una cifra fiable.

Pero probablemente la principal consecuencia de las matanzas de 1391 fue la gran oleada de conversiones al cristianismo que se produjo en la Península. De hecho, todo parece indicar que la presión sobre los judíos llegó a ser tan extrema, que la mayor parte de ellos se decidieron por el bautismo. Es lógico pensar que muchas de estas conversiones no fueron sinceras, sino que estuvieron motivadas por la terrible situación. De esta forma, aparece como una problemática cada vez de mayor importancia el tema de los judíos conversos. Si había algo peor que ser judío en la España medieval, era ser un cristiano que "judaizaba", es decir, un converso que en realidad se mantenía fiel a la fe mosaica. A estos se les llamaba "marranos" y eran objeto de un gran repudio social.

SIGLO XIV: EL FINAL DE LA CONVIVENCIA PACÍFICA

La convivencia pacífica de las comunidades cristiana y judía, que coexistían prácticamente en todas las ciudades y núcleos de población importantes, fue la tónica dominante hasta el siglo XIII. Sin embargo, en la centuria siguiente este statu quo se resquebraja y se asiste a una creciente conflictividad y rechazo hacia los judíos por parte de los cristianos. Los episodios de violencia son cada vez más frecuentes y tendrán su cénit en los terribles pogromos de 1391.

Las razones para explicar este cambio de dinámica son diversas y complejas. Quizás haya que empezar por las propias fisuras y contradicciones internas que se daban en el seno de la comunidad judía. Tal y como cuenta Julio Valdeón, desde el punto de vista social era muy nítida la diferencia entre la minoría de judíos potentados, que gozaban de grandes privilegios y tenían estrechas relaciones con reyes y magnates cristianos, y la amplia masa de pequeños comerciantes, artesanos, labriegos, etc., víctimas por excelencia de las iras del pueblo cristiano. la distancia entre ambos grupos se observaba igualmente en el terreno de las creencias religiosas. Los miembros de la oligarquía, muy influidos por Averroes y Maimónides, habían reducido por lo común sus creencias a un vago deísmo. Las masas populares, por el contrario, seguían fieles a la tradición mosaica. En los años finales del siglo XIII irrumpieron con fuerza entre los sectores populares las ideas místicas de la Cábala. la vida licenciosa de los judíos cortesanos y su tibieza religiosa fueron fustigadas sin contemplaciones por los pietistas. De esta manera se acentuaban las tensiones en el seno de la propia comunidad hebraica.

Representación de la batalla de Nájera (1367), uno de los episodios de la guerra civil castellana que enfrentó a Pedro I con su hermanastro, Enrique de Trastámara, entre 1351 y 1369. El clima de violencia alrededor de este conflicto fue uno de los factores determinantes en el deterioro general de la situación de los judíos en el reino. «Chroniques sire Jehan Froissart», Biblioteca Nacional de Francia.

Pero al margen  de los problemas internos de la comunidad judía, la mayor parte de los conflictos con los cristianos venían dados por la naturaleza de las relaciones sociales y económicas entre cristianos y judíos. Hay que recordar que muchos hebreos ocupaban cargos en la administración fiscal, vinculados, por lo tanto, con el cobro de los impuestos. Algunos de ellos fueron incluso los máximos responsables de la política fiscal y guardianes del tesoro real, lo que despertaba enormes recelos y animadversión entre los cristianos, sobre todo en momentos de crisis en los que se hacía difícil hacer frente a las obligaciones tributarias. Hay que recordar que el siglo XIV fue especialmente convulso y violento, con la economía en una situación de deterioro constante. 

También problemática era la profesión de prestamistas a la que se dedicaban muchos judíos. En general, el crédito es indispensable para el funcionamiento de una economía mínimamente desarrollada. No solo la Corona, sino también muchos particulares recurrían al dinero prestado por los judíos cuando la coyuntura lo hacía necesario. Sin embargo, cuando la crisis y la pobreza se generalizan, los beneficios obtenidos por los prestamistas eran vistos como indecentes por el grueso de la población, acabando por conformar otro motivo de odio que estuvo en el origen directo de muchos de los actos de violencia sufridos por los judíos.

Caricatura de un judío llamado Salomó Vidal que se encuentra en el "Liber Iudeorum" que se conserva en el Archivo Episcopal de Vic, Cúria Fumada (1334-1340).

Por último, no hay que olvidar los motivos religiosos en sentido estricto. El pueblo judío era identificado de manera constante como el pueblo deicida y con frecuencia se les acusaba de toda clase de comportamientos contrarios a la fe cristiana. A lo largo de la Edad Media la Corona, las Cortes y el Papado promulgaron numerosas disposiciones fomentando la segregación de los judíos con respecto al resto de la sociedad, como medida para evitar cualquier tipo de proselitismo de la fe mosaica. Este sustrato ideológico antijudío fue permanente y en los momentos de crisis o conflicto servía de marco teórico que amparaba los ataques y desmanes contra los judíos. En incontables ocasiones los judíos fueron el chivo expiatorio que pagó las consecuencias en momentos de tensión social.

