La iglesia del Divino Salvador de Sevilla es el segundo templo más grande de la ciudad, sólo después de la Catedral. Es una de las grandes joyas arquitectónicas de la ciudad y en su interior alberga una magnífica colección escultórica, con obras de los más destacados autores del barroco sevillano. Como resultado de su larga y compleja historia, se ha configurado un enorme y majestuoso templo con tres naves. El crucero sobresale notablemente en altura sobre el resto, aunque no es perceptible en la planta del edificio, que es de las llamadas de salón.
Historia
Sabemos que en el espacio que hoy ocupa estuvo la llamada mezquita de Ibn Adabbas, creada hacia el 830 como mezquita aljama o principal de la ciudad. Ostentó este rango hasta que en el siglo XII se construyó la nueva gran mezquita, en el lugar que hoy ocupa la Catedral.
De la mezquita que se ubicaba en el Salvador se han conservado algunos elementos, como parte de su patio y el arranque de su alminar, que se corresponde con la parte baja de la torre que encontramos en el extremo norte, en la calle Córdoba.
Una vez conquistada la ciudad por los cristianos en 1248, la mezquita pasó a utilizarse como iglesia, aunque manteniendo lo esencial de su estructura. Así permaneció durante siglos, con las características arquitectónicas de un templo islámico pero sirviendo para el culto cristiano, como sigue ocurriendo hoy, por ejemplo, con la Mezquita-Catedral de Córdoba.
Sin embargo, ya llegado el siglo XVII, parece que su estado era bastante ruinoso y se decidió la construcción de un nuevo templo. Las obras comenzaron hacia 1674, pero cuando se estaba acometiendo el cierre de las bóvedas, se produjo un estrepitoso derrumbe que obligó a replantearse buena parte del proyecto.
De la dirección de las obras se acabó por encargar Leonardo de Figueroa, el mejor arquitecto del barroco sevillano, que intervino también en otros proyectos como San Luis de los Franceses o La Magdalena. En este caso, Figueroa se encargó de cerrar las bóvedas, construir la gran cúpula y terminar el interior del edificio. Las obras no concluyeron hasta 1712.
Exterior
Patio y torre
Se pueden observar hoy algunos restos de la antigua mezquita en el actual Patio de los Naranjos, en el que se conservan in situ algunas de las columnas que rodearon el primitivo patio de abluciones. Algunas de ellas tienen un origen romano y visigodo, y su profundidad deja claro que la cota de la mezquita era mucho más baja que la de la actual iglesia.
La base de la torre campanario, entre el patio y la calle Córdoba, fue también el minarete original de la mezquita, completamente alterado en sus pisos superiores por sucesivas reformas. La parte superior que podemos observar en la actualidad fue añadida por Leonardo de Figueroa a finales del siglo XVII.
Capilla de los Desamparados
En el extremo occidental del patio se ubica la Capilla del Cristo de los Desamparados, un pequeño templo de planta rectangular que fue levantado a mediados del siglo XVIII, bajo la dirección de uno de los hijos de Leonardo Figueroa, Matías o Ambrosio. Las fuentes difieren a este respecto.
El interior se cubre por dos bóvedas elípticas, estando la más cercana al altar mayor coronada por una linterna. Sus muros se decoran profusamente con pinturas murales barrocas y a los lados se abren una serie de hornacinas a modo de altares laterales. En una de ellas se ubica la Virgen del Prado, una imagen de vestir realizada por el imaginero Sebastián Santos en 1949 que es titular de su propia hermandad de gloria.
El retablo mayor lo ocupa la imagen del Cristo de los Desamparados, titular de la capilla, un crucificado de autor anónimo que se ha venido datando en el siglo XVI.
Fachada de la iglesia
En cuanto a la iglesia propiamente dicha, la fachada principal tiene unas líneas barrocas muy clásicas y de influencia italiana, cercanas a las formas renacentistas. La sucesión de pilastras de piedra y paños de ladrillo rojizo consiguen la clásica bicromía que es tan característica de muchos edificios sevillanos desde que en el siglo XVI se construyera la Lonja, hoy Archivo de Indias.
A pesar de su monumentalidad, la fachada del Salvador destaca por su escasa decoración, que contrasta sobremanera con el interior.
