Las primeras comunidades judías en área cristiana
Tras la llegada de los musulmanes en el 711, se formaron unos pequeños núcleos de resistencia cristianos en el norte peninsular, tanto en el área del Cantábrico como en los Pirineos. Serían el germen de los reinos que con el paso de los siglos irían expandiéndose hacia el sur sobre territorio de Al Ándalus, en un complejo proceso histórico de ocho siglos conocido como Reconquista.
Son muy escasas las noticias sobre las comunidades judías en estos núcleos cristianos en sus primeros siglos de existencia. Mientras que en Al Ándalus se vivía un auténtico esplendor cultural y económico, en el norte apenas existían unas cuantas juderías, pequeñas y dispersas. La más importante en época temprana fue la de Barcelona, de la que se tienen noticias desde el siglo IX que hablan de varias propiedades de judíos en los terrenos aledaños a la ciudad. En el área de Aragón se pueden mencionar las juderías de Jaca y Ruesta, y en Navarra las de Pamplona y Estella. En León había ya una importante judería en el siglo X y en Castilla la más conocida en esta época es la de Castrojeriz. Las comunidades judías fueron especialmente escasas en Galicia, donde se puede mencionar la pequeña comunidad que vivía en las inmediaciones del monasterio de Celanova.
Desde el punto de vista legal, los judíos fueron considerados en todos los reinos cristianos como una propiedad real y estaban protegidos teóricamente por los reyes y señores. En momentos de debilidad de la autoridad, estaban expuestos a ataques, en un contexto general de una gran inseguridad e inestabilidad. Además, de manera regular aparecían ordenanzas discriminatorias contra ellos, aunque con escaso efecto práctico. Su condición era la de "servi regis", una especie de servidumbre con respecto a la Corona. De hecho, son frecuentes los documentos en los que los reyes hablan de "mis judíos".
En cuanto a la situación social y económica de los judíos en estos primeros siglos de la Alta Edad Media, se puede citar a José Luis Lacave en "Los Judíos en España":
En esta época la base de subsistencia de los judíos era la tierra; ellos mismos cultivaban sus campos, aunque ya despuntaba una cierta tendencia a los oficios urbanos y al incipiente comercio. Los documentos nos hablan de vez en cuando de judíos sastres, zapateros, plateros y orfebres y también de judíos dedicados al comercio de la seda o el lino.
Los judíos y la Reconquista
A partir del siglo XI y como consecuencia de la disgregación de Al Ándalus, los reinos cristianos inician una política más activa de expansión hacia el sur con el objetivo de ganar cada vez más territorios a los musulmanes. En este contexto, se fueron incorporando amplias zonas del territorio y núcleos urbanos que era necesario repoblar de manera rápida y eficiente para garantizar su permanencia en manos cristianas. Esta circunstancia provocó una mejora significativa en las condiciones de vida de los judíos, ya que en muchas ocasiones se ofrecieron notables beneficios legales y económicos para aquellos que se asentaran en los territorios de reciente incorporación.
Las relaciones con la población cristiana cambiaron y en este período surgieron comunidades organizadas, influyentes en el comercio y la industria, sobre todo en el cuadrante noroeste de la Península. El ofrecimiento de privilegios y libertad por parte de varios monarcas leoneses atrajo a numerosos judíos que participaron activamente en la repoblación. Muchos de ellos provenían del sur, del área controlada por los musulmanes, que decidieron abandonar ante la creciente inestabilidad y atraídos por las ventajas ofrecidas en los reinos cristianos. Este trasvase poblacional produjo una transformación en el judaísmo español, con una creciente influencia de las corrientes de pensamiento que llegaban desde oriente, en detrimento de la tradición judaica franco-alemana.
Las comunidades judías son cada vez más estables y prósperas, desarrollándose amparadas por la protección real, incluso en las áreas controladas por comunidades monásticas o en las pertenecientes a los nobles. De hecho, en esta época encontramos los primeros ejemplos de judíos ocupando importantes puestos en la administración del área cristiana. Así, por ejemplo, el líder militar conocido como el Cid empleó a judíos como tesoreros, agentes financieros, abogados y administradores. Del mismo modo, se cree que el rey Alfonso VI empleó seguramente como médico y financiero al judío Joseph ha-Nasi Ferrizuel, llamado Cidellus, que hizo mucho por ayudar a sus correligionarios. Se inauguró de esta forma una tradición que será constante en la Edad Media española, la de emplear a cortesanos judíos que, aunque seguían siendo fieles a su religión, ejercían una autoridad considerable sobre los habitantes del reino.
