REALES ATARAZANAS – MAESTRANZA DE ARTILLERÍA

Las Atarazanas Reales fueron un gran astillero que se construyó en el área del puerto de Sevilla por orden de Alfonso X el Sabio (1252), llegando a conformar la base naval más importante en la historia de la Corona de Castilla. En la actualidad, solo se conservan algunas de sus naves originales, inmersas en un proceso integral de rehabilitación para destinarlas a un uso cultural y museístico. El autor del proyecto es el arquitecto sevillano Guillermo Vázquez Consuegra.

El edificio original ocupaba una gran superficie que rondaba las dos hectáreas y estaba formado por diecisiete naves, separadas por líneas de monumentales arcos sobre pilares, todo de ladrillo. Estos servían no solo para sostener la cubierta sino también para canalizar el agua que recogían los techos, al modo de acueductos. 

“Los arcos son ligeramente apuntados y las pilastras son de sección rectangular de 2,50 m. por 1,80 m., salvando una luz de 8,5 m., con una altura hasta el arranque de los arcos de 5 m. Cada hilera de estas pilastras descansa sobre una cimentación de zapata corrida, cuyo firme se alcanza a 2 m. bajo la cota del suelo originario.”

En su parte Este, la construcción se apoyaba sobre la muralla exterior de Sevilla, mientras que en el lado sur se apoyaba sobre una parte del tramo de muralla que unía el Alcázar y la Torre del Oro. Este tipo de muralla, construida para unir una fortificación principal con un punto exterior, se conoce como coracha. 

Las naves se disponían de forma perpendicular al río, para facilitar la entrada y salida de barcos desde el mismo. 

A lo largo de la historia, a medida que los astilleros de Sevilla fueron perdiendo relevancia, un buen número de sus naves fueron destinadas a otros usos:

- Hacia 1580 se instaló la Aduana en las naves 13, 14 y 15, empezando desde la calle Dos de Mayo hacia la calle Santander.

- A mediados del siglo XVII se derribaron las naves de la 8 a la 12 para construir el Hospital de la Caridad, siguiendo las trazas de Sánchez Falconete y Leonardo de Figueroa.

- Durante varias fases a lo largo del siglo XVIII, lo que restaba del edificio experimentó una profunda reforma para albergar la Maestranza de Artillería, destinada a la fabricación y reparación de piezas de armamento y munición. En 1762 se inicia una gran reforma que incluye la construcción de la fachada actual hacia la calle Temprado, siguiendo una composición academicista.

- En 1945 se demolieron las cinco naves que restaban al sur, incluyendo aquellas que se habían transformado en aduana en el siglo XVI, para construir el actual edificio de la Delegación de Hacienda.

SANTA MARÍA LA BLANCA

La iglesia de Santa María la Blanca, en el barrio de San Bartolomé, es una preciosa joya del barroco sevillano. Se sabe que en este mismo lugar se asentó una mezquita durante el período islámico y algunos autores han señalado que esta mezquita pudo construirse a su vez sobre una iglesia cristiana previa de época visigoda. De este primitivo templo visigodo provendrían las columnas que hoy enmarcan la pequeña portada lateral de la iglesia hace la calle Archeros, aunque esta posibilidad no ha podido ser constatada arqueológicamente.

Lo que sí se sabe con certeza es que la mezquita fue transformada en sinagoga tras la conquista cristiana de la ciudad. Por orden de Alfonso X se constituyó una judería en esta zona de la ciudad, que ocupaba aproximadamente el área de los actuales barrios de Santa Cruz y San Bartolomé. En Santa María Blanca se encontraría una de las tres o cuatro sinagogas principales de la judería.

Durante mucho tiempo se pensó que el templo actual fue levantado por completo en el siglo XVII, sin que se conservara nada de la fábrica anterior. Sin embargo, diversos trabajos arqueológicos y de restauración en el edificio en las últimas décadas han desmentido esta afirmación. Al parecer, aunque la reforma barroca de la que hemos hablado enmascaró por completo cualquier aspecto decorativo del primitivo templo, lo cierto es que la planta de la actual iglesia y la de la sinagoga sobre la que se asienta coinciden en lo esencial. Y al parecer también corresponden a la obra primitiva buena parte de los muros y los arcos de la actual iglesia, aunque intensamente alterados en su estética por la reforma barroca. Así lo explica el arquitecto Óscar Gil Delgado en “Una sinagoga desvelada en Sevilla: estudio arquitectónico” (2011):