Las primeras muestras de violencia a gran escala las encontramos en el reino de Navarra. Al morir el rey Carlos IV en 1328 se abrió un período de crisis dinástica que fue el marco perfecto para estos ataques. Grupos de "matadores de judíos" se dedicaron al asalto y destrucción de numerosas aljamas del reino. Lo hicieron bajo la influencia de un movimiento similar que tuvo lugar en el sur de Francia a principios de ese siglo, cuando grupos de exaltados se dedicaron a hostigar violentamente a las poblaciones judías. Además, hubo varios predicadores incentivando este odio, como el franciscano Pedro Olligoyen, señalado como uno de los principales responsables del estallido de violencia. Las autoridades lograron contener los ataques en Pamplona y Tudela, donde se encontraban las juderías más importantes, pero en otras poblaciones se desató la violencia antijudía, como en Funes, San Adrián o Viana. Especialmente grave fue el caso de Estella, cuya judería fue completamente arrasada.

La judería de Estella - Lizarra fue completamente arrasada tras el asalto violento que sufrió en 1328.

Un par de décadas más tarde se produjo un nuevo estallido antijudío, esta vez en el área de Cataluña. En este caso, la motivación más directa estuvo ligada con la expansión de la Peste Negra. En numerosos lugares de Europa, especialmente en el valle el Rhin, la llegada de esta mortífera enfermedad estuvo vinculada a la difusión de bulos que hacían a los judíos responsables, acusándolos de envenenar el aire y las aguas. A los pocos días de producirse los primeros estragos de la epidemia en Barcelona, en mayo de 1348, se produjo el asalto violento de la judería. El rey Pedro el Ceremonioso intentó sofocar el estallido, pero no pudo evitar ataques similares en Montblanch, Tárrega, Cervera, Villafranca del Penedés y Lérida. 

En el caso de Castilla, la violencia contra los judíos encontró su caldo de cultivo perfecto en la guerra civil que enfrentó al rey Pedro I y a su hermanastro Enrique de Trastámara entre 1351 y 1369. Los partidarios de Enrique difundieron pronto la teoría sin fundamento de que Pedro no era en realidad hijo del anterior rey, Alfonso XI, sino de un judío que lo había dado en adopción al monarca. Con frecuencia se referían a Pedro como "el judío" y se denunciaba como un símbolo de degradación el gran número de hebreos que ocupaban cargos de responsabilidad en la corte. En este marco de conflictividad general, numerosas juderías castellanas sufrieron ataques, en ocasiones a manos de los combatientes extranjeros que participaban en la contienda en ambos bandos, como los franceses al mando de Bertrand du Guesclin o los ingleses a las órdenes del príncipe Negro. Así ocurrió, por ejemplo, en Briviesca, Aguilar de Campoo o Villadiego. En otras ocasiones, fueron los propios habitantes de las ciudades los que se lanzaron contra los judíos, como en Valladolid, Segovia, Ávila o Toledo.

Esta última ciudad padeció especialmente esta guerra incluso tras su final. Poco tiempo después de acceder al trono, Enrique II impuso un enorme tributo a los judíos de Toledo, saqueados y empobrecidos, como castigo por su lealtad a Pedro. Ordenó que se vendieran en subasta pública todas las propiedades, muebles e inmuebles, pertenecientes a los judíos toledanos y que encarcelara a todos estos últimos, tanto mujeres como hombres, y los hiciera pasar hambre y los torturara de otras maneras hasta que reunieran esa inmensa suma.

Representación escultórica de Pedro I en la calle Cabeza del rey don Pedro de Sevilla.

Área de la ciudad de Toledo en la que se asentaba su judería.

LAS JUDERÍAS HISPANAS, ORGANIZACIÓN Y ESTRUCTURA SOCIAL

En el siglo XIII los reinos cristianos avanzan decididamente hacia el sur, dejando la Reconquista prácticamente finiquitada con la excepción del reino nazarí de Granada, que permanecería en manos musulmanas dos siglos más, hasta 1492. La Corona de Aragón incorpora Valencia y las Baleares, mientras que Castilla se expande a través de Extremadura, el área de Jaén y Andalucía occidental. Concluye de esta forma el proceso histórico por el que los judíos pasan a vivir bajo dominio islámico a hacerlo en territorios cristianos, por lo que es un buen punto para describir el panorama general en el que se encontraban las poblaciones judías en la Península.

En la Corona de Castilla, la judería más importante era con diferencia la de Toledo.

- En el área de Extremadura destacaban Cáceres, Plasencia y Badajoz.

- En el norte y centro de Castilla, destacaba la judería de Burgos, además de la de Toledo, que, como decíamos, fue la más importante. Otras juderías de tamaño similar se encontraban en Palencia, Sahagún, Villadiego, Carrión de los Condes, Valladolid, Medina del Campo, Peñafiel, Ávila, Segovia, Soria, Medinaceli, Guadalajara, Cuenca, Huete y Talavera.

