CAPILLA DE SANTA MARÍA DE JESÚS (MAESE RODRIGO)

Esta capilla de Puerta de Jerez es el único vestigio que nos queda de la primitiva Universidad de Sevilla, que fue fundada por Maese Rodrigo de Santaella en 1506. 

El resto de las dependencias de esta primera universidad fueron demolidas a principios del siglo XX para trazar la actual Avenida de la Constitución, dentro del proceso de remodelación urbanística que experimentó la ciudad en los años previos a la Exposición Iberoamericana de 1929. La portada original del edificio fue desmontada y en la actualidad se conserva en el compás del convento de Santa Clara. En el retablo mayor de esta capilla puede contemplarse una representación del desaparecido edificio.

La capilla que ha llegado hasta nosotros es de una sola nave y se adscribe estilísticamente al gótico-mudéjar tardío. Fue consagrada en 1506, aún sin terminar. 

Al exterior, cuenta con tres fachadas. La trasera fue reformada en el siglo XX y muestra una pequeña ventana mudéjar, hecha en ladrillo y con un arco polilobulado. En la fachada lateral destaca una hermosa ventana gótica con arquivoltas, decoración vegetal y tracerías en la parte superior, formando tres óculos. En esta misma fachada se ubica una lápida de mármol que hace alusión a la fundación en caracteres góticos.

A los pies se ubica la fachada principal, que originalmente no daba a la calle sino a un patio interior de la universidad. Cuenta con una sencilla portada en forma de arco conopial compuesto por ladrillos bicromos y enmarcado por alfiz. A pesar de la sencillez es de una gran armonía y destaca por lo inhabitual de este tipo de arcos en la arquitectura gótica sevillana. En el lado derecho de la capilla, justo entre la nave y el presbiterio, se ubica una sencilla espadaña, también a base de ladrillos bicromos y rematada por almenas escalonadas.

En el interior, la única nave de la iglesia se divide claramente en dos ámbitos, diferenciados por su cubrición. El cuerpo de la nave se cubre por un alfarje de madera, mientras que el presbiterio se cubre por bóveda de crucería gótica de treceletes. Como transición entre ambos espacios se dispone un gran arco toral, apuntado y decorado con cardinas. 

Aunque la solería original del templo se sustituyó en el siglo XX por la actual de mármol, sí que se han conservado los zócalos de azulejo en las paredes, realizados con una bella policromía utilizando la técnica de cuerda seca. Con la misma técnica se realizó el frontal del altar, pero en este caso incluyendo reflejos dorados, elemento muy poco frecuente en la decoración cerámica de este tipo en Sevilla.

El retablo mayor es una pieza de enorme interés artístico, realizada por el pintor de origen alemán Alejo Fernández hacia 1520. Su estructura es claramente gótica, aunque sus pinturas muestran ya cierta influencia renacentista. La temática está vinculada a la exaltación de la sabiduría, en relación con la finalidad original del templo como capilla del Colegio.

Se estructura de abajo a arriba en banco y dos cuerpos. En el centro del banco se ubica el sagrario, a cuyos lados se disponen seis tablas, tres con representaciones de obispos, un Ecce Homo y una imagen de la Virgen con el Niño de estilo bizantino. De ella se afirma que fue traída desde Italia por el propio Maese Rodrigo.

El primer cuerpo se halla presidido por una reproducción de la Virgen de la Antigua, cuyo original se encuentra en una de las capillas de la Catedral de Sevilla. A sus pies, aparece en escala menor Maese Rodrigo, que hace entrega a la Virgen de una maqueta que representa el Colegio fundado por él. A ambos lados, los cuatro doctores de la iglesia: San Agustín de Hipona, San Ambrosio, San Gregorio Magno y San Jerónimo.

En el centro del segundo cuerpo se ubica la representación de "Pentecostés". Es en esta pintura donde más se puede apreciar la influencia renacentista de la que hemos hablado en la obra de Alejo Fernández. Flanqueándola, de izquierda a derecha, vemos a San Pedro, San Gabriel, San Miguel y San Pablo.

PLAZA DE TOROS DE LA MAESTRANZA

La Plaza de la Maestranza de Sevilla se encuentra entre las más antiguas de España y es la de mayor importancia para el mundo del toro, junto con Las Ventas en Madrid. Tiene una capacidad para 12.000 personas y su construcción se prolongó en distintas fases durante más de un siglo, entre 1761 y 1880, fecha de la terminación definitiva de las obras.

Se sabe que en este mismo barrio de Arenal se levantó ya una plaza de toros anterior, principalmente en madera y cuadrada, que fue demolida para la construcción de la actual. El proyecto inicial es obra del arquitecto Vicente San Martín, y el resultado fue un hermoso conjunto en un estilo barroco tardío con un aire muy clásico. 

Una de las características más curiosas de la Maestranza es que su planta no es completamente circular, sino que se encuentra "achatada" en uno de sus lados. Esta circunstancia se debe al desarrollo de las obras en distintas fases que ya mencionamos y a que el espacio entre el caserío del Arenal se fue abriendo paulatinamente, a medida que estas avanzaban.

La fachada principal se construyó en la primera fase y ya estaba concluida en 1787. La célebre Puerta del Príncipe es un arco de medio punto flanqueado por columnas de mármol, que sostienen un balcón central. El vano del balcón se halla a su vez enmarcado por pilastras y bajo un frontón triangular.

A ambos lados, la fachada se extiende dando la sensación de contar con dos anchas torres como marco a la entrada principal. En la parte baja, dos puertas menores flanquean a la principal, coronadas por dos frontones mixtilíneos de curiosa forma. Sobre ellos se abren dos grandes óculos. Rematando cada lado de la fachada, se disponen cubiertas de teja a cuatro aguas.

También a la primera fase constructiva del edificio se corresponde el Palco Real o del Príncipe. Consta de dos cuerpos. En el primero encontramos un arco de medio punto rebajado enmarcado por dos columnas jónicas que sostienen el palco en sí. En el nivel superior, el arco central es escarzano y posee un curioso perfil ondulante. Está flanqueado por dos columnas corintias, que sostienen un frontón curvo partido. 

En su centro se ubica el escudo real, realizado por Cayetano de Acosta, que esculpió también las dos figuras alegóricas que se encuentran a ambos lados. Se trata de las alegorías de los ríos Po y Guadalquivir, que aparecen representados como hombres barbados y recostados. No está clara la alusión al río italiano, pero probablemente sea una referencia al pueblo celta-ligur de los taurinos, que se asentaban en el valle superior del Po. Su capital se llamaba Tauro, nombre del que deriva el de la actual Turín, que aún hoy tiene un toro como símbolo.

Los tendidos de la plaza se dividen en dos niveles, bajo y alto. Las gradas del alto e cubren por un tejado de teja a dos aguas que rodea toda la plaza y que se sostiene por arcos de medio punto posados sobre columnas de mármol toscanas.

Los niveles inferiores fueron objeto de una profunda restauración en 1977, dirigida por Barquín Barón, que acondicionó también diversos espacios auxiliares para la instalación del museo taurino.

CASA DE LA MAESTRANZA

La sede de la Real Maestranza de Caballería se encuentra junto a la Plaza de Toros, de la que esta institución es propietaria. Se trata de un edificio regionalista de estilo neobarroco, diseñado por Aníbal González en 1929.

Sin embargo, el inmueble experimentaría sucesivas reformas y ampliaciones en las décadas siguientes. En 1956 se inauguró la capilla, cuya construcción fue dirigida sucesivamente por Gómez Millán, Medina y Barquín Barrón. Posee planta de cruz latina, con una sola nave cubierta por bóveda de cañón con lunetos. El espacio central del crucero se haya cubierto por cúpula rebajada con tambor y linterna, asentada sobre pechinas.

El retablo mayor está recompuesto tomando partes del primitivo retablo que ocupaba la capilla que la Maestranza tenía en la iglesia del desaparecido convento de Regina Angelorum. Fue elaborado originalmente bajo la dirección de Francisco Dionisio de Ribas en 1668 y sus esculturas son obra de Pedro Roldán. En su hornacina central se venera una imagen de vestir de la Virgen del Rosario, obra de Cristóbal Ramos del siglo XVIII, considerada la patrona oficial de la corporación.

HOSPITAL DE LA CARIDAD

El Hospital de la Caridad es la sede de la hermandad de la Santa Caridad, que tiene como finalidad la asistencia de personas enfermas y con pocos recursos. Fue fundada en el siglo XV y aún hoy realizan una valiosa labor asistencial en Sevilla. El conjunto arquitectónico que ha llegado hasta nosotros está datado en su mayor parte en el siglo XVII.

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HISTORIA

En sus orígenes, la hermandad se dedicó principalmente a costear el enterramiento de ajusticiados y ahogados en el río, funciones que se fueron ampliando con el paso del tiempo, cada vez más enfocadas a la asistencia de enfermos sin recursos. En el siglo XVI se sabe que tenían su sede en una pequeña capilla dedicada a San Jorge, que se encontraba en el mismo emplazamiento que el templo actual.

Se trata de un espacio que era parte de las antiguas Atarazanas Reales de Sevilla, una inmensa superficie de diecisiete naves dedicada desde el siglo XIII a la construcción, reparación y almacenamiento de navíos. 

A mediados del siglo XVII se decide la sustitución de la primitiva capilla por una nueva iglesia y la construcción anexa de un gran hospital para la asistencia de los enfermos. Para ello se les cedió el espacio de tres de las naves de las antiguas atarazanas.

Las obras se iniciaron en 1645 bajo la dirección de Pedro Sánchez Falconete y recibieron un impulso notable al entrar en la hermandad Miguel de Mañara, que sería elegido hermano mayor en 1663. 