“Estas prescripciones implican claramente que no se demolieron los muros de las naves de la iglesia y que, por ese motivo, se encuentran hoy los arcos ciegos mudéjares en la coronación de dichos muros. Sobre las nuevas columnas de «jaspe colorado» no se voltearon nuevos arcos, simplemente se apearon los arcos de la nave central, se retiraron las columnas antiguas, que no tenían relación estilística con la obra nueva, y se colocaron las nuevas. Con toda seguridad los arcos de la nave son los mismos antiguos de la sinagoga «mudéjar», recortados, redondeados y revestidos con molduras de yeso, según el nuevo gusto”.

La sinagoga se transformaría en iglesia cristiana a finales del siglo XIV, tras el violento asalto a la judería de 1391. Sería en esta época cuando se añadiría la portada gótica por la que aún se accede en la actualidad. Sin embargo, la iglesia que ha llegado hasta nosotros responde en su mayor parte al proyecto para su remodelación impulsado por el canónigo Justino de Neve. Las obras se iniciaron en 1662 bajo la dirección de Pedro Sánchez Falconete, que que abordó la remodelación completa de la que resultó el templo barroco que podemos contemplar hoy. 

Se trata de una iglesia de tres naves divididas por diez columnas toscanas que soportan arcos formeros de medio punto. A ella se accede por una entrada torre que se abre a los pies de la nave central y cuenta con una planta rectangular. Esta se ve alterada por un testero sobresaliente, en el que se sitúa el altar mayor, y por tres capillas laterales: la bautismal a los pies del templo, la sacramental en el lado de la epístola, y la de San Juan Nepomuceno en el lado del evangelio de la cabecera.

La fachada principal de la iglesia está ocupada en su primer nivel por una portada gótica, con las características clásicas que este tipo presenta en las iglesias sevillanas: arquivoltas y decoración de puntas de diamante. Sobre este cuerpo, se puede leer la inscripción latina "HAC EST DOMUS DEI ET PORTA COELI 1741" (Esta es la Casa de Dios y la Puerta del Cielo). El año 1741 hace referencia a la fecha de ciertas reformas menores acometidas en la iglesia, cuando se embelleció también la fachada y se añadió la inscripción.

Sobre este primer nivel, en un segundo cuerpo se abren dos ventanales alargados rematados por arcos de medio punto. Sobre ellos se ubica una clásica espadaña de dos niveles y tras vanos para las campanas.

La iglesia cuenta con una portada mucho más sencilla hacia la calle Archeros. Se trata de un sencillo arco de medio punto sostenido por dos columnas pétreas con capiteles tardoantiguos, claramente de acarreo y probablemente utilizados sucesivamente en la mezquita y en la sinagoga precedentes.

En el interior, lo que más nos llama la atención es su intenso programa decorativo, en el que se cubre hasta el último rincón con una combinación de yeserías, pintura y escultura, hasta configurar un espacio que en su conjunto se muestra como la más clara definición del célebre "horror vacui" del barroco. 

Justino de Neve encargó la decoración pictórica al propio Murillo y la elaboración de las yeserías a los hermanos Pedro y Borja Roldán. La obra se inicia muy poco después de que se promulgara el Breve Pontificio de Alejandro VII de 1661, en el que se reafirmaba la devoción y el culto a la Inmaculada Concepción. 

De esta forma, el programa iconográfico es en su conjunto una exaltación a la Eucaristía y a la Virgen Inmaculada, tal y como puede verse nada más entrar en el arco que sostiene el coro, donde se lee Sin pecado original en el primer instante de su ser. Murillo intervino con la realización de cinco lienzos, de los cuales solo se conserva en la iglesia el más antiguo, "La Santa Cena". Los otros venían a completar el programa iconográfico del que venimos hablando, con la "Inmaculada", "El Triunfo de la Fe" y dos lienzos que narraban la historia de la fundación en Roma de la basílica de Santa María de las Nieves, advocación a la que está dedicada también nuestra iglesia.

Hoy en día se pueden contemplar in situ magníficas copias de los originales, que desgraciadamente fueron objeto del salvaje expolio sufrido por la ciudad con la llegada de las tropas napoleónicas en 1810. Entre las obras sustraídas se encontraban las cuatro que sustrajo de Santa María la Blanca. La mayor parte de lo expoliado nunca regresó a la ciudad y se encuentra hoy disperso por museos de todo el mundo.