- En el área occidental había menos judíos, pero se pueden mencionar las aljamas de León, Salamanca y Zamora.

- En el sureste cabe destacar la judería de Murcia.

Ilustración que representa el interior de una sinagoga procedente de la "Hagadá para Pésaj", conocida como "Sister Haggadah". Se compuso en Barcelona en el siglo XIV y en la actualidad se encuentra en la British Library.

En la Corona de Aragón destacaban Barcelona y Zaragoza, muy por encima de todas las demás.

- En Aragón propiamente dicho se pueden mencionar Calatayud, Huesca, Teruel, Jaca, Monzón, Barbastro, Daroca, Tarazona y Alcañiz.

- En el área de Cataluña, aparte de Barcelona, destacaron Gerona, Perpiñán, Lérida, Tarragona,  Tortosa, Vich, Manresa, Cervera, Tárrega, Santa Coloma de Queralt, Montblanch y Besalú.

- En el Reino de Valencia destacó la judería de la ciudad de la capital, además de las de Castellón, Játiva, Murviedro y Sagunto.

- En el Reino de Mallorca, fue importante la judería de su capital, Palma.

En Navarra, las juderías más importantes se encontraban en Tudela, Pamplona y Estella. Había otras menores en núcleos como Olite, Tafalla, Peralta o Puente de la Reina. 

La extracción social y económica de los habitantes de las juderías fue muy diversa, pero los más numerosos eran artesanos y pequeños comerciantes. Se encuentran bastantes menciones a judíos que se dedican a la agricultura, viticultura, industria, comercio y diversas artesanías. Hay sastres, zapateros, joyeros, alfareros, tintoreros, herreros... Muchos de ellos son propietarios de pequeñas tiendas que en ocasiones son al mismo tiempo talleres, principalmente con productos textiles. También había en las juderías personas que se dedicaban principalmente a tareas intelectuales, como rabinos o estudiosos del Talmud, que con frecuencia recibían financiación de la comunidad.

Ilustración del "Libro de los Juegos" que muestra a un judío y a un musulmán jugando al ajedrez. "Libro de los juegos de Ajedrez, Dados y Tablas". Alfonso X el Sabio, Sevilla, 1283. F. 163r.

Sin embargo, fue el negocio del dinero lo que les proporcionó su riqueza e influencia. Reyes y prelados, nobles y agricultores, todos necesitaban dinero y sólo podían obtenerlo de los judíos, a quienes pagaban entre el 20 y el 25 por ciento de interés. Este negocio, al que, en cierto modo, los judíos se vieron obligados a dedicarse para pagar los numerosos impuestos que se les imponían, así como para obtener los préstamos obligatorios que les exigían los reyes, condujo a que se les empleara en puestos especiales, como "almoxarifes", alguaciles, recaudadores de impuestos o recaudadores de impuestos.  

No en todos los casos los judíos vivían agrupados, pero fue la opción más habitual en la mayoría de las ciudades. Los barrios judíos solían ocupar áreas céntricas de la ciudad, próximas a los centros de poder político y religioso. De hecho, en las ciudades con catedral, la judería solía situarse muy cerca de la misma. En muchas ocasiones, como en el caso de Sevilla, existían murallas u otro tipo de límites fijos para separar la judería del resto de la ciudad.

Las aljamas

Con la palabra de origen árabe "aljama" se designaba tanto al barrio judío en sí como a la institución jurídica que lo regía y representaba. En hebreo se denominaba "cahal", equivalente al municipio para los cristianos. Tenían su propio ordenamiento jurídico conocido como “tacanot” y un entramado institucional con funciones políticas, culturales y religiosas. Había un rabino principal, a veces denominado “nasí” o príncipe, que se encargaba de la más alta representación de la aljama ante las autoridades y cuyo cargo dependía del nombramiento real. Además, había consejos dedicados a cuestiones específicas, como las fiscales o las relativas a la fe. Estaban compuestos por jueces o “dayanim”, a los que los cristianos llamaban también rabinos. Además, en Castilla las fuentes mencionan también a los ancianos o "viejos" y a los adelantados (llamados "muccademín" en hebreo). Normalmente solían pertenecer a familias distinguidas y se encargaban de diversas funciones en relación con la administración de la aljama.

Los rabinos no formaban parte de la estructura administrativa pero tenían una gran influencia sobre sus convecinos, estando facultados para dictar cualquier tipo de disposición necesaria para el mantenimiento de la disciplina moral y religiosa. 

Imagen del interior de una sinagoga extraída del folio 65v de la Hagadá de Barcelona, datada entre 1340 y 1350. Add. Ms. 14761, British Library (Londres)

En Castilla fueron frecuentes desde el siglo XIV las asambleas con representantes de las distintas aljamas que tomaban decisiones que afectaban a los intereses comunes de la población judía, tanto en lo relativo a cuestiones religiosas como fiscales o de cualquier otra índole. Además, desde los tiempos de Alfonso X existía la figura del rab mayor, un cargo con autoridad sobre todas las aljamas, que se encargaba principalmente de labores relacionadas con la fiscalidad y la administración de justicia. Estas instituciones "centrales" no existían en la Corona de Aragón, donde las aljamas eran autónomas y por lo general celosas de su independencia. 