Mañara era un acaudalado comerciante sevillano que encontró en la Santa Caridad un sentido para su vida tras la muerte de su esposa. Diversos testimonios de la época, incluyendo alguna referencia de él mismo, hablan de que habría llevado una vida muy desordenada en su juventud, por lo que desde el siglo XIX se le ha vinculado con la figura de Don Juan Tenorio, el arquetipo literario más universal de entre los surgidos en Sevilla. La tradición ha querido ver en Miguel de Mañara el personaje en el que se basa el Tenorio, aunque en la actualidad sabemos que ni los hechos de su biografía ni la cronología permiten sustentar esta afirmación.

Lo que sí es cierto, es que su llegada a la dirección de la hermandad supuso un gran impulso para esta, logrando atraer grandes sumas de dinero donadas por las familias mejor situadas de la ciudad, entre las que Mañara estaba acostumbrado a moverse. 

El conjunto del Hospital consta de dos enormes salas alargadas para la asistencia a los enfermos, de más de 40 metros de largo, que discurren perpendiculares a la calle Temprado. Ante ellas, se abre un patio rectangular porticado, dividido en dos por una galería en el centro. A la izquierda, y también perpendicular a la calle, se ubica la iglesia, de una sola nave. Tiene su fachada principal a los pies y un acceso lateral desde el patio.

HOSPITAL

Al exterior, la única parte que presenta decoración es la que se corresponde con la iglesia. El resto de la fachada es de una gran austeridad, sin apenas decoración, con la excepción de las dos pilastras que flanquean la puerta principal y que sostienen el saliente de un pequeño balcón.

Tras un pequeño vestíbulo, se accede al primero de los dos patios, separados solo por el pasaje sostenido por galería de columnas que hemos mencionado. Con toda probabilidad fueron diseñados por el gran arquitecto del barroco sevillano, Leonardo de Figueroa, del que consta que fue maestro de obras de la Caridad desde 1679.

Ambos se encuentran porticados en tres de sus lados, con la excepción del que da a las grandes naves del hospital. Lo hacen mediante arcos de medio punto sostenidos por columnas toscanas de mármol en el primero piso. El segundo piso está cerrado, aunque unos grandes ventanales protegidos con un pequeño balcón se abren al patio coincidiendo en su ubicación con los arcos de la planta baja.

En el centro de cada patio encontramos dos fuentes monumentales con representaciones alegóricas de la Fe y de la Caridad. Fueron realizadas en Génova y está documentado su encargo para este hospital en 1682. 

En los muros del patio se puede admirar un conjunto de siete paneles de azulejos en tonos azules sobre blanco que representan diversas escenas del antiguo y nuevo testamento. Fueron realizados en Holanda, probablemente en Delft, a finales del siglo XVII y llegaron al hospital como una donación del convento de los Descalzos de Cádiz.

IGLESIA DE SAN JORGE

Fachada

El templo del hospital mantuvo la advocación de San Jorge, a la que estaba dedicada la primitiva capilla en torno a la que se fundó la hermandad. Su fachada destaca de la del resto del hospital por su altura y riqueza decorativa, a pesar de su relativa sencillez, sobre todo en comparación con la exhuberancia decorativa que veremos en el interior.

Se dispone siguiendo la lógica de un retablo, articulada en dos niveles y los elementos arquitectónicos, como las pilastras y los frontones, constituyen el elemento decorativo principal. A pesar de sus líneas clásicas, es una fachada de gran originalidad, conseguida mediante la combinación de las superficies blancas y ocres, entre las que se disponen cinco paneles cerámicos en tonos azules y blancos.

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En el primer cuerpo, la puerta de acceso se enmarca por dos pares de columnas adosadas que sostienen un entablamento con frontón curvo partido. Entre cada par de columnas se ubican las figuras en barro cocido de San Fernando y San Hermenegildo, los dos santos tradicionalmente considerados "patronos" de la Corona española.

En el segundo nivel, un balcón enmarcado por pilastras corintias se abre en el centro del frontón partido del primer piso. Sobre él, una hornacina acoge el panel cerámico central, con una representación alegórica de la Caridad.

A cada uno de los lados se sitúan otros dos paneles cerámicos, rematados con frontón curvo los inferiores y con frontón recto los superiores. En el primer nivel se representan "San Miguel contra el dragón" y "Santiago abatiendo sarracenos". San Jorge es el patrón del hospital en recuerdo de la capilla en torno a la que se fundó y Santiago es el patrón de España. Se disponen aquí simbolizando a santos que "luchan ante las fuerzas del mal para imponer la fe cristiana". Sobre ellos, los paneles cerámicos de la Fe y la Esperanza, que con el de la Caridad que mencionábamos antes completan las tres virtudes teologales. Tradicionalmente se ha atribuido a Murillo el diseño de los cinco paneles cerámicos, aunque por sus características formales no parece que esta afirmación tenga fundamento histórico.

La fachada se remata por un ático central con frontón recto y dos pináculos de ladrillo laterales. Estas formas son bastante comunes en el barroco sevillano y su similitud con realizaciones de Leonardo de Figueroa ha hecho atribuirle al menos la culminación de la fachada.

Anexa a la cabecera del lado izquierdo de la iglesia existe una pequeña torre campanario, poco visible dada su ubicación. Se construyó en 1721 bajo la dirección de Leonardo de Figueroa. En ella se repiten, a menor escala, los elementos arquitectónicos descritos en la fachada del templo. Llama la atención el original chapitel, abundante en decoración escultórica y cerámica a pesar de sus reducidas dimensiones. 

Interior

La iglesia tiene una planta muy sencilla, rectangular, con una sola nave y cabecera plana. Se halla cubierta por bóveda de cañón, excepto en el espacio central anterior al presbiterio, que se cubre con una bóveda semiesférica sobre pechinas, tan ancha como la propia nave. A los pies se sitúa un coro alto, sustentado por tres arcos sobre columnas de mármol toscanas, de medio punto los laterales y rebajado y más amplio el central.

El acceso principal se ubica a los pies y al entrar en la iglesia nos percatamos de que estamos ante uno de los conjuntos más excepcionales de la historia del arte en la ciudad. No se trata solo de una colección de obras singulares de gran mérito, sino que entre todas forman un discurso homogéneo y perfectamente coherente con el mundo del Barroco en el que fue creado. 

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Programa iconográfico: las obras de misericordia como camino a la salvación

El programa iconográfico fue diseñado por Miguel de Mañara, con el objetivo de transmitir la idea de la fugacidad de la vida y lo irrelevante de los logros y posesiones materiales llegado el último momento. Nos viene a decir que todos estamos abocados al mismo final y solo la práctica de las virtudes cristianas, entre ellas la caridad, garantiza la salvación del alma. Se buscaba así remover la conciencia de cualquiera que se adentrara en la iglesia y promover las donaciones a través del temor a la condenación eterna.

El discurso empieza con los dos lienzos que se encuentran a ambos lados nada más entrar en el templo, sobre sendas puertas de acceso a dependencias laterales. Se trata de dos obras de Juan Valdés Leal de 1672 que tienen por tema central la muerte. Son de una calidad tal, que no es descabellado definirlas como las mejores obras con este tema en toda la historia del arte universal.

La primera se titula "In ictu oculi", que se podría traducir como "en un abrir y cerrar de ojos". Muestra un esqueleto que sostiene una guadaña en una mano mientras que con la otra apaga la llama de una vela, simbolizando que es necesario solo un instante para pasar de la vida a la muerte. Junto a él, se amontonan una serie de símbolos de la gloria terrenal: lujosas vestimentas, una corona real, una tiara papal, vistosos libros, cetros, armaduras... Nada de todo eso importa llegado el momento final, la muerte se lleva sin miramientos tanto a un sumo pontífice como a un humilde campesino.

El segundo cuadro, ubicado justo enfrente, tiene por título "Finis Gloriae Mundi" ("El final de la gloria del mundo"), tal y como puede leerse en una cartela de tela que aparece en primer plano. Se ambienta en el interior de un sepulcro y vemos los cadáveres descompuestos de un obispo y de un caballero de la Orden de Calatrava. A pesar del deterioro, ambos ostentan sus más ricas vestiduras. Desde la parte superior, emerge el brazo de Cristo, reconocible por el estigma en la palma de la mano, sosteniendo una balanza con dos platos. En uno de ellos se lee "NI MAS" y sobre él se posan los símbolos de los pecados capitales. En el otro se lee "NI MENOS" y sostiene los símbolos de las virtudes cristianas. El mensaje es claro, llegado el momento final de nada sirven los títulos, honores o posesiones materiales, solo las buenas y malas acciones serán tenidas en cuenta. Se incentiva así a hacer todo lo posible para que, llegado ese momento, el plato de las virtudes pese más que el de los pecados.

El siguiente hito de esta narración consiste en mostrar el camino a la salvación a través de las obras de misericordia, que nos permiten ejercer la caridad ayudando al prójimo. La doctrina católica define siete obras de misericordia “corporales” y se encargó a Murillo la realización de seis lienzos para representar las seis primeras. Esto es debido a que la séptima, “enterrar a los difuntos”, quedaría representada por el retablo mayor del que hablaremos más tarde.

Hoy las podemos contemplar a ambos lados, en la parte superior de los muros de la nave y del ante-presbiterio. Sin embargo, las cuatro obras originales que se encontraban más cercanas a la entrada fueron sustraídas en 1810 durante la ocupación napoleónica de la ciudad y en la actualidad se hallan repartidas por diversos museos del mundo. De hecho, la talla de los museos en los que se encuentran es un buen indicativo de la calidad artística del conjunto original. Hoy se encuentran dispersas entre la National Gallery de Londres, el Museo de Ottawa, la National Gallery de Washington y el Museo del Ermitage en San Petersburgo.

