Vistas de la Iglesia de Santa Catalina en Sevilla

LA IGLESIA DE SANTA CATALINA

Santa Catalina forma parte de la magnífica serie de iglesias gótico mudéjares con las que cuenta la ciudad de Sevilla. Probablemente sea la que presenta un aire más “islámico” vista desde fuera, sobre todo por su característica torre campanario y por el exterior de la capilla de la Exaltación, que con su planta cuadrada cubierta por cúpula recuerda mucho a las “qubbas” musulmanas.

Sin embargo, sabemos que la construcción del templo se inició ya en época cristiana, en la segunda mitad del XIII, aunque fuera profundamente reformado a partir del XIV, probablemente tras los daños sufridos por el gran terremoto de 1356.

En la actualidad, tras una profunda restauración que mantuvo el templo cerrado entre 2004 y 2018, podemos admirar la iglesia en todo su esplendor. Cuenta con tres naves, divididas por arcos fajones, apuntados y asentados sobre pilares cruciformes de ladrillo. El conjunto se cubre con artesonados de madera mudéjares, excepto la cabecera, muy destacada del resto de la planta, que se haya cubierta por bóvedas de crucería gótica hechas en ladrillo.

Hacia el exterior, destaca la portada principal de la iglesia, con su característica forma ojival y abocinada, tan similar a la de otras iglesias sevillanas, como San Marcos, San Román o Santa Marina. Sin embargo, en este caso hay que señalar la curiosidad de que esta no es la portada original del templo, sino que formaba parte de la iglesia de Santa Lucía, hoy desacralizada y reconvertida en el Centro de investigación y recursos de las artes escénicas de Andalucía. Fue trasladada a su emplazamiento actual entre 1924 y 1930, en unas obras dirigidas por el arquitecto Juan Talavera y Heredia, que perseguían afianzar la estabilidad de esta parte del templo. 

La primitiva portada mudéjar de Santa Catalina aún se conserva en su emplazamiento, hoy ya en el interior. Tiene forma de arco de herradura, enmarcado por una hermosa y original moldura de formas polilobuladas.

Recordando de alguna manera este vínculo con la antigua iglesia, desde 1930 tiene su sede en Santa Catalina la Hermandad de Santa Lucía, tal y como recuerda el retablo cerámico que encontramos en el exterior, obra de Antonio Kierman Flores y en cuya moldura podemos leer las siglas de la ONCE.

Muy cerca de la portada principal encontramos un curioso ábside lateral, decorado con una serie de arcos ciegos polilobulados, muy original por su extraña ubicación a los pies del templo. 

En cuanto a la torre, está construida casi enteramente en ladrillo, excepto en su base, donde cuenta con sillares de piedra. Algunos autores han señalado la posibilidad de que estos bloques sí que formaran parte del alminar de una mezquita anterior, aunque es una teoría que no ha podido ser confirmada. El conjunto se halla coronado por almenas dentadas y supone un hermoso ejemplo de torre campanario mudéjar, aunque haya ido perdiendo con el tiempo buena parte de su decoración original a base de paños de “sebka”.

Ya en el interior del templo, aunque sigue siendo perceptible su estructura medieval esencial, las sucesivas reformas a lo largo de la historia la han ido enmascarando en parte y hoy en día predomina el estilo barroco en las capillas y retablos del templo.

En el ábside, el retablo principal es una obra de Diego López Bueno de la primera mitad del siglo XVII. De estructura bastante sencilla, recoge una serie de lienzos con escenas alusivas a la vida de santa Catalina, apareciendo una escultura de la Santa en la hornacina central, obra ya del siglo XVIII. Sobre ella, un lienzo con un Crucificado corona el retablo, y a sus lados, las esculturas de los santos Juan Evangelista, Juan el Bautista, Pedro y Pablo.