Entre las funciones de la aljama estaba también la de velar por la moralidad y las buenas costumbres de los habitantes de la judería. Para este fin, tenían la potestad de dictar el "herem", que era un anatema lanzado sobre aquellas personas cuyo comportamiento era considerado contrario al interés de la aljama. Era un castigo muy severo, ya que las personas que lo padecían eran apartados de la comunidad y sus vecinos estaban obligados a hacerles el vacío. También se castigaba duramente a los "malsines", que eran una especie de delatores muy odiados entre los judíos. Por concesión real, algunas aljamas tenían incluso la potestad de dictar pena de muerte para estos malsines, potestad excepcional y desconocida entre los judíos de otros países europeos.

Por lo que respecta a la política fiscal, además de los impuestos que había que pagar al tesoro real, las aljamas tenían los suyos propios, que en general gravaban la carne y el vino. Además, regulaban otros aspectos de la vida del barrio, como los precios en el mercado, las normas sobre construcción o la prohibición de los juegos de azar. 

En las juderías de cierta entidad, la aljama se preocupaba también por una asistencia básica para los pobres y ofrecía también una enseñanza de primer nivel para los niños. Además, existían escuelas más especializadas para los hijos de familias acomodadas, donde profesores particulares enseñaban no solo el Talmud sino también poesía, medicina o astronomía.

Desde un punto de vista social, de manera sintética se puede decir que los judíos se dividían en dos grandes grupos:

- Por un lado, las familias más acomodadas formaban una especie de aristocracia privilegiada. Sus miembros solían copar los puestos en la administración de la aljama y a menudo incluso en la del reino. Su modo de vida era en ocasiones similar al de la alta sociedad cristiana, con estilos de vida no demasiado acordes con los dictados de la religión hebrea.

- Por otro lado estaba la mayoría social, en general artesanos, tenderos y toda clase de profesionales en una situación económica más bien modesta.

Anillo de oro procedente de la necrópolis judía de Teruel y datado en el siglo XIII. Contiene una inscripción en hebreo con un nombre de mujer, seguramente la propietaria (Doña Bona). Museo Arqueológico Nacional.

Durante la mayor parte de la Edad Media, la mayoría de los judíos aceptaban sin demasiado problema esta diferencia de clases sociales, pero en el siglo XIII se empezaron a expandir teorías relacionadas con la Cábala y como resultado se fue dando una mayor conflictividad. Las luchas sociales serían crecientes y especialmente intensas durante el siglo XIV.

LA PRESENCIA JUDÍA EN LOS REINOS CRISTIANOS

Las primeras comunidades judías en área cristiana

Tras la llegada de los musulmanes en el 711, se formaron unos pequeños núcleos de resistencia cristianos en el norte peninsular, tanto en el área del Cantábrico como en los Pirineos. Serían el germen de los reinos que con el paso de los siglos irían expandiéndose hacia el sur sobre territorio de Al Ándalus, en un complejo proceso histórico de ocho siglos conocido como Reconquista.

Son muy escasas las noticias sobre las comunidades judías en estos núcleos cristianos en sus primeros siglos de existencia. Mientras que en Al Ándalus se vivía un auténtico esplendor cultural y económico, en el norte apenas existían unas cuantas juderías, pequeñas y dispersas. La más importante en época temprana fue la de Barcelona, de la que se tienen noticias desde el siglo IX que hablan de varias propiedades de judíos en los terrenos aledaños a la ciudad. En el área de Aragón se pueden mencionar las juderías de  Jaca y Ruesta, y en Navarra las de Pamplona y Estella. En León había ya una importante judería en el siglo X y en Castilla la más conocida en esta época es la de Castrojeriz. Las comunidades judías fueron especialmente escasas en Galicia, donde se puede mencionar la pequeña comunidad que vivía en las inmediaciones del monasterio de Celanova.

En Castrojeriz (Burgos) se ubicó una de las juderías más antiguas en el reino de Castilla.

Desde el punto de vista legal, los judíos fueron considerados en todos los reinos cristianos como una propiedad real y estaban protegidos teóricamente por los reyes y señores. En momentos de debilidad de la autoridad, estaban expuestos a ataques, en un contexto general de una gran inseguridad e inestabilidad. Además, de manera regular aparecían ordenanzas discriminatorias contra ellos, aunque con escaso efecto práctico. Su condición era la de "servi regis", una especie de servidumbre con respecto a la Corona. De hecho, son frecuentes los documentos en los que los reyes hablan de "mis judíos".

En cuanto a la situación social y económica de los judíos en estos primeros siglos de la Alta Edad Media, se puede citar a José Luis Lacave en "Los Judíos en España":

En esta época la base de subsistencia de los judíos era la tierra; ellos mismos cultivaban sus campos, aunque ya despuntaba una cierta tendencia a los oficios urbanos y al incipiente comercio. Los documentos nos hablan de vez en cuando de judíos sastres, zapateros, plateros y orfebres y también de judíos dedicados al comercio de la seda o el lino. 