Se organiza en tres calles separadas por pares de pilastras, que se corresponden con las tres naves del templo. En el primer cuerpo se abren tres portadas, con la central de mayores dimensiones que las laterales. Están enmarcadas de una forma muy clásica, con pilastras sosteniendo un dintel sobre el que se abre un segundo cuerpo, mucho menor. Dos ángeles en cada dintel sostienen un escudo con la representación del "Agnus Dei". Sobre la portada principal, un globo terráqueo coronado por una cruz simboliza al "Salvador", mientras que las portadas laterales están coronadas por las efigies de San Pedro y San Pablo.
La decoración de aire plateresco que recorre las pilastras y algunas de las molduras es relativamente reciente, de finales del siglo XIX. Sobre las portadas laterales se abren dos óculos enmarcados por moldura cuadrada.
En el segundo cuerpo, encontramos sólo la prolongación de la calle central, enmarcada de nuevo por pilastras, y con un gran óculo central como única decoración. A cada uno de los lados, se ubican dos aletones decorados por roleos, elementos muy frecuentes en la arquitectura religiosa europea desde el Renacimiento. Tienen la función de dulcificar la transición entre la gran anchura del primer cuerpo y la mucho menor del segundo.
Tras estos espacios avolutados se esconden dos arbotantes que parecen servir para sostener el peso de los muros de la nave central. Cabe resaltar que estos elementos se vinculan tradicionalmente a la arquitectura gótica y no a la barroca. En el caso de El Salvador son especialmente interesantes ya que al parecer no cumplen función estructural alguna debido a su posición. Se ha señalado por varios autores que la inclusión de los arbotantes se debería simplemente a un interés simbólico, el de resaltar la importancia de la iglesia como templo colegial introduciendo este tipo de elementos tradicionalmente vinculados a un tipo de arquitectura "catedralicia". Así lo explica José María Medianero Hernández en un artículo dedicado a la pervivencia de los arbotantes en la arquitectura bajo andaluza:
“El papel compositivo general no se desvela afortunado dada su composición de retranqueo respecto a los mencionados aditamentos laterales terminados en volutas y su única funcionalidad parece establecerse en la misión de conducción de la vertida de aguas. Desde luego este problema nimio se hubiese podido resolver de otra manera más simple. Quizás la explicación más plausible sea la recurrencia a un motivo emblemático de un templo colegial con aspiraciones catedralicias, ansias y pretensiones que trascienden arquitectónicamente al empaque y prestancia del edificio”.
Cúpula
La cúpula es el elemento más reconocible de la iglesia de El Salvador, sobre todo cuando se observa el templo desde una cierta distancia. Se levantó en 1709-1710 siguiendo el diseño y la dirección de Leonardo de Figueroa, arquitecto que realizó otras cúpulas magistrales en Sevilla, entre las que destacan las de la Magdalena y San Luis de los Franceses.
En el caso de El Salvador, se trata de una cúpula semiesférica sobre tambor octogonal. Tiene una altura de más de 40 metros y un ancho de más de 10 metros. El elevado tambor sirve para destacar la cúpula por encima del resto de cubiertas de la iglesia y en sus lados se abren ocho ventanales, coronados por frontones alternos, curvos y rectos.
Se han señalado como antecedentes las cúpulas de la iglesia de El Escorial y de la Clerecía de Salamanca, ambas deudoras de la cúpula diseñada por Bernini para la iglesia de Castelgandolfo.
Interior
La iglesia presenta una planta rectangular o de salón, al no formar la clásica forma de cruz latina tan habitual en las iglesias cristianas. Se divide en tres naves, siendo la central más alta y ancha que las laterales. Aunque la iglesia no cuenta con capillas laterales, sino con altares, al cuerpo principal de la planta se adosan algunos espacios, como la antigua capilla bautismal, la capilla sacramental y la sacristía.
Las bóvedas se sostienen a través de colosales pilares cuadrados a los que se adosan columnas de orden compuesto y fustes ricamente esculpidos. La cubrición se hace con bóveda de cañón en la nave central y el crucero, y bóveda de arista en las naves laterales.
La decoración escultórica recorre las partes en piedra del interior del templo, como en los fustes de las columnas o en las enjutas de los arcos. Se trata en su mayoría de decoración vegetal, roleos y otros motivos barrocos. Vemos también con frecuencia el escudo real, sobre todo en las claves de los arcos fajones, elemento que tenía la finalidad de enfatizar ante el cabildo de la Catedral el hecho de que la iglesia era una colegial de fundación real. También encontramos decoración en las pechinas que sostienen la cúpula, en las que se ubican los bustos de los cuatro evangelistas en unos medallones rodeados de profusa ornamentación.