La iniciativa de entregar puestos de responsabilidad a miembros de la comunidad judía se vio acrecentada a medida que el influjo árabe fue mayor, ya que en los estados musulmanes eran habituales los hebreos ocupando los más altos cargos del Estado. En general combinaban estas labores con su dedicación a las ciencias y a las letras, con lo que a la eficiencia en la administración se sumaba el esplendor cultural que las cortes cristianas querían imitar.
Además, en los reinos cristianos prácticamente no existía la figura del financiero, debido a la tradicional condena de la usura por parte de la religión cristiana. Los judíos que llegaban de Al Ándalus tenían de este modo ante ellos una clara oportunidad de negocio, convirtiéndose pronto en prestamistas no solo de reyes sino también de obispos y nobles. De esta manera aseguraban su posición socioeconómica y de alguna manera se hacían indispensables para las autoridades que conducían el Estado.
De esta forma, entre los siglos XI y XIII se asiste a una situación de bienestar general para los judíos en los reinos cristianos, que contrastaba claramente con las enormes dificultades que enfrentaban en otros territorios europeos. Esto provocó lógicamente una inmigración de judíos a la Península, con nuevas poblaciones que se asentaban principalmente en los núcleos urbanos bajo la protección del rey, aunque también en lugares dependientes de señores locales o de autoridades eclesiásticas. Esto fue posible porque en determinadas circunstancias el rey concedía a algunos nobles o miembros de la iglesia el derecho de "tener judíos", aunque en general este era un privilegio exclusivo del monarca.
Las aljamas eran la forma más habitual de organización de la comunidad judía en las ciudades cristianas. Tenía entidad jurídica y gozaba de autonomía administrativa y judicial. Había un oficial del Estado que estaba a cargo de ella y se encargaba del cobro de los impuestos especiales que la aljama debía satisfacer al tesoro real.
Fueron frecuentes los individuos que escalaron en su posición social y económica en el marco de la reconquista. Las habilidades administrativas y el conocimiento de lenguas les facilitaron hacerse cargo del cobro de impuestos, tarea que complementaron en muchas ocasiones con la práctica de la medicina y la astronomía. Los monarcas confiaron de forma creciente en ellos, no solo en lo relativo a la Hacienda, sino también en relación con la actividad diplomática y otros asuntos de Estado. Estas figuras preeminentes en la vida política, cultural y económica de los reinos cristianos aparecieron hasta el momento de la expulsión, sobre todo en el reino de Castilla.
En muchas ocasiones, su estatus social era similar al de la nobleza y solían ser también terratenientes, ya que era habitual que se les entregaran grandes extensiones de tierra como pago a sus servicios o para hacer frente a la devolución de préstamos. Sus modos de vida no se circunscribían demasiado a la ley hebraica y a menudo se envolvían en lujo y ostentación, formando una especie de aristocracia judía que levantaba ciertos recelos dentro y fuera de las aljamas. Sin embargo, era frecuente que utilizaran su posición ventajosa en la corte para favorecer leyes que beneficiaran a los miembros de su religión, por lo que en general su existencia era vista con agrado y respeto por el resto de judíos.
Entre ellos se puede citar a Yosef ibn Ferruzel (Cidiello), Yehuda ibn Ezra, Semuel ibn Sosán, Isaac de la maleha, Abraham de Barchilón, Juçaf de Écija, Samuel ha Leví, Meir Alguadex, Abraham Beneviste, Abraham Seneor e Isaac Abravanel en Castilla; y a Eleazar, Yehudá de la Caballería, Mosé Alconstantini, Yosef Ravaya y Hasday Crescas en Aragón; en Navarra el más notable fue Yosef Orabuena. (José Luis Lacave, "Judíos y juderías")