Los judíos y la Reconquista

A partir del siglo XI y como consecuencia de la disgregación de Al Ándalus, los reinos cristianos inician una política más activa de expansión hacia el sur con el objetivo de ganar cada vez más territorios a los musulmanes. En este contexto, se fueron incorporando amplias zonas del territorio y núcleos urbanos que era necesario repoblar de manera rápida y eficiente para garantizar su permanencia en manos cristianas. Esta circunstancia provocó una mejora significativa en las condiciones de vida de los judíos, ya que en muchas ocasiones se ofrecieron notables beneficios legales y económicos para aquellos que se asentaran en los territorios de reciente incorporación. 

Las relaciones con la población cristiana cambiaron y en este período surgieron comunidades organizadas, influyentes en el comercio y la industria, sobre todo en el cuadrante noroeste de la Península. El ofrecimiento de privilegios y libertad por parte de varios monarcas leoneses atrajo a numerosos judíos que participaron activamente en la repoblación. Muchos de ellos provenían del sur, del área controlada por los musulmanes, que decidieron abandonar ante la creciente inestabilidad y atraídos por las ventajas ofrecidas en los reinos cristianos. Este trasvase poblacional produjo una transformación en el judaísmo español, con una creciente influencia de las corrientes de pensamiento que llegaban desde oriente, en detrimento de la tradición judaica franco-alemana.

Detalle de las Cántigas de Santa María en el que se representa la batalla de Gormaz o de Castromoros (975). Afonso X el Sabio, "Cántigas de Santa María". Cántiga 63. Sevilla, c. 1283.

Las comunidades judías son cada vez más estables y prósperas, desarrollándose amparadas por la protección real, incluso en las áreas controladas por comunidades monásticas o en las pertenecientes a los nobles. De hecho, en esta época encontramos los primeros ejemplos de judíos ocupando importantes puestos en la administración del área cristiana. Así, por ejemplo, el líder militar conocido como el Cid empleó a judíos como tesoreros, agentes financieros, abogados y administradores. Del mismo modo, se cree que el rey Alfonso VI empleó seguramente como médico y financiero al judío Joseph ha-Nasi Ferrizuel, llamado Cidellus, que hizo mucho por ayudar a sus correligionarios. Se inauguró de esta forma una tradición que será constante en la Edad Media española, la de emplear a cortesanos judíos que, aunque seguían siendo fieles a su religión, ejercían una autoridad considerable sobre los habitantes del reino. 

La iniciativa de entregar puestos de responsabilidad a miembros de la comunidad judía se vio acrecentada a medida que el influjo árabe fue mayor, ya que en los estados musulmanes eran habituales los hebreos ocupando los más altos cargos del Estado. En general combinaban estas labores con su dedicación a las ciencias y a las letras, con lo que a la eficiencia en la administración se sumaba el esplendor cultural que las cortes cristianas querían imitar.

Representación de la conquista de Toledo por Alfonso VI en 1085. Se encuentra en el panel dedicado a la provincia de Toledo en la Plaza de España de Sevilla.

Además, en los reinos cristianos prácticamente no existía la figura del financiero, debido a la tradicional condena de la usura por parte de la religión cristiana. Los judíos que llegaban de Al Ándalus tenían de este modo ante ellos una clara oportunidad de negocio, convirtiéndose pronto en prestamistas no solo de reyes sino también de obispos y nobles. De esta manera aseguraban su posición socioeconómica y de alguna manera se hacían indispensables para las autoridades que conducían el Estado.

De esta forma, entre los siglos XI y XIII se asiste a una situación de bienestar general para los judíos en los reinos cristianos, que contrastaba claramente con las enormes dificultades que enfrentaban en otros territorios europeos. Esto provocó lógicamente una inmigración de judíos a la Península, con nuevas poblaciones que se asentaban principalmente en los núcleos urbanos bajo la protección del rey, aunque también en lugares dependientes de señores locales o de autoridades eclesiásticas. Esto fue posible porque en determinadas circunstancias el rey concedía a algunos nobles o miembros de la iglesia el derecho de "tener judíos", aunque en general este era un privilegio exclusivo del monarca. 

Las aljamas eran la forma más habitual de organización de la comunidad judía en las ciudades cristianas. Tenía entidad jurídica y gozaba de autonomía administrativa y judicial. Había un oficial del Estado que estaba a cargo de ella y se encargaba del cobro de los impuestos especiales que la aljama debía satisfacer al tesoro real.

Fueron frecuentes los individuos que escalaron en su posición social y económica en el marco de la reconquista. Las habilidades administrativas y el conocimiento de lenguas les facilitaron hacerse cargo del cobro de impuestos, tarea que complementaron en muchas ocasiones con la práctica de la medicina y la astronomía. Los monarcas confiaron de forma creciente en ellos, no solo en lo relativo a la Hacienda, sino también en relación con la actividad diplomática y otros asuntos de Estado. Estas figuras preeminentes en la vida política, cultural y económica de los reinos cristianos aparecieron hasta el momento de la expulsión, sobre todo en el reino de Castilla. 

