Se conoce como Judería de Sevilla al área en la que residió la comunidad hebrea de la ciudad durante la Baja Edad Media. Se extiende por una amplia zona del sur y sureste del casco histórico, que se corresponde en líneas generales con los actuales barrios de Santa Cruz y San Bartolomé.
Aunque la presencia de una comunidad judía en Sevilla se puede remontar hasta época romana, lo cierto es que la decisión de asentar a esta población en el área que hoy conocemos como judería se tomó tras la conquista cristiana de la ciudad en 1248. No fue Fernando III, rey artífice de la conquista, el encargado de esta fundación, sino su hijo y sucesor, Alfonso X el Sabio, probablemente al poco tiempo de ser coronado en 1252. Sabemos que sus habitantes iniciales serían los judíos llegados a la ciudad tras la toma por los cristianos, ya que la intransigencia religiosa de los almohades había provocado que no quedaran judíos ni cristianos viviendo en Sevilla en los últimos tiempos de la dominación musulmana.
El rey Alfonso dispuso que la judería se situara en un lugar destacado de la ciudad, anexo al alcázar y muy cercano a la catedral. Estaba rodeada por una muralla de tapial con diversas puertas y postigos que se cerraban cada día al anochecer. Esta circunstancia fue común en otras juderías españolas y se debía tanto al interés por limitar el contacto entre cristianos y judíos, como al propósito de intentar evitar posibles ataques en momentos de desorden o tumulto. De esta muralla se conserva en la actualidad apenas un fragmento de unos diez metros, testimonio de aquellos convulsos momentos históricos.
Se conoce también que contaron con al menos tres sinagogas desde los primeros momentos, ya que el rey les cedió las tres antiguas mezquitas que se encontraban en esta zona para que fueran transformadas y dedicadas al culto hebreo. Las tres acabarían siendo iglesias cristianas tras la expulsión de los judíos y de ellas conservamos solo una en la actualidad. Se trata de Santa María la Blanca, una joya medieval completamente reformulada durante el Barroco que se encuentra en el corazón del barrio de Santa Cruz. Algunos autores han señalado la posibilidad de que el rey les concediera una cuarta mezquita, que habría estado donde se encuentra en la actualidad el convento de Madre de Dios, pero no se puede afirmar con certeza. También se han conservado varios relatos del siglo XIV que hablan de más de veinte sinagogas en Sevilla, aunque con toda seguridad eran lugares de oración más pequeños y modestos que los mencionados.
También se encontraba en la judería la sede de la aljama. Este término servía para denominar tanto a la comunidad hebrea residente en una ciudad, como a las instituciones a través de las que se organizaba. Tenían su propio ordenamiento jurídico conocido como “tacanot” y un entramado institucional con funciones políticas, culturales y religiosas. Había un rabino principal, a veces denominado “nasí” o príncipe, que se encargaba de la más alta representación de la aljama ante las autoridades y cuyo cargo dependía del nombramiento real. Además, había consejos dedicados a cuestiones específicas, como las fiscales o las relativas a la fe. Estaban compuestos por jueces o “dayanim”, a los que los cristianos llamaban también rabinos.
La aljama sevillana era la segunda más grande del reino, solo después de la de Toledo. Con unas 16 hectáreas de extensión, contaba con numerosos espacios productivos, como tiendas, mercados o mataderos. También hubo en ella un grupo de judíos ricos, dedicados al comercio del dinero como banqueros, prestamistas y arrendadores de impuestos reales y municipales (...). Otras profesiones típicas, más o menos lucrativas fueron las de médico, sastre, tejedor, platero, sedero, algunos mercaderes y artesanos de diverso tipo (Ladero Quesada, “Historia de Sevilla. La ciudad medieval”).
Al este se situaba el cementerio, fuera del recinto amurallado de la ciudad y muy cerca de la puerta conocida como de “Minjoar” o de la Carne. Fue probablemente la mayor necrópolis judía de la España medieval, con unas cuatrocientas tumbas excavadas en distintas campañas arqueológicas hasta la fecha. La mayoría de los cuerpos aparecieron inhumados en ataúdes de madera, con el lugar de enterramiento cubierto por una sencilla tumba formada por una bóveda de cañón de ladrillo.
Tiene una gran relevancia el hecho de que los judíos optaran por este tipo de cementerio extramuros, a diferencia de los enterramientos en las iglesias y sus entornos que se daban entre los cristianos. En los momentos en los que la ciudad atravesaba una crisis epidémica, la propagación de la enfermedad solía ser más rápida entre los cristianos que entre los judíos, lo que acabará despertando el recelo de la comunidad mayoritaria. No tenían los conocimientos científicos que poseemos en la actualidad y no eran capaces de entender lo que estaba sucediendo, atribuyendo los contagios entre cristianos a malas prácticas por parte del “pueblo deicida”.
La apariencia actual de la antigua judería sevillana dista mucho de la medieval. Es cierto que el barrio ha preservado buena parte de su estructura medieval, con sus características callejuelas, estrechas y angulosas, y sus placitas irregulares. Son comunes los adarves o calles sin salida, en un entramado urbano de apariencia laberíntica. Se trata de la huella de la ciudad islámica de Isbiliya, que perdura en la actualidad en una atmósfera de la que sentimos ecos en ciudades como Tánger o Marrakech. Sin embargo, han pasado más de cinco siglos desde que los judíos fueron empujados al exilio en 1492. Desde entonces, el barrio ha sido habitado por gentes de la más variada posición social y económica que han ido modificando su fisonomía y generando el complejo mosaico cronológico que ha llegado hasta nuestros días.
En este proceso de cambio, un momento decisivo fueron las primeras décadas del siglo XX, cuando la ciudad ponía sus miras en la que sería la Exposición Iberoamericana de 1929. Las autoridades locales contaron con el concurso del Gobierno para organizar un gran evento internacional que sirviera para transformar el panorama urbano y las infraestructuras de Sevilla. Centrándonos en el barrio de Santa Cruz, la idea era remozarlo por completo y recrear el ambiente de un “pueblo andaluz”. Fue entonces cuando se diseñaron sus rincones más icónicos, como la plaza de Doña Elvira, la de la Alianza o la de Santa Cruz. Se produjo una transformación romántica de la judería que, unida a la estructura urbana medieval, está en la base del pintoresco y hermoso paisaje que podemos disfrutar actualmente en el barrio.
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La calle del Agua es una de las más emblemáticas de la judería, cerrada en uno de sus lados por un lienzo de la muralla islámica del siglo XII.
TOUR JUDERÍA DE SEVILLA
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Guía: Manuel Hellín, graduado en Historia y guía oficial de turismo de Andalucía.