El retablo mayor de la iglesia es barroco y se ha datado hacia 1690. Su elemento arquitectónico principal son dos grandes columnas salomónicas, tan características de los retablos sevillanos del XVII. En la hornacina central se ubica la imagen titular del templo, Nuestra Señora de las Nieves, una imagen de vestir realizada por Juan de Astorga a principios del XIX. 

En los extremos laterales se ubican sobre ménsulas las tallas dieciochescas de las Santas Justa y Rufina, patronas de la ciudad. En el centro del ático se abre otra hornacina que en la actualidad alberga una rica cruz dorada, en cuyo pie se puede apreciar una representación de la Giralda.

En la cabecera del lado de la derecha encontramos un retablo barroco de mediados del siglo XVIII presidido por la imagen de "San Pedro en la Cátedra". Vemos al santo con todos los atributos que lo identifican como primer pontífice de la Iglesia, enmarcado por dos ángeles niños que sostienen dos de sus atributos: la cruz patriarcal de los papas y las llaves de la Iglesia.

En el muro de este mismo lado derecho se ubica un retablo neoclásico del siglo XIX, presidido por un imponente conjunto de la Trinidad. Es obra del escultor de origen valenciano Blas Molner. En el banco se ubica una interesante Piedad de pequeño formato datada en el siglo XVIII.

También a la derecha se abre la capilla sacramental, presidida por un retablo del siglo XVIII que generalmente tiene en su hornacina central una imagen de San José anterior, del siglo XVII. Am ambos lados y a una escala menor, encontramos las imágenes de Santa Ana y San Joaquín. El banco del retablo acoge un enternecedor "Nacimiento" elaborado en terracota, atribuido a Cristóbal Ramos. 

En la misma capilla se ubica un retablo formado por piezas de un retablo anterior readaptado. Alberga las imágenes que pertenecieron originalmente a la antigua hermandad del Sagrado Lavatorio, que desapareció en 1672 al fusionarse con la Sacramental de esta iglesia. En el centro, el Cristo del Mandato, una obra en pasta de madera, realizada por Diego García de Santa Ana a finales del siglo XVI. A ambos lados, Nuestra Señora del Pópulo y San Juan, ambas imágenes anónimas del siglo XVII.

En el centro del muro de la nave izquierda (o del Evangelio) encontramos un valioso retablo original del siglo XVI, aunque bastante reformado en el XVIII. Enmarca un gran lienzo con la representación de "La Piedad", aunque también se ha identificado a veces como un "Descendimiento". Se trata de una de las piezas artísticas más destacadas de la iglesia, la última obra conocida de Luis de Vargas, uno de los pintores más destacados del Renacimiento en Sevilla. Está fechado en 1564 y en el retablo lo enmarcan las pinturas de San Juan Bautista y San Francisco, obras también de Luis de Vargas. A los pies del retablo se puede observar la lápida de la familia que lo financió.

En el mismo muro se encuentra la única obra de Murillo que se ha conservado en la iglesia: "La Santa Cena", fechada en 1650. Es posible que los franceses no se la llevaran porque lo cierto es que la obra se aleja bastante del tradicional estilo del pintor. Murillo utiliza aquí un potente claroscuro, que hacen del lienzo una pintura tenebrista, con la luz de las velas como única iluminación sobre los rostros.

En el mismo muro encontramos otro retablo con un Sagrado Corazón moderno y al fondo de esta nave del Evangelio se abre una pequeña capilla tras una reja. En ella se ubica un retablo barroco del siglo XVII, con una imagen central de San Juan Nepomuceno de la misma época. En los muros de la capilla se ubica un interesante "Ecce Homo" del siglo XVI, realizado por seguidor anónimo de Luis de Morales. Frente a él, una "Anunciación" de Domingo Martínez del primer tercio del XVIII.

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REAL ALCÁZAR

Pocas ciudades europeas pueden presumir de conservar un palacio real habitado durante más de un milenio. El Real Alcázar de Sevilla no es únicamente un monumento excepcional: es una auténtica suma de épocas, culturas y estilos artísticos superpuestos a lo largo de los siglos. Desde sus orígenes islámicos en el siglo X hasta las intervenciones barrocas, románticas y contemporáneas, el Alcázar ha ido transformándose sin perder nunca su esencia palaciega. Esa continuidad histórica lo convierte en el palacio real en uso más antiguo de Europa y en una de las obras maestras de la arquitectura civil española.