En muchas ocasiones, su estatus social era similar al de la nobleza y solían ser también terratenientes, ya que era habitual que se les entregaran grandes extensiones de tierra como pago a sus servicios o para hacer frente a la devolución de préstamos. Sus modos de vida no se circunscribían demasiado a la ley hebraica y a menudo se envolvían en lujo y ostentación, formando una especie de aristocracia judía que levantaba ciertos recelos dentro y fuera de las aljamas. Sin embargo, era frecuente que utilizaran su posición ventajosa en la corte para favorecer leyes que beneficiaran a los miembros de su religión, por lo que en general su existencia era vista con agrado y respeto por el resto de judíos.

Entre ellos se puede citar a Yosef ibn Ferruzel (Cidiello), Yehuda ibn Ezra, Semuel ibn Sosán, Isaac de la maleha, Abraham de Barchilón, Juçaf de Écija, Samuel ha Leví, Meir Alguadex, Abraham Beneviste, Abraham Seneor e Isaac Abravanel en Castilla; y a Eleazar, Yehudá de la Caballería, Mosé Alconstantini, Yosef Ravaya y Hasday Crescas en Aragón; en Navarra el más notable fue Yosef Orabuena. (José Luis Lacave, "Judíos y juderías")

COMUNIDADES HEBREAS EN AL ÁNDALUS

El esplendor cultural del Califato de Córdoba

El reino visigodo se hallaba inserto en uno de sus constantes conflictos internos cuando dio comienzo la conquista musulmana de la Península en el 711. Está constatado que los judíos recibieron con beneplácito a los nuevos señores y que colaboraron con ellos en el proceso de conquista. Incluso hubo un contingente judío que luchó junto con los musulmanes al mando de Kaula al-Yahudí en la batalla de Guadalete, en la que murieron el rey Rodrigo y algunos de los principales nobles del reino. Además, mientras la conquista continuaba hacia el norte, los musulmanes fueron confiando el gobierno de distintas ciudades a miembros de sus comunidades judías. Así ocurrió, por ejemplo, en Córdoba, Málaga, Granada, Sevilla y Toledo. 

"La civilización del Califato de Córdoba en tiempos de Abderramán III". Dinisio Baixeras, 1885. Wikimedia Commons.

Reinos de Taifas

El período de esplendor cultural vivido en los primeros siglos de Al Ándalus duró poco y la estructura política del Califato acabaría desmoronándose tras la muerte del caudillo Almanzor en 1031. Comienza así el período conocido como Reinos de Taifas, en el que el territorio quedó dividido en numerosos emiratos gobernados por dinastías como los Abadíes en Sevilla, los Hammudies en Málaga, los Ziríes en Granada o los Beni-hud en Zaragoza. La inestabilidad y la violencia que se adueñaron de Córdoba en los últimos años del Califato, hicieron que muchos judíos la abandonaran para dirigirse principalmente a Málaga, Granada, Toledo, Murcia y Zaragoza.

Una vez que los nuevos reinos estuvieron asentados, en muchos de ellos empezaron a florecer de nuevo las comunidades judías, promotoras con frecuencia del progreso económico y el dinamismo cultural de sus capitales. De nuevo aparecen destacadas personalidades hebreas ocupando importantes puestos en la administración de los distintos reinos.

Samuel ha Nagid - Ibn Nagrella, en un retrato imaginario de Daniel Quintero (2017). Museo Sefardí de Toledo.

Almorávides y almohades. La expulsión de los judíos de Al Ándalus

El avance castellano en tiempos de Alfonso VI contra el reino de Sevilla provocó que el rey Al-Mu’tamid pidiera ayuda a los almorávides, una secta religiosa fanática y guerrera proveniente del otro lado del Estrecho. Vencieron a las tropas cristianas en Sagrajas (1086), una batalla en la que se sabe que lucharon numerosos judíos, tanto del lado musulmán como del cristiano. Los almorávides se hicieron de este modo con el control de la España musulmana. Su líder, Yusuf ibn Tashfin, no hizo nada para mejorar el bienestar de los judíos. Más bien al contrario, se esforzó por obligar a la numerosa y rica comunidad de Lucena a abrazar el Islam. Bajo el reinado de su hijo Alí (1106-1143) la posición de los judíos era más favorable. Algunos fueron nombrados "mushawirah" (recaudadores y custodios de los impuestos reales). Otros entraron al servicio del Estado, ostentando el título de "visir" o "nasi". Las antiguas comunidades de Sevilla, Granada y Córdoba prosperaron de nuevo.

Maimónides fue uno de los judíos que se vio obligado a abandonar Al Ándalus junto con su familia tras la orden de expulsión dictada por los almohades en 1146. Grabado con su imagen tradicional.