Retablo mayor
La iglesia se halla presidida por un imponente retablo barroco, realizado entre 1770 y 1779 por el escultor portugués Cayetano de Acosta. Se trata de una obra cumbre de la retablística sevillana al que a veces se ha denominado "el último gran retablo del Barroco español". La profusión decorativa hace difícil distinguir la estructura arquitectónica del retablo. En su centro se representa la escena de la Transfiguración del Señor, el momento en el que Cristo se hace presente después de la Resurrección en el monte Tabor. Lo acompañan Moisés y Elías, como representantes del Antiguo Testamento y, en un nivel inferior, se postran admirados los apóstoles Pedro, Santiago y Juan. La figura central de Cristo adopta una postura que se ha relacionado con el colosal Longinos que Bernini esculpió para San Pedro del Vaticano y está enmarcado por una gran venera. El resto del retablo se presenta abigarrado con incontables figuras de querubines, ángeles y arcángeles. En el banco se disponen relieves con representaciones de los Padres de la Iglesia y en el centro encontramos un Sagrario-Manifestador, coronado por una Inmaculada. En el ático, la figura de Dios Padre preside todo el conjunto, enfatizada por unos grandes destellos dorados a su espalda.
La bóveda semiesférica sobre el presbiterio se encuentra decorada por las pinturas al temple que Juan de Espinal realizó a finales del siglo XVIII. Representa la gloria celestial, con el Espíritu Santo en el centro, y a través de efectos ópticos como una balaustrada fingida consigue dar la sensación de que se trata de una bóveda más alta de lo que es en realidad.
Órgano
Sobre la entrada principal a la iglesia, se ubica hoy un imponente órgano en madera, realizado por Juan de Bono y Manuel Barrera a finales del siglo XVIII. Este órgano estuvo ubicado en el centro del templo, en el área del coro que se abría frente al Altar Mayor. Las iglesias colegiales tenían obligación de poseer su propio coro, como ocurre con las catedrales. En este templo se desarrolló una brillante trayectoria musical desde el siglo XVI, con figuras tan destacadas como el organista Correa de Arauxo, llamado "el Bach español". En 1861 se suprimió el carácter colegial de la iglesia, se eliminó la zona del coro y el órgano se trasladó a su ubicación actual. Aún hoy, está considerado uno de los mejores órganos de Andalucía y se encuentra inmerso en un proceso de restauración.
También magnífico es el retablo de la Virgen de las Aguas, en el lado derecho del crucero, una obra de José Maestre de 1731 presidida por esta imagen mariana de las llamadas “fernandinas”, datada hacia en el siglo XIII pero muy remodelada posteriormente. Son sólo dos ejemplos de la gran colección de retablos que alberga esta iglesia.
Y es que la representación en el templo de grandes maestros de la escultura es excepcional. Con toda probabilidad, las dos grandes figuras del barroco sevillano son Juan Martínez Montañés y su discípulo Juan de Mesa.
Del primero, conserva El Salvador una colosal escultura de San Cristóbal, con reminiscencias de Miguel Ángel por su monumentalidad y belleza. Pero la obra más destacada de este autor en El Salvador es con seguridad Nuestro Padre Jesús de la Pasión, una conmovedora imagen del Señor con la cruz a cuestas, que muestra de forma maravillosa el clasicismo del barroco de Montañés, al lograr transmitir todo el sentimiento y la emoción del momento, pero de una forma contenida, elegante y solemne. Preside el retablo de plata de la Capilla Sacramental y sale en procesión cada Jueves Santo. No exageramos al decir que es una de las representaciones de Jesús Nazareno más logradas del barroco español.
Del otro gran maestro del barroco sevillano, Juan de Mesa, encontramos al Cristo del Amor, que también procesiona desde este templo en Semana Santa, en esta ocasión durante el Domingo de Ramos. Se trata de una excepcional talla de crucificado, ya muerto, con un magistral tratamiento en la anatomía, los cabellos y los paño. Una obra excepcional dentro de la producción de su autor, que parece que tuvo en cuenta para su realización el modelo que su maestro Montañés realizó unos años antes con el Cristo de la Clemencia que encontramos en la Catedral.
Junto a estos maestros, es casi innumerable la nómina de grandes artistas con obras en esta iglesia del Salvador. Podríamos citar, por ejemplo, a Duque Cornejo, José Montes de Oca o Antonio Quirós. Pero por ahora terminamos aquí este pequeño esbozo sobre el auténtico museo vivo del barroco sevillano que es la antigua colegial del Salvador. Contaremos más en próximas entregas.
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