Desde 2007 se pueden contemplar en la iglesia una serie de copias fidedignas realizadas a mano. En el muro de la derecha se sitúan "La curación del paralítico", que alude a la práctica de atender a los enfermos, y "San Pedro liberado por el ángel", que hace referencia a la obligación de redimir al cautivo. Justo enfrente, en el muro de la izquierda, encontramos "El regreso del hijo pródigo", en referencia al mandato de vestir al desnudo, y "Abraham y los tres ángeles", que alude a la obligación de dar posada al peregrino.

El ciclo dedicado a las obras de misericordia continúa con los dos grandes lienzos situados en la parte superior de los muros del ante-presbiterio. Afortunadamente, en este caso sí que estamos ante los originales de Murillo. A la izquierda vemos a "Moisés haciendo brotar el agua de la Roca", que hace alusión a la obligación de dar de beber al sediento. Justo enfrente, se representa "La multiplicación de los panes y los peces", en referencia al mandato de dar de comer al hambriento.

Retablo mayor

Como decíamos, la séptima obra de misericordia, "enterrar a los difuntos", está representada en la iglesia por la escena central del retablo mayor. Se trata de un conjunto realizado por Bernardo Simón de Pineda entre 1670 y 1674, conformando uno de los retablos más sobresalientes de todo el Barroco español. 

Se articula en tres calles delimitadas por cuatro hermosas columnas salomónicas. Toda la central está ocupada por la escena del "Santo Entierro de Cristo", realizada por Pedro Roldán, que ejecuta aquí una de las obras más logradas de su dilatada carrera. Logra transmitir a través de los gestos y posturas de los personajes una gran armonía compositiva que no resta dramatismo a la escena representada. En segundo plano, y en bajo relieve, dispone un tenebroso monte Calvario, que de forma muy efectista transmite la sensación de profundidad y unidad compositiva de todo el conjunto.

En las calles laterales se sitúan San Jorge y San Roque y en el ático aparecen las alegorías de las tres virtudes teologales, de izquierda a derecha: fe, caridad y esperanza. Todo el retablo aparece salpicado por una gran número de querubines, ángeles niños y jóvenes, algunas veces actuando como cariátides, que contribuyen a enfatizar las sensaciones de dinamismo y exuberancia decorativa. Coronando todo el conjunto, un grupo de cuatro ángeles sostienen una cartela con el nombre de Dios en hebreo.

Otros retablos y lienzos

Como decíamos, la iglesia del Hospital de la Caridad se distingue por la alta calidad de sus retablos y pinturas. Los cuatro retablos laterales de la iglesia, al igual que el retablo mayor, son obra de Bernardo Simón de Pineda, escultor antequerano que está entre los mejores retablistas del siglo XVII en Sevilla. Los lienzos más destacados son, al igual que los ya mencionados sobre las obras de misericordia, obra del genial Murillo, que realizó para esta iglesia uno de sus conjuntos pictóricos más sobresalientes.

En el muro izquierdo, empezando desde la entrada, se sitúa el lienzo de "San Juan de Dios transportando un enfermo", obra de Murillo de hacia 1662. Se trata de un bellísimo lienzo que muestra a un ángel ayudando al santo en su labor de asistencia a los enfermos, en un tema íntimamente ligado a la función del hospital.

A continuación se ubica un retablo que enmarca el lienzo de "La Anunciación", obra también magistral de Murillo fechada hacia 1670.

Entre la nave y el ante-presbiterio se ubica un púlpito de hierro y madera que destaca por su bello diseño. Culminándolo aparece una alegoría de la Caridad de Pedro Roldán y sujetando la escalera se representa un curioso animal monstruoso. Se trata de una representación del mal vencido esculpida por Bernardo Simón de Pineda.

A continuación, ya en el ante-presbiterio, se ubica el retablo de la Virgen de la Caridad, presidido por una imagen anónima de la Virgen con el Niño datada a principios del siglo XVI, en la que todavía son apreciables ciertos rasgos del gótico final. En el ático, se ubica un pequeño lienzo de Murillo con el "Salvador Niño", de hacia 1671, que ha sido calificado como uno de los más bellos prototipos infantiles de su producción.

En el muro derecho, empezando de nuevo desde los pies de la iglesia, encontramos una bella composición de Murillo que representa a "Santa Isabel de Hungría cuidando a los tiñosos". Está fechado en 1672 y hace alusión a la segunda obligación de la hermandad, después de la de enterrar a los muertos, que era la de atender a los enfermos.

A continuación encontramos el pequeño relieve del Ecce Homo, realizado en barro cocido por los granadinos hermanos García a principios del siglo XVII.

El siguiente retablo es el del Cristo de la Caridad, presidido por una obra de Pedro Roldán que muestra a Cristo arrodillado, con la mirada hacia el cielo, orando en los momentos previos a la Crucifixión. Destaca por el conmovedor rostro, uno de los más logrados en la carrera del escultor.

Ya en el ante-presbiterio, se sitúa el retablo de San José, con una imagen del santo tallada por Cristóbal Ramos en 1782. La diferencia cronológica con el retablo, que es un siglo anterior, y el pequeño tamaño de la escultura con respecto a la hornacina, evidencian que no es la obra originalmente pensada para este lugar. Históricamente ocupó este retablo una hermosa talla de San José del siglo XVII del círculo de Pedro Roldán, que en la actualidad se encuentra en una de las dependencias del Hospital, la llamada Sala de San José. 

En el ático se puede admirar otra de las joyas que Murillo dejó en est iglesia, un pequeño lienzo de "San Juan Bautista Niño", de una extraordinaria y tierna belleza.

Pinturas al temple en la cúpula y los muros

Juan Valdés Leal se encargó entre 1678 y 1682 de la decoración pictórica de la parte alta de los muros y la cúpula del antepresbiterio. 

Bajo los arcos que sostienen la cúpula, flanqueando las ventanas, se encuentran representados cuatro santos "limosneros", cuya santidad se deriva de su asistencia a los pobres: San Martín, Santo Tomás de Villanueva, San Julián y San Juan Limosnero. En las pechinas se representan los cuatro Evangelistas y en los gallones de la cúpula se reparten ocho hermosos ángeles portando símbolos de la Pasión de Cristo.

Si elevamos la mirada al salir de la iglesia podemos admirar una última obra maestra de esta iglesia. Se trata de la pintura al temple con "La exaltación de la Cruz" que realizó Valdés Leal en 1685 en el muro semicircular bajo la bóveda, justo sobre el coro alto. Su mensaje viene a completar el discurso iconográfico que hemos ido observando en la iglesia. La idea central es la afirmación derivada del Evangelio de que ningún rico entrará por la puerta del reino de los cielos. La explicación del episodio representado es bastante compleja. Se basa en un pasaje de la Leyenda Dorada que Enrique Valdivieso describe así en la "Guía de la Santa Caridad":

...narra el momento en el que el emperador de Bizancio, Heraclio, después de haber rescatado la Cruz de Cristo que el monarca persa Cosroes había robado de Jerusalén, se presenta delante de las puertas de esta ciudad con la intención de entrar triunfalmente en ella. En ese instante se produjeron varios prodigios advirtiéndose primero que de la muralla y de las puertas de la ciudad comenzaron a desprenderse gruesos bloques de piedra, interrumpiendo el paso del cortejo. También en ese momento un ángel se apareció al emperador Heraclio y a su séquito, indicándole que por aquella puerta había entrado Cristo a Jerusalén montando en una borriquilla y acompañado de su humilde cortejo de Apóstoles, y que él no podía hacer ostentación entrando con su corte imperial revestida de lujosas galas.

El mensaje claro y directo del ángel fue inmediatamente entendido por el emperador Heraclio y por ello procedió a despojarse de sus vestiduras, gesto que imitó todo su cortejo, que se dispuso a entrar en la ciudad con modestia en su atavío y recogimiento interior; de esta manera lograron entrar en Jerusalén y devolver la Cruz de Cristo. El argumento de esta historia, reflejado en la pintura, viene a señalar que de la misma manera que Heraclio no puedo entrar en la ciudad revestido de su pompa y boato, tampoco nadie entrará con sus riquezas en el Paraíso.

Iglesia de San Bartolomé Sevilla

IGLESIA DE SAN BARTOLOMÉ

La iglesia de San Bartolomé se asienta sobre uno de los lugares de la ciudad en los que está constatado el culto sucesivo como mezquita, sinagoga y templo cristiano a lo largo de la historia. Allí se asentó  originalmente una mezquita, que fue reconvertida en sinagoga cuando se creó la judería de Sevilla por orden de Alfonso X en la segunda mitad del siglo XIII. 

 

Tras el pogromo de 1391, la sinagoga aquí ubicada fue la única que subsistió, ya que las que se ubicaban en Santa María la Blanca y en la actual plaza de Santa Cruz pasaron a ser iglesias cristianas.

Al decretarse la expulsión de los judíos en 1492, esta sinagoga corrió la misma suerte y aquí se trasladó la parroquia de San Bartolomé desde un emplazamiento cercano que no conocemos con exactitud. 

El primitivo edificio estuvo utilizándose como templo cristiano durante varios siglos, hasta que en 1779, ante su estado ruinoso, se decidió su demolición y la construcción del templo que ha llegado hasta nuestros días. Por lo tanto, a diferencia de lo que ocurre en Santa María la Blanca, nada queda en la actual iglesia de San Bartolomé de la sinagoga que ocupó este mismo lugar.