LOS JUDÍOS EN LA HISPANIA ROMANA Y VISIGODA

En la actualidad, la mayoría de los historiadores señalan que las primeras comunidades judías se asentaron en la Península durante los siglos I y II, concretamente tras la destrucción de Jerusalén en el año 70, en el reinado de Vespasiano, y tras la represión posterior a la rebelión de Bar Kojba en el 134, con Adriano como emperador. Dentro de la dispersión que siguió a estos acontecimientos, es muy probable que un número indeterminado de familias hebreas abandonaran Tierra Santa para acabar estableciéndose en Hispania. De hecho, varios pasajes del Talmud y del Midrash (Levítico Rabá) señalan como durante el reinado de estos emperadores se ordenó el traslado forzoso de prisioneros judíos a la Península. Estos testimonios evidencian un asentamiento temprano, ya fuera voluntario o involuntario.

La evidencia documental más antigua hallada en España es una inscripción conocida como Epitafio de la judía Annia Salomonula. Se trata de la lápida que cubría el enterramiento de una muchacha en la localidad almeriense de Adra. En ella se puede leer:

[An]nia · Salo/[mo]nula · an(norum) · I / mens(ium) · IIII · die(rum) · I / Iudaea

Annia Salomonula, de un año, cuatro meses, un día, Judía.

Recreación de la inscripción de Annia Salomonula, aparecida en Adra (Almería) en el siglo XVIII.

Existen varias evidencias arqueológicas que permiten afirmar que las comunidades judías fueron numerosas en la época del Bajo Imperio Romano, cuando se constatan también los primeros cristianos en las ciudades de Hispania. Así, por ejemplo, han aparecido varias lucernas grabadas con la menorá o candelabro de siete brazos judío en puntos tan diversos de nuestra geografía como Mérida, Toledo, Cástulo (Jaén), Águilas (Murcia) o Palma de Mallorca, todas ellas datadas entre los siglos IV y V. De la misma época, se conserva en el Museo Sefardí de Toledo una curiosa pileta de mármol blanco que se halló en Tarragona. Está decorada también con la menorá, además de otros símbolos representados de forma esquemática, como el árbol de la vida. Tiene la particularidad de que posee inscripciones en latín, griego y en hebreo. En esta última lengua se puede leer “Paz sobre Israel y sobre nosotros y sobre nuestros hijos”.

Pileta de mármol blanco con inscripciones en latín, griego y hebreo. Procede de Tarragona y se ha datado alrededor del siglo V. En la actualidad se conserva en el Museo Sefardí de Toledo

Lucerna hallada en el yacimiento tardo-romano de El Molino (Águilas, Murcia). Hernández García, Juan de Dios. "La necrópolis tardorromana del Molino". Memorias de Arqueología 13, 1998.

Lucerna hallada en el Conjunto Arqueológico de Cástulo, Jaén (siglo V). Google Arts & Culture.

Lucerna procedente de Toledo (siglo V). Museo Sefardí de Toledo.

Al desmoronarse el Imperio Romano en el 476, Hispania pasó a conformarse como una monarquía regida por los visigodos, pueblo de origen germánico que se había adentrado en la Península varias décadas atrás. No parece que los primeros reyes visigodos fueran especialmente beligerantes en materia religiosa y en general las comunidades judías siguieron funcionando de manera similar a la de los últimos siglos del Imperio. Sin embargo, todo cambió cuando el rey Recaredo adoptó el catolicismo como religión oficial (587). Muy pronto aprobó una serie de disposiciones antijudías, que se vieron reforzadas por los decretos del Concilio de Toledo del 589. Entre otras medidas, se prohibió a los judíos tener esclavos cristianos, ocupar cargos públicos, así como casarse o mantener relaciones sexuales con cristianas. 

Con los monarcas posteriores se fueron alternando situaciones de represión con otras de cierta relajación, por lo que muchos hebreos adoptaban el cristianismo para evitar problemas en momentos difíciles para volver luego al judaísmo cuando la situación mejoraba. Esto provocaba que las posturas de la jerarquía católica se extremaran aún más y los diferentes concilios católicos celebrados en Toledo no hacían más que corroborar y ampliar las leyes antijudías promulgadas por la corona.

"La conversión de Recaredo" (1888). Cuadro de Antonio Muñoz Degrain recreando el momento en el que Recaredo abandona el arrianismo para adoptar la fe católica. Senado de España.

El reinado de Sisebuto (612-621) marca un punto álgido en la represión, marcando una línea durísima contra el pueblo hebreo que será la tónica más habitual en lo que resta de historia del reino visigodo en la Península. Tal y como señala Joseph Pérez en su “Los judíos en España”, Sisebuto manda liberar a los cristianos de toda relación de dependencia respeto de los judíos que se ven obligados a desprenderse de sus esclavos y servidores; el proselitismo judío se ve castigado por la pena de muerte y la confiscación de bienes; los hijos que puedan tener los judíos con esclavas cristianas habrían de ser educados como cristianos. (…) Por fin, pretende Sisebuto obligar a los judíos a convertirse al catolicismo o, si no, a salir de España. La cifra de los que entonces fueron expulsados se ha calculado en muchos miles y la de los bautizados en 90.000, pero serían probablemente mucho menos. Desde entonces conversos y judíos quedan excluidos de los cargos públicos con el motivo de que era intolerable que tuvieran autoridad sobre los católicos

Retrato imaginario del rey Sisebuto, realizado en 1854 por el pintor sevillano Mariano de la Roca y Delgado. Museo del Prado.