Recorrer sus patios, jardines y salones es atravesar la historia de Sevilla y, en cierto modo, la historia misma de España. Por sus dependencias pasaron gobernadores musulmanes, reyes castellanos, emperadores, artistas y viajeros. Aquí vivieron figuras como al-Mutámid, Alfonso X el Sabio, Pedro I o Isabel la Católica. Además, ha cogido eventos históricos del calibre de la boda del emperador Carlos V con Isabel de Portugal en 1526.

En 1987, la UNESCO reconoció este valor universal excepcional declarando al Real Alcázar Patrimonio Mundial junto con la Catedral y el Archivo de Indias.

Historia del Alcázar de Sevilla

El origen del Alcázar se remonta a la Sevilla islámica. En torno al siglo X se levantó la llamada Dar al-Imara o Casa del Gobernador, construida en época omeya como residencia del poder político musulmán. De aquella primera etapa aún sobreviven algunos sectores de muralla y ciertos espacios profundamente transformados con el tiempo.

Durante el siglo XI, en tiempos de los reinos de taifas y bajo la dinastía abadí, el complejo fue ampliado hacia el sur y hacia el río, configurándose el palacio de al-Muwarak (“el Bendito”). La siguiente gran transformación llegó en época almohade, entre los siglos XII y comienzos del XIII. Sevilla se convirtió entonces en capital de al-Ándalus y el Alcázar creció notablemente. De este período se conservan algunos de los espacios más evocadores del conjunto, como el Patio del Yeso o el antiguo Jardín del Crucero, ejemplos excepcionales de la arquitectura almohade sevillana.

Tras la conquista cristiana de Sevilla por Fernando III en 1248, el Alcázar pasó a convertirse en residencia de los monarcas castellanos. El rey santo habitó el palacio hasta su muerte, y su hijo Alfonso X impulsó una de las primeras grandes reformas cristianas con la construcción del llamado Palacio Gótico, levantado en estilo gótico medieval dentro del recinto islámico preexistente.

Sin embargo, la gran edad dorada del Alcázar llegó en el siglo XIV con Pedro I. Entre 1364 y 1366 el monarca mandó construir el extraordinario Palacio Mudéjar, obra culminante del arte mudéjar hispano. Para ello reunió a maestros musulmanes procedentes de Sevilla, Toledo y Granada, creando un edificio que fusiona tradición islámica y ceremonial cortesano cristiano en una síntesis artística única.

A partir del Renacimiento, el Alcázar siguió transformándose. Los Reyes Católicos ampliaron las dependencias privadas; Carlos V añadió las galerías superiores del Patio de las Doncellas y celebró aquí su boda con Isabel de Portugal. En el siglo XVII se reorganizaron accesos y patios, mientras que en el XVIII las reformas borbónicas y los daños provocados por el terremoto de Lisboa de 1755 obligaron a nuevas reconstrucciones.

El siglo XIX dejó una profunda huella romántica en el conjunto, especialmente durante las estancias de Isabel II. Ya en el siglo XX, arquitectos y conservadores como el marqués de la Vega-Inclán, Joaquín Romero Murube o Rafael Manzano dedicaron enormes esfuerzos a la restauración y conservación del monumento.

Arquitectura defensiva en el Alcázar: murallas, puertas y torres

Aunque hoy el Alcázar deslumbra por sus palacios y jardines, su origen fue esencialmente defensivo. El conjunto se articulaba mediante murallas, puertas fortificadas y torres que protegían la residencia del poder político.

La entrada principal sigue siendo la célebre Puerta del León, abierta en la muralla musulmana del siglo XI frente a la actual Plaza del Triunfo. Su nombre procede del león heráldico representado sobre la puerta, símbolo medieval de la monarquía. 

Tras franquear la puerta se accede al Patio del León, antigua explanada militar situada frente a los palacios musulmanes. En época moderna llegó incluso a albergar el gran Corral de la Montería, uno de los teatros más importantes de la Sevilla barroca.

Las murallas almohades, reforzadas mediante torres y almenas, delimitaban distintos recintos interiores y protegían los jardines y espacios residenciales. Parte de esas estructuras aún se integran en el paisaje del Alcázar, especialmente en las áreas cercanas a los jardines y al Patio de Banderas.