Las obras se extendieron hasta los primeros años del siglo XIX y estuvieron dirigidas por José Echamorro, arquitecto municipal del ayuntamiento de Sevilla. Se trata de un templo de estilo neoclásico, con planta de cruz latina, tres naves y capillas y dependencias laterales.

El acceso principal a la iglesia se hace mediante el lateral izquierdo, a través de una sencilla portada neoclásica, con pilastras toscanas sosteniendo un entablamento, con friso de metopas y triglifos y frontón triangular recto. Justo al otro lado del templo, en el lado de la epístola, se encuentra otra portada muy similar a la principal en la estructura pero hecha de ladrillo.

A los pies de lado izquierdo se sitúa la esbelta torre campanario. Dividida en dos cuerpos, sus elementos denotan también su carácter neoclásico, quizás enmascarado por sus colores albero y almagra, tan característicos de la arquitectura sevillana. El cuerpo de campanas lo cierran cuatro columnas jónicas en las esquinas. Se da la circunstancia de que este nivel de la torre es exactamente igual en el diseño a los que podemos encontrar en las torres de San Ildefonso, templo que se levantó por la misma época que el de San Bartolomé y bajo la dirección del mismo arquitecto.

Al contemplar la torre, salta a la vista que falta algún tipo de remate en su parte superior. Efectivamente, estuvo originalmente cubierta por una pequeña cúpula de perfil contracurvo, que sufrió derrumbamientos en dos ocasiones. En la última restauración de la torre se barajó su restitución pero finalmente se descartó por razones técnicas.

Ya en el interior del templo, el aire neoclásico se ve enfatizado por la ausencia de decoración y el color blanco de los muros y bóvedas. Las amplias naves se separan por arcos sobre pilares. La nave central, notablemente más alta, se cubre con bóveda de cañón con lunetos, que permiten la iluminación del templo mediante los ventanales que se abren a su altura. Por su parte, las naves laterales están cubiertas por bóvedas de arista.

A los pies del templo se encuentra el coro alto con su órgano, dispuesto sobre un gran arco de medio punto rebajado. 

Sobre el crucero, destaca la amplia cúpula gallonada, con un tambor octogonal en el que se abren cuatro ventanales que contribuyen a la sensación de claridad del templo. La cúpula se asienta sobre pechinas, en las que aparecen representados cuatro Doctores de la Iglesia: San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio. 

El retablo mayor es de estilo neoclásico y está datado a principios del siglo XIX. Lo preside una imagen de San Bartolomé, titular del templo, acompañado a ambos lados por San Juan Nepomuceno y San Cayetano. Se trata de tallas barrocas de autor anónimo, datadas en el siglo XVII y por tanto anteriores al retablo. De la misma época es la imagen de la Virgen con el Niño que se ubica en el pequeño templete sobre el Sagrario. En el ático se ubica una teatral representación de la Trinidad flanqueada por ángeles.

A la izquierda del presbiterio, en la cabecera de la nave del evangelio, se ubica la Capilla de la Virgen de la Alegría, con un vistoso altar en plata de estilo neoclásico. La imagen de la Virgen que lo preside cuenta con una leyenda que hace remontar sus orígenes nada menos que al siglo II, aunque lo cierto es que ha sido atribuida al escultor del siglo XVI Roque Balduque. Fue profundamente remodelada en el siglo XVIII y en la actualidad cuenta con una gran devoción entre los vecinos del barrio. La flanquean en el altar las esculturas decimonónicas de sus padres, San Joaquín y Santa Ana. 

Al otro lado del presbiterio, en la cabecera de la nave de la epístola, se ubica la Capilla Sacramental, cerrada por una interesante reja de forja en la que resaltan las figuras en dorado. Es del siglo XVII y, por lo tanto, anterior a la iglesia. La capilla cuenta con un retablo de hacia 1650 que, de forma muy poco común en Sevilla, se encuentra sin dorar, por lo que muestra el oscuro color de su madera. También es poco común en Sevilla el estilo de la "Piedad" que encontramos en el centro. Es de autor anónimo y se ha datado en el siglo XVI, aunque claramente está influenciada en el estilo por modelos góticos del norte de Europa. La acompañan en el retablo las esculturas del siglo XVII que representan a San Franciso de Asís, San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz y San Antonio de Padua.

Entre los restantes retablos de la iglesia, se puede destacar el del Cristo de las Ánimas, en el lado derecho. Se trata de un retablo datado hacia 1740 estructurado mediante estípites, elemento muy característico de los retablos sevillanos del XVIII. El Crucificado que lo preside es una obra conmovedora y de gran calidad que representa a Cristo ya muerto en la Cruz. Fue realizado a finales del siglo XVI por Fernando de Uceda. 

A sus pies encontramos una Dolorosa realizada por Cristóbal Ramos en 1772. Al parecer, fue concebida originalmente para estar de rodillas, hasta que en el siglo XIX Juan de Astorga la reformó a su posición actual. Tradicionalmente se ha resaltado el parecido de esta imagen con la Virgen de la Estrella, a pesar de que la imagen de Triana es un siglo anterior. Esta circunstancia ha provocado que en ocasiones se la llame cariñosamente la "Estrellita" de San Bartolomé.

IGLESIA DE SAN NICOLÁS DE BARI

El actual templo de San Nicolás de Bari se levantó en el siglo XVIII en el lugar que ocupaba una iglesia anterior del siglo XVI, que a su vez sustituyó a una anterior medieval. La iglesia se ubica junto a lo que fue una de las entradas a la judería durante los siglos XIII y XIV. Se trata de un emplazamiento vinculado a numerosas tradiciones sin confirmación arqueológica. Se cuenta, por ejemplo, que en este mismo lugar se ubicó ya una iglesia visigoda y que incluso pudo pervivir como templo mozárabe durante el período islámico.

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En cualquier caso, sabemos que la iglesia actual fue bendecida en 1758 y que buena parte de sus obras fueron costeadas por un mecenas del barrio, Juan de Castañeda.

Se trata de un templo de cinco naves, el único que encontramos en Sevilla con esta distribución con la excepción de la catedral. 

Al exterior, cuenta con dos accesos. El principal, a los pies, está enmarcado por una sencilla portada en un estilo barroco de aire muy clásico. Dos pilastras de estilo toscano sostienen un frontón partido, en cuyo centro se ubica una hornacina con la imagen de San Nicolás , titular del templo. A ambos lados, los retablos cerámicos de los titulares de la Hermandad de la Candelaria son prácticamente los únicos motivos decorativos de la fachada.

En cuanto a la portada lateral, en el lado izquierdo, presente características muy similares a la principal pero a menor escala. En este caso, en la hornacina central podemos contemplar una imagen pétrea de la Virgen del Subterráneo, que se venera en el interior de la iglesia.

En el interior, las cinco naves se separan por arcos de medio punto que descansan sobre 18 columnas de mármol rojizo de origen genovés. Las naves se cubren con bóvedas de medio punto con arcos fajones y a los pies de la iglesia se ubica un coro alto, que conserva la sillería y dos órganos originales del siglo XVIII. 

El retablo mayor es de estilo barroco, de mediados del siglo XVIII, atribuido a Felipe Fernández del Castillo. En él se venera, sobre el manifestador, la Virgen del Subterráneo. Se trata de una pequeña talla de autor anónimo y datada en el siglo XV, aunque reformada en diversas ocasiones, como durante el siglo XVIII, cuando se le añadieron la corona y la ráfaga de plata.

La tradición cuenta que esta imagen se encontró en una cueva bajo la iglesia al realizarse obras en ella hacia 1492. De esta circunstancia provendría su advocación como Virgen del Subterráneo. Comparte este apelativo con la Dolorosa de la Hermandad de la Cena, actualmente en la iglesia de los Terceros, ya que al parecer esta hermandad tuvo sede en esta parroquia durante el siglo XVI.

Siguiendo con el retablo mayor, en la hornacina central se ubica la imagen de San Nicolás de Bari, titular del templo, con San Pedro y San Pablo en las calles laterales. En el ático se abre otra hornacina, menor que la principal, con un Cristo en la Cruz. Remata el conjunto una gran corona real sobre un telón encolado, un elemento utilizado en el barroco tardío enfatizando la teatralidad. Las pinturas murales en el presbiterio son originales del XVIII y reproducen escenas de la vida del San Nicolás.

En el lado izquierdo de la iglesia se abre la Capilla Sacramental, que en un retablo neobarroco del siglo XX alberga las imágenes titulares de la Hermandad de la Candelaria. En el centro, nuestro Padre Jesús de la Salud, una obra de talla completa y tamaño algo menor al natural, atribuida a Francisco de Ocampo hacia 1615. A su derecha, la Virgen de la Candelaria, una imagen de vestir realizada por Manuel Galiano Delgado en 1924 y remodelada en 1967 por Antonio Dubé de Luque. A la izquierda, se ubica un San Juan de José Ruíz Escamilla de 1926.

En los muros de la Capilla se ubican algunos lienzos interesantes, como el que representa a la Virgen de Guadalupe, obra del pintor mexicano Juan Correa de 1704, o el de "San Carlos Borromeo dando la comunión a los apestados de Milán", obra de Juan de Espinal de 1750.

Volviendo a la nave, podemos observar como la práctica totalidad de los muros de la iglesia se halla cubierta por una serie de retablos, en su mayoría barrocos del siglo XVIII, que dan al templo una atmósfera de gran monumentalidad y exhuberancia decorativa. 