A pesar de la severidad de estas medidas, la política antijudía no había alcanzado aún sus cotas más extremas y violentas. Hacia el 638, Chintila decreta la prohibición de habitar el reino para todo aquel que no fuera católico. En la segunda mitad de ese mismo siglo, Recesvinto ordena la muerte de los judíos por lapidación o en la hoguera y, poco tiempo después, Égica dictamina la esclavización tanto de judíos como de conversos. El grado de cumplimiento de estas medidas fue dispar dependiendo de la época y la ciudad de la que hablemos, pero en su conjunto fueron creando una atmósfera irrespirable para la comunidad judía en Hispania, cada vez más arrinconada socialmente y más expuesta a estallidos de violencia cada vez más frecuentes.

A pesar de la severidad de estas medidas, la política antijudía no había alcanzado aún sus cotas más extremas y violentas. Hacia el 638, Chintila decreta la prohibición de habitar el reino para todo aquel que no fuera católico. En la segunda mitad de ese mismo siglo, Recesvinto ordena la muerte de los judíos por lapidación o en la hoguera y, poco tiempo después, Égica dictamina la esclavización tanto de judíos como de conversos. El grado de cumplimiento de estas medidas fue dispar dependiendo de la época y la ciudad de la que hablemos, pero en su conjunto fueron creando una atmósfera irrespirable para la comunidad judía en Hispania, cada vez más arrinconada socialmente y más expuesta a estallidos de violencia cada vez más frecuentes.

ORÍGENES DE LA PRESENCIA JUDÍA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

La presencia judía en la Península Ibérica se remonta a tiempos muy remotos, aunque solo podemos constatarla con certeza desde época romana (siglo I d.C.). Sin embargo, existen algunas evidencias que han llevado a diversos autores a lo largo de la historia a remontar aún más en el tiempo la llegada de las primeras comunidades hebreas. Para ello, se basan sobre todo en las menciones bíblicas a “Tarsis”, que buena parte de la historiografía ha identificado con Tartessos, una cultura desarrollada principalmente en el suroeste peninsular entre los siglos XII y XI a.C. aproximadamente.

El mundo tartésico fue el resultado de la evolución de los pueblos locales con una fuerte influencia de los fenicios, que fueron una nación de navegantes y mercaderes proveniente del Próximo Oriente. Estos fenicios eran también un pueblo semita, con una estrecha relación con el mundo hebreo y de ahí que no sea descabellado pensar en una temprana relación, al menos comercial, entre Tartessos y el reino de Israel. En relación con esta posibilidad, quizá el pasaje más célebre sea el que aparece en el Libro de los Reyes, en el que al ensalzar el reinado de Salomón (siglo X a.C.) se dice: 

Sello emitido por la Compañía Postal de Israel en referencia a los "barcos de Salomón". La ilustración recoge los productos importados desde Tarsis que se mencionan en el Libro de los Reyes.

El rey tenía en el mar la flota de Tarsis con la flota de Jiram. Una vez cada tres años llegaba la flota de Tarsis trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales. (1 Reyes 10:22)

 

Autores como Adolf Shulten, Antonio García y Bellido o Ángel Montenegro, consideraron que efectivamente las menciones a Tarsis aluden a Tartessos y a su relación comercial con el Próximo Oriente. Sin embargo, de estas menciones no se puede extraer que hubiera comunidades judías viviendo en las ciudades españolas antes de la época romana. 

SEFARAD, HISTORIA DE LOS JUDÍOS EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Sefarad (en hebreo, סְפָרַד) es el topónimo bíblico con el que la tradición judía se ha referido a la Península Ibérica. En el idioma hebreo actual hace referencia exclusivamente a España, mientras que Portugal es denominado con su propio nombre. Aunque, por su contexto, el término que aparece en la Biblia (Libro de Abdías) no parece hacer referencia a la Península Ibérica, se sabe que los judíos que habitaron Hispania lo utilizaron para referirse a este territorio desde la Antigüedad. Además, destacados autores de la Edad Media, como Isaac Abravanel o Salomón ibn Verga, lo utilizan también en este sentido. 

La presencia de los judíos en la Península se remonta a tiempos tan remotos que es difícil rastrear su origen. En estas páginas trataremos de hacer un breve recorrido por la historia del pueblo judío en Sefarad, desde sus orígenes hasta la expulsión de 1492. Para completar esta apasionante y en ocasiones trágica historia, haremos mención también al devenir del pueblo sefardí tras esta fecha crucial en la historia del Judaísmo.

Mapa de la Península Ibérica, 1544 (IGN)

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