La organización defensiva también se percibe en ciertos recursos arquitectónicos interiores del Palacio de Pedro I. Sus corredores angulados y accesos indirectos, heredados de la tradición palatina islámica, evitaban las perspectivas directas desde el exterior y garantizaban la privacidad y seguridad del soberano.

El Palacio de Pedro I: la cumbre del arte mudéjar

El corazón artístico del Alcázar es el Palacio del Rey Don Pedro, construido entre 1364 y 1366. Su promotor, Pedro I de Castilla, quiso levantar una residencia comparable a los grandes palacios islámicos de la península, especialmente la Alhambra de Granada y los desaparecidos alcázares almohades sevillanos.

El resultado fue una obra maestra del arte mudéjar: un estilo genuinamente hispánico en el que conviven estructuras cristianas con decoración, técnicas y sensibilidad artística islámica.

La monumental fachada del palacio constituye una auténtica declaración de poder. En ella aparecen yeserías, inscripciones árabes, motivos geométricos, azulejería y referencias heráldicas castellanas que sintetizan visualmente la compleja identidad política del reino de Castilla en el siglo XIV. La inscripción fundacional aún recuerda que fue Pedro I quien “mandó facer estos Alcázares y estos Palacios”.

Tras el vestíbulo de entrada se despliega el magnífico Patio de las Doncellas, núcleo ceremonial del palacio. Sus arcos polilobulados, las columnas de mármol y la exquisita decoración de yeserías crean uno de los espacios más refinados de toda la arquitectura medieval europea. Aunque reformado parcialmente en época renacentista, el patio conserva intacta su esencia mudéjar.

Más íntimo y delicado resulta el Patio de las Muñecas, antigua zona privada del monarca. Su escala reducida, la sutileza de sus arcos y la riqueza ornamental hacen que muchos lo consideren una auténtica joya arquitectónica inspirada directamente en modelos granadinos.

La estancia más impresionante del conjunto es, sin duda, el Salón de Embajadores. Concebido como salón del trono. Algunos autores han señalado la posibilidad de que se encuentre en el mismo espacio que el antiguo salón taifa de al-Mutámid. Su gran cúpula de madera, realizada en 1427 por Diego Ruiz durante el reinado de Juan II, simboliza el universo celeste mediante complejas estrellas geométricas entrelazadas.

Todo en este salón transmite magnificencia: los arcos de herradura inspirados en Medina Azahara, las yeserías policromadas, los zócalos de azulejos y la galería de retratos de monarcas españoles pintada a finales del siglo XVI por Diego de Esquivel.

El Palacio de Pedro I no es solo un edificio excepcional; es también el mejor testimonio de cómo las tradiciones artísticas islámicas sobrevivieron y evolucionaron bajo dominio cristiano, dando lugar a uno de los lenguajes más originales del arte español.

El Palacio Gótico: la Sevilla medieval cristiana

Frente al refinamiento mudéjar del siglo XIV, el Palacio Gótico refleja la afirmación del poder castellano tras la conquista de Sevilla. Fue mandado construir por Alfonso X el Sabio a mediados del siglo XIII sobre antiguos espacios almohades.

Originalmente recibió el nombre de Cuarto del Caracol debido a las escaleras helicoidales situadas en sus torres. Aunque el edificio ha sufrido importantes transformaciones posteriores, aún conserva la robustez y monumentalidad propias del gótico medieval.

Sus grandes salas cubiertas con bóvedas de crucería fueron realizadas por canteros burgaleses y posteriormente enriquecidas en época renacentista con zócalos cerámicos y grandes ventanales abiertos hacia los jardines.

Entre sus espacios más conocidos destaca el Salón de Tapices, decorado con magníficos paños relacionados con la conquista de Túnez por Carlos V, y la capilla, con obras pictóricas barrocas.

Este palacio constituye el gran contrapunto cristiano dentro del Alcázar y muestra cómo el conjunto fue integrando estilos diversos sin perder coherencia.

Los jardines del Alcázar

Los jardines del Alcázar ocupan cerca de siete hectáreas y forman uno de los conjuntos paisajísticos más extraordinarios de Europa. Aunque conservan raíces islámicas, la mayor parte de su configuración actual es fruto de sucesivas transformaciones realizadas entre los siglos XVII y XX, especialmente bajo influencia manierista italiana.

El agua actúa aquí como elemento esencial: albercas, fuentes, surtidores ocultos y canales refrescan constantemente el ambiente y multiplican los reflejos de la arquitectura y la vegetación.