En la cabecera de las naves de la izquierda se sitúan dos retablos del siglo XVIII dedicados a la Virgen del Patrocinio y a la Virgen de los Dolores o "del Camino", imagen que probablemente proviene de la antigua cofradía del "Ecce Homo", desaparecida en el siglo XVIII.

Al otro lado del presbiterio, en la cabecera de las naves de la derecha, se sitúan dos retablos datados también a mediados del XVIII. El primero de ellos está dedicado a San José, y lo preside una hermosa talla del santo realizada en 1678 por Francisco Ruiz Gijón, célebre por ser autor del Cristo de la Expiración, el "Cachorro" de Triana. En las pinturas murales junto al retablo encontramos dos pasajes de la vida de San José realizados por Pedro Tortorelo en 1760.

El otro retablo está dedicado a San Carlos Borromeo y en sus muros aledaños se pueden contemplar escenas con la vida del santo, realizadas por Vicente Alanís en 1760. El mismo autor pintó la bóveda con una representación de la Trinidad entre ángeles.

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SANTA MARÍA LA BLANCA

La iglesia de Santa María la Blanca, en el barrio de San Bartolomé, es una preciosa joya del barroco sevillano. Se sabe que en este mismo lugar se asentó una mezquita durante el período islámico y algunos autores han señalado que esta mezquita pudo construirse a su vez sobre una iglesia cristiana previa de época visigoda. De este primitivo templo visigodo provendrían las columnas que hoy enmarcan la pequeña portada lateral de la iglesia hace la calle Archeros, aunque esta posibilidad no ha podido ser constatada arqueológicamente.

Lo que sí se sabe con certeza es que la mezquita fue transformada en sinagoga tras la conquista cristiana de la ciudad. Por orden de Alfonso X se constituyó una judería en esta zona de la ciudad, que ocupaba aproximadamente el área de los actuales barrios de Santa Cruz y San Bartolomé. En Santa María Blanca se encontraría una de las tres o cuatro sinagogas principales de la judería.

Durante mucho tiempo se pensó que el templo actual fue levantado por completo en el siglo XVII, sin que se conservara nada de la fábrica anterior. Sin embargo, diversos trabajos arqueológicos y de restauración en el edificio en las últimas décadas han desmentido esta afirmación. Al parecer, aunque la reforma barroca de la que hemos hablado enmascaró por completo cualquier aspecto decorativo del primitivo templo, lo cierto es que la planta de la actual iglesia y la de la sinagoga sobre la que se asienta coinciden en lo esencial. Y al parecer también corresponden a la obra primitiva buena parte de los muros y los arcos de la actual iglesia, aunque intensamente alterados en su estética por la reforma barroca. Así lo explica el arquitecto Óscar Gil Delgado en “Una sinagoga desvelada en Sevilla: estudio arquitectónico” (2011):

“Estas prescripciones implican claramente que no se demolieron los muros de las naves de la iglesia y que, por ese motivo, se encuentran hoy los arcos ciegos mudéjares en la coronación de dichos muros. Sobre las nuevas columnas de «jaspe colorado» no se voltearon nuevos arcos, simplemente se apearon los arcos de la nave central, se retiraron las columnas antiguas, que no tenían relación estilística con la obra nueva, y se colocaron las nuevas. Con toda seguridad los arcos de la nave son los mismos antiguos de la sinagoga «mudéjar», recortados, redondeados y revestidos con molduras de yeso, según el nuevo gusto”.

La sinagoga se transformaría en iglesia cristiana a finales del siglo XIV, tras el violento asalto a la judería de 1391. Sería en esta época cuando se añadiría la portada gótica por la que aún se accede en la actualidad. Sin embargo, la iglesia que ha llegado hasta nosotros responde en su mayor parte al proyecto para su remodelación impulsado por el canónigo Justino de Neve. Las obras se iniciaron en 1662 bajo la dirección de Pedro Sánchez Falconete, que que abordó la remodelación completa de la que resultó el templo barroco que podemos contemplar hoy. 

Se trata de una iglesia de tres naves divididas por diez columnas toscanas que soportan arcos formeros de medio punto. A ella se accede por una entrada torre que se abre a los pies de la nave central y cuenta con una planta rectangular. Esta se ve alterada por un testero sobresaliente, en el que se sitúa el altar mayor, y por tres capillas laterales: la bautismal a los pies del templo, la sacramental en el lado de la epístola, y la de San Juan Nepomuceno en el lado del evangelio de la cabecera.

La fachada principal de la iglesia está ocupada en su primer nivel por una portada gótica, con las características clásicas que este tipo presenta en las iglesias sevillanas: arquivoltas y decoración de puntas de diamante. Sobre este cuerpo, se puede leer la inscripción latina "HAC EST DOMUS DEI ET PORTA COELI 1741" (Esta es la Casa de Dios y la Puerta del Cielo). El año 1741 hace referencia a la fecha de ciertas reformas menores acometidas en la iglesia, cuando se embelleció también la fachada y se añadió la inscripción.

Sobre este primer nivel, en un segundo cuerpo se abren dos ventanales alargados rematados por arcos de medio punto. Sobre ellos se ubica una clásica espadaña de dos niveles y tras vanos para las campanas.

La iglesia cuenta con una portada mucho más sencilla hacia la calle Archeros. Se trata de un sencillo arco de medio punto sostenido por dos columnas pétreas con capiteles tardoantiguos, claramente de acarreo y probablemente utilizados sucesivamente en la mezquita y en la sinagoga precedentes.

En el interior, lo que más nos llama la atención es su intenso programa decorativo, en el que se cubre hasta el último rincón con una combinación de yeserías, pintura y escultura, hasta configurar un espacio que en su conjunto se muestra como la más clara definición del célebre "horror vacui" del barroco. 

Justino de Neve encargó la decoración pictórica al propio Murillo y la elaboración de las yeserías a los hermanos Pedro y Borja Roldán. La obra se inicia muy poco después de que se promulgara el Breve Pontificio de Alejandro VII de 1661, en el que se reafirmaba la devoción y el culto a la Inmaculada Concepción. 

De esta forma, el programa iconográfico es en su conjunto una exaltación a la Eucaristía y a la Virgen Inmaculada, tal y como puede verse nada más entrar en el arco que sostiene el coro, donde se lee Sin pecado original en el primer instante de su ser. Murillo intervino con la realización de cinco lienzos, de los cuales solo se conserva en la iglesia el más antiguo, "La Santa Cena". Los otros venían a completar el programa iconográfico del que venimos hablando, con la "Inmaculada", "El Triunfo de la Fe" y dos lienzos que narraban la historia de la fundación en Roma de la basílica de Santa María de las Nieves, advocación a la que está dedicada también nuestra iglesia.

Hoy en día se pueden contemplar in situ magníficas copias de los originales, que desgraciadamente fueron objeto del salvaje expolio sufrido por la ciudad con la llegada de las tropas napoleónicas en 1810. Entre las obras sustraídas se encontraban las cuatro que sustrajo de Santa María la Blanca. La mayor parte de lo expoliado nunca regresó a la ciudad y se encuentra hoy disperso por museos de todo el mundo.

El retablo mayor de la iglesia es barroco y se ha datado hacia 1690. Su elemento arquitectónico principal son dos grandes columnas salomónicas, tan características de los retablos sevillanos del XVII. En la hornacina central se ubica la imagen titular del templo, Nuestra Señora de las Nieves, una imagen de vestir realizada por Juan de Astorga a principios del XIX. 

En los extremos laterales se ubican sobre ménsulas las tallas dieciochescas de las Santas Justa y Rufina, patronas de la ciudad. En el centro del ático se abre otra hornacina que en la actualidad alberga una rica cruz dorada, en cuyo pie se puede apreciar una representación de la Giralda.

En la cabecera del lado de la derecha encontramos un retablo barroco de mediados del siglo XVIII presidido por la imagen de "San Pedro en la Cátedra". Vemos al santo con todos los atributos que lo identifican como primer pontífice de la Iglesia, enmarcado por dos ángeles niños que sostienen dos de sus atributos: la cruz patriarcal de los papas y las llaves de la Iglesia.

En el muro de este mismo lado derecho se ubica un retablo neoclásico del siglo XIX, presidido por un imponente conjunto de la Trinidad. Es obra del escultor de origen valenciano Blas Molner. En el banco se ubica una interesante Piedad de pequeño formato datada en el siglo XVIII.

También a la derecha se abre la capilla sacramental, presidida por un retablo del siglo XVIII que generalmente tiene en su hornacina central una imagen de San José anterior, del siglo XVII. Am ambos lados y a una escala menor, encontramos las imágenes de Santa Ana y San Joaquín. El banco del retablo acoge un enternecedor "Nacimiento" elaborado en terracota, atribuido a Cristóbal Ramos. 

En la misma capilla se ubica un retablo formado por piezas de un retablo anterior readaptado. Alberga las imágenes que pertenecieron originalmente a la antigua hermandad del Sagrado Lavatorio, que desapareció en 1672 al fusionarse con la Sacramental de esta iglesia. En el centro, el Cristo del Mandato, una obra en pasta de madera, realizada por Diego García de Santa Ana a finales del siglo XVI. A ambos lados, Nuestra Señora del Pópulo y San Juan, ambas imágenes anónimas del siglo XVII.

En el centro del muro de la nave izquierda (o del Evangelio) encontramos un valioso retablo original del siglo XVI, aunque bastante reformado en el XVIII. Enmarca un gran lienzo con la representación de "La Piedad", aunque también se ha identificado a veces como un "Descendimiento". Se trata de una de las piezas artísticas más destacadas de la iglesia, la última obra conocida de Luis de Vargas, uno de los pintores más destacados del Renacimiento en Sevilla. Está fechado en 1564 y en el retablo lo enmarcan las pinturas de San Juan Bautista y San Francisco, obras también de Luis de Vargas. A los pies del retablo se puede observar la lápida de la familia que lo financió.