Uno de los espacios más emblemáticos es el Estanque de Mercurio, presidido por la estatua del dios romano realizada por Diego de Pesquera y fundida por Bartolomé Morel entre 1576 y 1577. A su lado se alza la espectacular Galería del Grutesco, diseñada por Vermondo Resta en el siglo XVII sobre la antigua muralla almohade.

El Jardín de la Danza conserva el espíritu lúdico del manierismo, con surtidores ocultos que sorprenden al visitante y caminos rodeados de arrayanes y naranjos.

Especialmente evocadores resultan los llamados Baños de Doña María de Padilla, enormes galerías abovedadas bajo el antiguo Jardín del Crucero almohade. La tradición popular vinculó este espacio a María de Padilla, compañera sentimental de Pedro I.

El Jardín de las Damas constituye quizá el mejor ejemplo del gran jardín manierista del Alcázar. Diseñado por Vermondo Resta entre 1606 y 1624 para una visita de Felipe IV, combinaba fuentes, galerías, esculturas mitológicas y complejos juegos de agua destinados a asombrar a los cortesanos.

A todo ello se suman jardines como el del Príncipe, el de Troya, el del Risco o el de la Galera, donde se mezclan aromas de azahar, palmeras, arrayanes y cipreses con restos arqueológicos, fuentes renacentistas y perspectivas palaciegas de enorme belleza.

ANTIGUO CASTILLO DE SAN JORGE

En el lugar en el que hoy se encuentra el Mercado de Triana se edificó en época almohade (XIII) un castillo que luego sería  conocido como castillo de San Jorge. Puede que se hiciera sobre construcciones anteriores, incluso romanas o visigodas, y que se refortificara tras la derrota musulmana en la batalla de las Navas de Tolosa (1212). 

‘Annales d'Espagne et du Portugal’, 1741

Contaba con diez torreones que articulaban un robusto espacio fortificado de planta rectangular. Los cristianos fijarían allí la sede de la Inquisición en Sevilla en 1480, por lo que es seguro que fue el escenario de numerosos episodios de prisión y tormento a lo largo de su historia. De algunos de los sucesos ocurridos allí se han hecho narraciones tan geniales como la que ofrece Beethoven en su ópera “Fidelio”, que tiene por escenario este castillo.

Continuó siendo sede de la Inquisición hasta finales del siglo XVIII, cuando fue abandonado. Ya a principios del siglo XIX fue derribado y sobre su solar se levantó un mercado. Al fondo del actual mercado, en la parte que da hacia la calle Castilla, se pueden observar aún hoy algunos de los grandes muros que pertenecieron al primitivo castillo.

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BAÑOS DE LA REINA MORA

Se trata de unos baños almohades del siglo XIII, que originalmente constituyeron unos de los baños públicos más grandes de los construidos en Al Ándalus. Tras la conquista cristiana de la ciudad, fueron cedidos por Alfonso X a su madrastra, la reina Juana de Ponthieu. Probablemente ese sería el origen del nombre. De 'Baños Moros de la Reina' se habría derivado 'Baños de la Reina Mora', ya que dada la ubicación del complejo, tan alejada del Alcázar, es muy improbable que fueran utilizados por las mujeres de los reyes o emires de la ciudad en época musulmana. 

Continuaron siendo usados como baños tras la conquista cristiana de la ciudad hasta el siglo XVI. Más tarde pasaría a asentarse allí una comunidad de monjas agustinas y ya en el siglo XIX se trasformaría en cuarte de la Comandancia de Ingenieros. El viejo cuartel sería derribado en 1976 durante los años ochenta se iniciaron las excavaciones arqueológicas.

Los baños se articulan en torno a un gran patio, rodeado de columnas con capiteles de mocárabe. Este patio estuvo originalmente cubierto por una bóveda esquifada y probablemente fue la sala templada. Los espacios porticados que se abre en torno al patio se cubre con bóvedas de cañón, en las que se abren unos lucernarios, con la forma estrellada tan característica de los baños árabes.

Al fondo del patio se abren dos estancias rectangulares contiguas que serían originalmente las salas caliente y fría.

En la actualidad, los Baños se hallan anexos a la Hermandad de la Veracruz, que es cotitular del inmueble y gestiona sus visitas.

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ATARAZANAS REALES

Las Atarazanas de Sevilla fue un inmenso espacio dedicado a la fabricación, reparación y almacenaje de barcos. Su construcción se inició a mediados del siglo XIII por orden de Alfonso X el Sabio, aunque se sabe que por la zona ya había unas atarazanas desde época almohade, mandadas construir por el califa Abu Yacub Yusuf. Se construyeron aprovechando la protección del entramado de murallas en esa parte de la ciudad.

El edificio contó originalmente con diecisiete naves, levantadas sobre unos enormes arcos ojivales de ladrillo y dispuestas de forma perpendicular al río. Cada nave tenía 100 metros de largo por 12 de ancho, formando una superficie total de unos 15.000 metros cuadrados. 

A lo largo de la historia el complejo ha ido experimentando modificaciones en su disposición y uso, adaptándose a los nuevos modelos de barco y a las necesidades de la Armada en cada momento. Entre las modificaciones más importantes podemos citar el reacondicionamiento de las naves 13, 14 y 15 en el siglo XVI para ser utilizadas como aduana. En el siglo XVII se eliminan las naves entre la 8 y la 12 para instalar en ellas el Hospital de la Caridad. 

Parte de las Atarazanas se utilizaron como lugar de almacenamiento de artillería ya desde el siglo XVI y esta finalidad se vería ampliada en el siglo XVIII, ya que en 1719 se decretó el asiento de la Real Maestranza de Artillería en cinco de las naves.

En la actualidad, las Atarazanas están siendo objeto de una profunda restauración y reforma con el fin de convertirlas en un inmenso espacio cultural.

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MURALLA DE LA JUDERÍA

En la calle Fabiola encontramos un fragmento de apenas unos diez metros de muralla que constituye el único resto visible que ha llegado a nuestros de la muralla de la judería. Esta muralla se levantó en el siglo XIII para separar a la comunidad judía de Sevilla del resto de la ciudad, rodeando los actuales barrios de Santa Cruz y San Bartolomé. Esta cerca contaba con una serie de puertas que se cerraban de noche, tratando de garantizar la seguridad de la comunidad judía en la ciudad. Sin embargo, la monumentalidad de esta muralla no evitó episodios violentos, como el dramático asalto de 1391 que acabó con la vida de cientos de judíos sevillanos.

CC BY-SA 4.0

El fragmento que vemos aquí está hecho con tapial y en su base podemos ver insertas las características ruedas de molino, tan comunes en muchos de los edificios del barrio. Su finalidad original era evitar los posibles daños causados por los ejes de las ruedas de los carros, especialmente en vías estrechas como esta.

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MURALLA DE LA PLAZA DEL CABILDO

Podemos ver aquí un fragmento de unos 60 metros de muralla, levantada en el siglo XIII creando una alcazaba que se ubicó en esta zona como parte del complejo entramado defensivo que envolvió el Alcázar y la gran mezquita al final del periodo islámico. 

CC BY-SA 4.0

Está construida con tapial y conserva el adarve y las almenas. Hacia el norte, se ha conservado también un torreón, pero no es visible desde la parte del Cabildo al haber perdido su parte superior y quedar, por lo tanto, tapado tras la muralla.

En la salida desde la plaza hacia la calle Arfe, inserto entre el edificio de viviendas, se puede ver otro fragmento de muralla, con la misma datación y características.

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TORRE DE ABDELAZIZ

Llamada también Torre de Santo Tomás. Se levantó en época almohade, en el siglo XIII, como parte del lienzo de muralla que unía el Alcázar con la Torre del Oro. Tiene una planta hexagonal y mide unos 15 metros de altura, siendo maciza en los 8 primeros. 

Está construida con ladrillo, reforzado con sillares en la base y en las esquinas. En su mitad superior, se halla recorrida por las dos franjas horizontales tan características de las torres almohades. Cada paramento está decorado en la parte superior con unos arcos ciegos polilobulados enmarcados en alfices.

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POSTIGO DE ABDELAZIZ

Llamado también Arco de la Plata o Arco de Mañara. Se trata de una de las puertas de entrada por las que se accedía al recinto amurallado que rodeaba el Alcázar. Fue construido en época almohade, probablemente ya en el siglo XIII, al igual que la Torre del Oro. De la construcción islámica se puede apreciar aun desde la avenida de la Constitución el arco de herradura original, enmarcado por un alfiz.

Sin embargo, la mayor parte de lo que ha llegado hasta nosotros responde a la reforma acometida en el siglo XIV, en época cristiana. Fue entonces cuando se dispuso la bóveda de nervadura gótica que lo cubre en la actualidad.

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