En el mismo muro se encuentra la única obra de Murillo que se ha conservado en la iglesia: "La Santa Cena", fechada en 1650. Es posible que los franceses no se la llevaran porque lo cierto es que la obra se aleja bastante del tradicional estilo del pintor. Murillo utiliza aquí un potente claroscuro, que hacen del lienzo una pintura tenebrista, con la luz de las velas como única iluminación sobre los rostros.

En el mismo muro encontramos otro retablo con un Sagrado Corazón moderno y al fondo de esta nave del Evangelio se abre una pequeña capilla tras una reja. En ella se ubica un retablo barroco del siglo XVII, con una imagen central de San Juan Nepomuceno de la misma época. En los muros de la capilla se ubica un interesante "Ecce Homo" del siglo XVI, realizado por seguidor anónimo de Luis de Morales. Frente a él, una "Anunciación" de Domingo Martínez del primer tercio del XVIII.

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HOSPITAL DE LOS VENERABLES SACERDOTES

El Hospital de los Venerables Sacerdotes fue edificado a finales del siglo XVII a instancias del canónigo Justino de Neve, como lugar de cuidados y acogida para clérigos ancianos y desvalidos. Sus obras se iniciaron en 1675 bajo la dirección de Juan Domínguez, pero en 1687 se hace cargo del proyecto Leonardo de Figueroa, el arquitecto más destacado del barroco sevillano. Dirigiría las obras hasta la conclusión del Hospital hacia 1697.

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En la actualidad, el Hospital es la sede la Fundación Focus y en sus estancias se ubica el Centro Velázquez, dedicado a la difusión del pintor sevillano, exponiéndose algunas obras de su autoría junto con algunas magníficas piezas de autores coetáneos, como Murillo, Valdés Leal, Juan Martínez Montañés y Pedro Roldán, entre otros.

Claustro

El edificio se articula en torno a un patio principal rodeado por una galería porticada con columnas de mármol que sostienen arcos de medio punto en el primer piso. Las galerías superiores están cerradas y se abren al patio mediante mediante ventanales con balcones de forja, enmarcados entre pilastras de ladrillo de color rojizo.

En el centro del patio, destaca su original fuente que se encuentra a u nivel inferior con respecto al resto del patio. A ella se accede a través de gradas concéntricas decrecientes. La explicación de su emplazamiento se debe a la dificultad en el abastecimiento de agua existente en Sevilla en tiempos pasados. Esta ubicación permitía la entrada de agua en el interior de forma directa y segura. Los azulejos de la fuente son originales de la época, formando multitud de formas geométricas en tonos azules y amarillos, muy característicos del arte cerámico de herencia andalusí.

 

Iglesia

El diseño de la iglesia fue trazado por Leonardo de Figueroa, el gran arquitecto del barroco sevillano, al que se deben en la ciudad obras tan notables como la iglesia de la Magdalena, el Salvador o San Luis de los Franceses. 

En el caso de Los Venerables, el templo responde a la forma tradicional de las iglesias sevillanas de la segunda mitad del siglo XVII, con una sola nave cubierta por bóveda de cañón con lunetos y arcos fajones. En el presbiterio se sitúa un crucero, levemente marcado en la planta del edificio, cubierto en el centro por una bóveda de media naranja, gallonada y sin tambor. Esta cúpula no es visible desde el exterior, ya que se halla cubierta por un tejado a cuatro aguas.

Aunque la estructura de la iglesia es bastante sencilla, su profusa decoración pictórica a base de frescos, así como la riqueza de las obras de arte que atesora, hacen de ella una de los conjuntos más importantes del Barroco sevillano.

Las pinturas de la iglesia responden al diseño del gran pintor sevillano Valdés Leal, aunque su avanzada edad hizo que gran parte de ellas fueran ejecutadas por su hijo, Lucas Valdés. En general, se considera que responden a la ejecución directa de Valdés Leal las situadas en el presbiterio, en el área más próxima al altar mayor, mientras que las del resto de la iglesia habrían sido acometidas por su hijo Lucas Valdés, aunque siguiendo el diseño creado por su padre.

La técnica utilizada para la ejecución de todas ellas es la de la pintura al temple, que ya había sido empleada por Valdés Leal en el Hospital de la Caridad, con retoques al óleo.

El programa iconográfico se centra en la exaltación del sacerdocio, en relación con la finalidad para la que fue construido el Hospital de los Venerables, como residencia para sacerdotes ancianos. Encontramos además numerosas referencias a San Pedro y a San Fernando, como santos titulares del templo. Vemos que se utiliza profusamente un efecto pictórico muy característico del arte barroco: el trampantojo.  Se trata de recrear escenas en espacios ilusorios extendidos más allá del espacio arquitectónico que las recoge. Se crea así una realidad plena de luz y movimiento, a través de guirnaldas, conjuntos frutales, jarrones, jaspes y óvalos. A través de la pintura se simulan otros materiales, como tapices, medallones metálicos o esculturas pétreas.

Sería necesaria una monografía para describir el conjunto de pinturas de la iglesia de los Venerables. A modo de ejemplo, podemos citar las ubicadas en la bóveda del presbiterio, sobre el altar mayor. Allí ubicó Valdés Leal un ‘Cristo Salvador, triunfante de su Pasión y Muerte’, representado con gran acierto en el tratamiento de la perspectiva. Se halla enmarcado por un triángulo, símbolo de la Trinidad y coronado por el nombre de Cristo en hebreo. El vértice inferior del triángulo incide en el centro de un círculo, que simboliza la eternidad. Situado a los pies de Cristo, abierto, el Libro de los siete sellos, en imagen que se asemeja a la del Cordero apocalíptico. A los lados de Cristo, dos ancianos sacerdotes revestidos de pontifical adoran e inciensan su cuerpo. Por los elementos de martirio situados a los pies de estos personajes, una cruz invertida y un ancla, se desprende que se trata de San Pedro y San Clemente Papa, lo que se confirma por los símbolos iconográficos papales situados en los ángulos. Las alegorías de la Caridad y la Humildad cierran este conjunto. Se tratan de dos virtudes que han de adornar el sacerdocio. 

El actual retablo mayor nada tiene que ver con el primero que se levantó en la iglesia; aunque si conserva algunas obras que lo conformaron. El retablo que contemplamos en la actualidad fue terminado en 1889, siendo obra de Vicente Ruiz. No estamos ante un retablo especialmente afortunado en su composición, aprovechándose en su estructura abundante material de acarreo, especialmente del anterior retablo.

En el cuerpo principal se encuentra el gran lienzo de la ‘Última Cena’, que como el sagrario perteneció al antiguo retablo. Esta obra, considerada con anterioridad como del primer tercio del siglo XVII, pertenece a la producción de Lucas Valdés. Tiene un estilo bastante alejado de la pintura tradicional sevillana, con una composición bastante arcaica y una atmósfera tenebrista.

El cuerpo alto del retablo se ubican tres hornacinas con representaciones pictóricas. En la central se ubica un lienzo con ‘La Apoteosis de San Fernando’, una obra también de Lucas Valdés, aunque en este caso de una gran calidad.  Fernando III aparece sobre un pedestal junto a las armas y vestimentas de los musulmanes derrotados. Flanquean a San Fernando dos jóvenes matronas que pueden identificarse con Sevilla liberada y la Paz. A los lados, en las hornacinas menores, se sitúan dos lienzos de San Clemente y San Isidoro, realizados por el pintor sevillano Virgilio Mattoni en 1891.

En los muros de la iglesia, entre su rica decoración al temple, se distribuyen una serie de retablos realizados entre los siglos XVII y XIX, que destacan más que por su calidad intrínseca por albergar una serie de interesantes obras escultóricas y pictóricas.

Por mencionar solo algunas, podemos hablar de dos de los retablos del lado derecho. Uno dedicado a la Inmaculada, presidido por lienzo de José María Ruiz y García, de principios del siglo XVII o el dedicado a San José, con una hermosa escultura de finales del mismo siglo y de autor anónimo.

A ambos lados de l puerta principal, a los pies del templo, se ubican dos magníficas obras sedentes que representan a San Clemente y San Fernando. Son obras de Pedro Roldán de 1698 y ambas fueron policromadas por Lucas Valdés.

Sacristía

Desde el lado derecho del crucero se accede a una pequeña sacristía que alberga una de las joyas de este Hospital. Se trata las pinturas de la bóveda, una de las obras maestras de Valdés Leal. El pintor crea aquí un arquitectura imaginaria, en la que unos ángeles descienden bajo la balaustrada portando la Santa Cruz. A pesar de las reducidas dimensiones del espacio, el autor logra transmitir la sensación de tridimensionalidad, a la que se une la enorme habilidad en la representación de las distintas texturas.

Centro Velázquez

El Centro Velázquez, propiciado por la Fundación Focus, expone en algunas de las estancias del Hospital prácticamente las únicas obras del gran pintor sevillano que se pueden contemplar en su ciudad natal.

Entre ellas, encontramos una Inmaculada que constituye una de las primeras obras conocidas de Velázquez, que mostró ya aquí sus enormes capacidades a pesar de su corta edad. La Virgen aparece representada siguiendo los patrones dictados por su suegro Francisco Pacheco y destaca por el gran naturalismo de la imagen. Junto a ella, del mismo autor se muestran una ‘Imposición de la casulla a San Ildefonso’ y una bellísima y magistral ‘Santa Rufina’, que es quizás la obra más emblemática del Hospital de los Venerables.

A las obras de Velázquez se suman una selección de pinturas de autores coetáneos de gran calidad. Se encuentran representados autores como Francisco Pacheco, Zurbarán o Murillo, del que podemos admirar un magnífico ‘San Pedro penitente’, pintado originalmente para la iglesia de este hospital. La obra fue sustraída por los franceses durante la invasión napoleónica y volvió a Sevilla en 2014 gracias a su adquisición por parte de la Fundación Focus.

En la misma sala se expone también una Vista de Sevilla de autor anónimo y fechada hacia 1660. Se trata de una de las panorámicas históricas más hermosas de la ciudad de entre las que han llegado hasta nuestros días.

A las obras pictóricas se suman dos esculturas de Martínez Montañés, uno de los grandes maestros del barroco sevillano, del que se exponen una Inmaculada y un juvenil San Juan Bautista. Ambas vienen a completar la extraordinaria colección artística del siglo XVII expuesta en el Hospital. 

 

Galería superior del Claustro

En la galería superior del claustro se exponen una serie de obras pictóricas, principalmente también del siglo XVII, centradas en temas bíblicos y paisajísticas. Por su valor histórico, se pueden destacar las ubicadas saliendo de la escalera hacia la derecha. Son dos obras de Lucas Valdés, relacionadas con la historia del Hospital de los Venerables. Se representan escenas de la asistencia a pobres sacerdotes por valiosos caballeros, que humildemente prestan este servicio asistencial. Contrasta, como se puede observar, la presencia de los vestidos de alto linaje con los sayales raídos de los ancianos sacerdotes que buscan hospedaje y atención entre los muros del hospital. 

 

Antigua Enfermería

En las estancias de la primitiva enfermería del hospital se ha ubicado una interesante colección de pintura contemporánea de los siglos XX y XXI.

En ella destacan en primer lugar las obras de la artista sevillana Carmen Laffón, con sus bocetos para el cartel oficial de Semana Santa, ilustrando un detalle del paso de la popular Virgen de la Candelaria. Además, podemos ver su obra Mujer sentada de espaldas

Entre otros autores, se pueden destacar también las acuarelas del pintor murciano Ramón Gaya.

En general, se puede trata de una colección que permite apreciar la nueva concepción del arte en nuestros días, muy alejado de los temas barrocos que expuestos en el resto de dependencias del Hospital.

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IGLESIA DE SANTA CRUZ

El templo actual de la calle Mateos Gago fue originalmente la iglesia del convento del Espíritu Santo, de la congregación de Clérigos Menores. La primitiva iglesia de Santa Cruz se asentaba en la actual plaza del mismo nombre, pero durante la invasión napoleónica se inició su demolición, trasladándose la parroquia inicialmente al Hospital de los Venerables y en 1840 a su emplazamiento actual.

La iglesia se levantó entre 1665 y 1728 y sabemos que al menos durante un tiempo las obras estuvieron dirigidas por el maestro José Tirado. Presenta tres naves, con crucero y cabecera plana.

Su única fachada se abre a los pies y permaneció inconclusa hasta el siglo XX. Dentro del embellecimiento general del barrio de Santa cruz que se llevó a cabo en los años previos a la Exposición Iberoamericana, el gran arquitecto regionalista Juan Talavera y Heredia diseñó la fachada actual, que se llevó a cabo entre 1926 y 1929. 

Está hecha en un estilo neobarroco de gran clasicismo, siguiendo el modelo de algunas de las portadas manieristas sevillanas, como la del Convento de Santa María de Jesús o la lateral de la iglesia de San Pedro. Como elementos decorativos se incluyen además unas guirnaldas de flores y frutas en la parte superior de las pilastras y algunos óvalos enmarcados por las características rocallas del barroco. 

En la hornacina central sobre la entrada se ubica una cruz de forja que recuerda a la 'Cruz de las Sierpes' que hoy se encuentra en la cercana plaza de Santa Cruz. Sobre ella, un escudo reproduce de nuevo una cruz arbórea sobre Calvario de piedras y a ambos lados, dos escudos profusamente decorados con los símbolos de Jesús y María. 

Para rematar la fachada, el arquitecto ideó una estilizada espadaña de dos alturas y tres vanos para campanas. Tiene prácticamente la misma altura que la gran cúpula que se ubica sobre el crucero, lo que da a la iglesia un característico perfil.

En el interior, lo primero que llama la atención de la iglesia es su gran monumentalidad y aire neoclásico, características remarcadas por su color blanco y escasa decoración, un rasgo muy poco común en las iglesias sevillanas. 

La nave central es de mayor altura que las laterales y se haya cubierta por bóveda de cañón con arcos fajones y lunetos. Se accede a las laterales por unos profundos arcos de medio punto sobre gruesas pilastras. Sobre las naves laterales discurre un triforio, que se abre a la iglesia con balcones de forja. Esta es una características bastante común en las iglesias conventuales, ya que permitía a los religiosos asistir a las ceremonias preservando la privacidad. Sobre la entrada al templo, encontramos un coro alto sostenido por un gran arco de medio punto rebajado.

El amplio crucero de la iglesia se cubre con bóveda de media naranja sobre pechinas. Se da la circunstancia que la cúpula cuenta con un tambor que se encuentra muy disimulado desde el interior, dando incluso la sensación de que es una cúpula sin tambor, mientras que se halla muy marcado visto desde el exterior. En él se abren cuatro amplias ventanas, que sumadas a las ubicadas en la linterna, le dan al conjunto una gran luminosidad. 

La cabecera del templo es plana y se haya cubierta por bóveda de cañón. En su extremo un arco escarzano sostiene el espacio en el que se ubica el órgano de la iglesia, en una ubicación muy poco común en los templos sevillanos. Se trata de un magnífico órgano neoclásico diseñado por Antonio Otín Calvete hacia 1810. En su parte superior, se dispone un hermoso grupo de angeles esculpidos en piedra sosteniendo distintos instrumentos musicales. Bajo el órgano, se dispone la sillería del coro, realizada a finales del XVIII también en estilo neoclásico.

A finales del siglo XVIII, dentro de una atmósfera academicista de rechazo a lo que se consideraban excesos del barroco, se decidió la sustitución del retablo original de la iglesia, que al parecer destacaba por su profusa decoración y teatralidad. Algunos autores, como Santiago montoto en su colección de artículos sobre las “Parroquias de Sevilla”, señalan que el retablo anterior fue pasto de las llamas en un incendio. En cualquier caso, fue sustituido por el templete neoclásico que podemos ver en la actualidad, realizado en 1792 por Blas Molner. 

Se trata de una cúpula sostenida por columnas corintias, formando un conjunto policromado para imitar al mármol. Sobre la cúpula se ubica una imagen alegórica de la Fe y el templete alberga la imagen de la Virgen de la Paz, una magnífica imagen renacentista atribuida a Jerónimo Hernández y datada hacia 1579. Proviene del antiguo Convento de San Pablo, actual iglesia de la Magdalena, y representa la clásica iconografía de la Virgen con el Niño entronizada al modo de las matronas romanas. Parece que originalmente fue concebida como una Virgen del Rosario y que adquirió la actual advocación de la Paz al ser trasladada a esta parroquia en 1835.

A lo largo de los muros de la iglesia se disponen una serie de retablos, en su mayor parte de los siglos XVII y XVIII, que albergan algunas piezas de notable valor artísticos.

Se puede empezar mencionando el retablo del Cristo de las Misericordias, que se encuentra en el lado izquierdo, en el testero del crucero. La imagen es una hermosa talla anónima del siglo XVII, que representa a Cristo aún vivo con la mirada dirigida hacia el cielo. Se la ha ubicado tradicionalmente en el círculo de Pedro Roldán y por su composición se relaciona con el Cristo de la Expiración de Triana. Es titular de la Hermandad de Santa Cruz, que procesiona el Martes Santo por las calles de la ciudad.

En ese mismo lado de la iglesia, se pueden destacar dos retablos del siglo XVII realizados por Bernardo Simón de Pineda, uno dedicado a Santa Ana y otro a la Inmaculada Concepción (aunque la Inmaculada que actualmente centra el retablo es posterior, del siglo XVIII). Junto a ellos, se puede mencionar el retablo dedicado a San Francisco Caracciolo, fundador de los Clérigos Menores. Tanto el retablo como la imagen del santo se atribuyen a Pedro Duque Cornejo, uno de los escultores más destacados del siglo XVIII sevillano.

En el lado derecho, se puede destacar el retablo de la Virgen del Mayor Dolor, diseñado en el siglo XVII por Bernardo Simón de Pineda y policromado por Juan Valdés Leal, aunque fue reformado en el siglo XVIII añadiéndole elementos decorativos de estilo rococó. La imagen de la Virgen que preside el retablo es una Soledad arrodillada datada también en el siglo XVIII, mientras que en el banco se sitúa una interesante pintura con la representación de Cristo Yacente.

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IGLESIA DE SAN BUENAVENTURA

La iglesia de San Buenaventura es un templo construido en el siglo XVII como parte del desaparecido Colegio de San Buenaventura y actualmente es la iglesia de la Fraternidad Franciscana que tiene anexa en su lado oeste. 

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Este artículo es un extracto de la amplia descripción del templo realizada para la página web de la Hermandad de la Soledad de San Buenaventura.

Está constatado documentalmente que las obras del templo actual se iniciaron en 1622, siguiendo el proyecto del arquitecto Diego López Bueno. Sin embargo, la iglesia experimentaría numerosas modificaciones a lo largo de su historia, sobre todo durante el tumultuoso siglo XIX. Tal y como ha llegado hasta nosotros, presenta una planta rectangular, con una gran nave central y otra nave, de mucha menor altura y anchura, en el lado de la epístola. 

El exterior es muy sencillo, sin apenas decoración. La entrada se halla enmarcada por una serie de franjas en hueco relieve, probablemente concebidas inicialmente como soporte para una portada pétrea que nunca llegó a construirse. Sobre la cornisa de la fachada principal se ubica un espacio abuhardillado, a modo de espadaña, rematada por un frontón curvo. 

El hermoso retablo cerámico de la Virgen de la Soledad ubicado a la derecha de la entrada es prácticamente el único elemento decorativo en el exterior del templo. Fue colocado en 1952 y es una obra del pintor, ceramista y escultor Enrique Orce Mármol, constituyendo uno de los ejemplos más hermosos dentro de este arte, destacando por su magnífica moldura, esculpida por el mismo autor.

En el interior, nos encontramos con una amplia nave principal, cubierta por una bóveda de cañón con lunetos, reforzada por cinco arcos fajones de medio punto. Estos descansan sobre cornisas muy marcadas, que se asientan a su vez en unas robustas pilastras clásicas que recorren los muros de esta nave central. Entre ellas, se ubican una serie de arcos de medio punto que albergan cinco altares en el lado del evangelio y que comunican con la nave menor en el lado de la epístola. 

La zona del presbiterio presenta un leve ensanche a modo de crucero y se cubre por una cúpula semiesférica sobre pechinas, con 24 metros en su punto más alto y solo visible desde el interior. En el otro extremo, sobre la entrada del templo, se alza un amplio y luminoso coro alto, sustentado sobre arcos rebajados de gran anchura.

Esta nave ha conservado su rica decoración original a base de yeserías y frescos, ideada por Francisco Herrera el Viejo. El conjunto fue llevado a cabo entre 1626 y 1627, constituyendo uno de los mejores ejemplos de decoración interior del barroco sevillano. Las yeserías fueron ejecutadas por los maestros alarifes Juan Bernardo de Velasco y Juan de Segarra, que materializaron los diseños de Herrera a base de motivos vegetales y geométricos, intercalados por cabezas de querubines, cartelas y guirnaldas de flores y frutas. Estos relieves se enriquecieron parcialmente con trazos de pintura dorada, que contribuyen a enriquecer y hacer más vistoso el interior del templo.

El propio Herrera el Viejo ejecutó las pinturas al fresco que, aunque muy deterioradas, han llegado hasta nuestros días. En la cúpula, en torno a un medallón central con una representación en relieve del Espíritu Santo, dispuso a los principales santos de la orden franciscana: San Buenaventura, San Antonio de Padua, San Juan de Capistrano, San Luis de Tolosa, San Pedro de Alcántara, San Jacobo de la Marca, San Bernardino de Siena y el propio San Francisco de Asís. En las pechinas que sustentan la cúpula, Herrera dispone cuatro cartelas con los escudos de los Mañara, familia que ejerció un importante patronazgo para la construcción de la iglesia.

En el centro de cada uno de los cinco tramos en los que se divide la bóveda que cubre la nave principal, podemos ver óvalos con motivos alegóricos que hacen alusión al camino hacia la comunión con Dios propuesto por San Buenaventura en su obra filosófica, basado en una conjunción entre conocimiento y santidad.

A ambos lados de cada uno de estos motivos simbólicos, se ubican una serie de diez retratos de teólogos y filósofos franciscanos, como Alejandro de Sales o Juan Duns Escoto.

El programa iconográfico original lo completaban una serie de ocho lienzos, cuatro de Herrera el Viejo y cuatro de Zurbarán, alusivos a la vida de San Buenaventura y ubicados originalmente sobre los arcos laterales de esta nave principal. Fueron expoliados por los franceses durante la invasión napoleónica y hoy se encuentran dispersos por varios museos del mundo. Los lienzos que podemos ver hoy en su lugar son obras de varios autores, de los siglos XVIII y XIX. Representan en general escenas relacionadas con la orden franciscana y, al igual que las pinturas al fresco, se encuentran en un estado de conservación bastante mejorable.

El retablo principal que preside hoy la iglesia no es el original, que fue destruido también durante la invasión francesa. El que podemos ver hoy es un magnífico retablo barroco del último tercio del siglo XVIII, proveniente del convento de San Francisco de Osuna. Fue traído aquí a mediados del siglo XX y hubo de ser adaptado a su nuevo emplazamiento, más reducido que el original, dándole un cierto aire cóncavo al conjunto.

Destaca por su predominio de las líneas curvas y por la profusión de esculturas de ángeles y santos, que llegan a sustituir a las columnas como elementos arquitectónicos para articular el retablo. Vemos, por ejemplo, a San Roque, San Pascual Bailón, San Miguel, además de otros santos vinculados a la orden, como los propios San Buenaventura y San Francisco.

En el centro de la base se ubica un gran templete manifestador en plata, enmarcado por las figuras de San Juan Nepomuceno y San Lorenzo. En la hornacina central se venera una imagen de la Inmaculada conocida como La Sevillana, una valiosa obra de Juan de Mesa proveniente de la desaparecida iglesia conventual de San Francisco en Sevilla. En el ático, podemos ver altorrelieves con la Asunción y la Coronación de la Virgen. 

Como ya hemos mencionado, en el lado del evangelio, entre las pilastras y encajados en arcos de medio punto, se ubican una serie de cinco retablos, realizados entre los siglos XIX y XX en sustitución de los que ocupaban las capillas originales, destruidos también durante la ocupación francesa.

El primero de ellos, el más cercano al Altar Mayor, acoge la imagen titular de la Hermandad de la Soledad de San Buenaventura, una obra de Gabriel de Astorga de 1851. Tras ella podemos ver la Santa Cruz en el Monte Calvario o Cruz de Caño Quebrado, una valiosa obra en forja del siglo XVII, en torno a la cual se fundó la Hermandad en 1656.

El siguiente retablo alberga una imagen de vestir de la Virgen del Carmen, del siglo XVIII, conocida popularmente como “de la Batata”. Originalmente, esta imagen recibía culto en una pequeña capilla hoy desaparecida que había cerca del Postigo del Aceite. Al parecer, la cofradía que se encargaba de su culto era tan humilde que para obtener ingresos subastaban batatas y otros productos del campo. Ese sería el origen del curioso apelativo de esta imagen.

También del siglo XVIII son el magnífico altorrelieve de la Coronación de la Virgen y la Inmaculada que ocupan dos de los altares restantes. Ambas obras son de una extraordinaria calidad, especialmente la Inmaculada, que ocupó la hornacina central del retablo mayor hasta que fue sustituida por “la Sevillana”. Es una preciosa imagen que algunos autores han ubicado en el círculo del escultor Cayetano de Acosta, aunque por su fisonomía parece más probable el origen italiano que señalan otros relatos.

En cuanto a la pequeña nave del lado de la epístola, muestra unas características arquitectónicas claramente diferenciadas al resto del templo y se encuentra cubierta por bóvedas de arista muy rebajadas. Su aspecto actual corresponde a las reformas acometidas en la iglesia a finales del siglo XIX, coincidiendo con la construcción de la actual sede de la Fraternidad Franciscana de San Buenaventura.

Tradicionalmente se ha afirmado que la iglesia contaba originalmente con tres naves y que en la actualidad le falta la del lado del evangelio, desaparecida con motivo de las reformas acometidas durante el siglo XIX para crear la actual calle Bilbao.

Así lo afirmó Antonio Martínez Ripoll en su obra “La Iglesia del Colegio de San Buenaventura” (1976) y desde entonces se viene recogiendo en diversas publicaciones, incluyendo en la “Guía Artística de Sevilla y su Provincia”, editada por la Diputación.

Sin embargo, un análisis detenido del templo desde el punto de vista formal, combinado con los testimonios documentales con los que contamos desde el mismo siglo XVII, nos permite afirmar que la iglesia original contó con una sola gran nave con capillas laterales, fisonomía muy frecuente en las iglesias conventuales durante el Barroco. 

Sería ya a finales del siglo XIX, al volver la comunidad franciscana a hacerse cargo del templo, cuando se construiría la pequeña nave del lado de la epístola que ha llegado hasta nuestros días.

En ella se sitúa, en el primer tramo junto a la entrada, el Santísimo Cristo de la Salvación, cotitular de la Hermandad de la Soledad de San Buenaventura. Es una imagen de Manuel Cerquera Becerra de 1935 que bebe claramente de la tradición y el estilo de los magistrales crucificados del Barroco sevillano.

En el otro extremo de la nave, en la cabecera del templo, se ubica la actual capilla sacramental. Cuenta con dos retablos de estilo neoclásico fechables en el siglo XIX, a los que María José del Castillo atribuye una posible autoría de José Fernández. En el central se venera una Virgen de Guadalupe realizada por Juan Abascal Fuentes en 1960, réplica de la patrona de Extremadura y titular de su propia hermandad, también con sede en esta iglesia. La flanquean una imagen anónima de San José del siglo XVIII y un San Francisco del siglo XVII, que Matilde Fernández Rojas identifica como proveniente de la desaparecida iglesia conventual de San Francisco, donde recibiría culto en uno de los altares laterales que se ubicaban en la base del arco toral que enmarcaba el presbiterio.

El retablo lateral de esta capilla se halla presidido por una hermosa talla barroca de la Virgen del Patrocinio, datada en el siglo XVII y proveniente también del desaparecido convento de San Francisco. 

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