Entre las capillas con las que cuenta la iglesia, podemos destacar sin duda la Capilla Sacramental, ubicada también en la cabecera del templo, en el lado del Evangelio. Es una magnífica obra del gran arquitecto Leonardo de Figueroa, datada hacia 1721. Tiene planta rectangular y destaca por su profusa decoración de yeserías y pinturas. Está cubierta por una original linterna octogonal, que da luminosidad al espacio y que es especialmente bella hacia el exterior, donde se halla rematada por una escultura alegórica de la Fe realizada por Miguel Quintero. En la exhuberante decoración de la capilla intervinieron autores tan destacados como el pintor José García y el escultor Pedro Duque Cornejo. El retablo principal, uno de los mejores del siglo XVIII en Sevilla, es obra de Felipe Fernández del Castillo y de su sobrino Benito Hita del Castillo.

Dentro de la misma capilla, es de gran interés también la pintura del Cristo del Perdón que ocupa uno de los retablos laterales. Es una obra de 1546 de Pedro de Campaña, uno de los grandes pintores del Renacimiento en Sevilla.

También es reseñable entre las capillas la que sirve de sede a la Hermandad de la Exaltación, en el lado de la Epístola. Como ya hemos mencionado, tiene la tradicional forma de una “qubba” islámica, con planta cuadrada y bóveda de paños asentada sobre trompas, especialmente bella en su decoración mudéjar a base de lacerías. La imagen que preside la capilla es la del Cristo de la Exaltación, obra de Pedro Roldán de 1687. Lo acompaña a su derecha la imagen de la Virgen de las Lágrimas, de autor anónimo y fechada ya en el siglo XVIII. De gran interés artístico son también los ángeles pasionarios que enmarcan el retablo, obras maestras de Luisa Roldán. Acompañan al paso de misterio en su salida procesional cada Jueves Santo, ubicados en las esquinas del canasto.

Y concluimos así este pequeño esbozo de la iglesia, dejando necesariamente sin mencionar muchas de las interesantísimas obras escultóricas y pictóricas que se conservan en ella. Aunque Santa Catalina no se incluye generalmente en los circuitos turísticos de la ciudad, no deja de ser una espléndida muestra del mudéjar sevillano que la historia ha ido enriqueciendo con magníficas obras de arte, que además podemos disfrutar en todo su esplendor tras tantos años de profunda restauración.  

LA IGLESIA DEL SALVADOR

La iglesia del Divino Salvador de Sevilla es el segundo templo más grande de la ciudad, sólo después de la Catedral. Es una de las grandes joyas arquitectónicas de la ciudad y en su interior alberga una magnífica colección escultórica, con obras de los más destacados autores del barroco sevillano.

Sabemos que en el espacio que hoy ocupa estuvo la llamada mezquita de Ibn Adabbas, creada hacia el 830 como mezquita aljama o principal de la ciudad. Ostentó este rango hasta que en el siglo XII se construyó la nueva gran mezquita, en el lugar que hoy ocupa la Catedral.

De la mezquita que se ubicaba en el Salvador se han conservado algunos elementos, como parte de su patio y el arranque de su alminar, que se corresponde con la parte baja de la torre que encontramos en el extremo norte, en la calle Córdoba.

 

Una vez conquistada la ciudad por los cristianos en 1248, la mezquita pasó a utilizarse como iglesia, aunque manteniendo lo esencial de su estructura. Así permaneció durante siglos, con las características arquitectónicas de un templo islámico pero sirviendo para el culto cristiano, como sigue ocurriendo hoy, por ejemplo, con la Mezquita-Catedral de Córdoba. 

Sin embargo, ya llegado el siglo XVII, parece que su estado era bastante ruinoso y se decidió la construcción de un nuevo templo. Las obras comenzaron hacia 1674, pero cuando se estaba acometiendo el cierre de las bóvedas, se produjo un estrepitoso derrumbe que obligó a replantearse buena parte del proyecto. 

De la dirección de las obras se acabó por encargar Leonardo de Figueroa, el mejor arquitecto del barroco sevillano, que intervino también en otros proyectos como San Luis de los Franceses o La Magdalena. En este caso, Figueroa se encargó de cerrar las bóvedas, construir la gran cúpula y terminar el interior del edificio. Las obras no concluyeron hasta 1712.

El resultado es un enorme y majestuoso templo con tres naves. El crucero sobresale notablemente en altura sobre el resto, aunque no es perceptible en la planta del edificio, que es de las llamadas de salón. 

La fachada principal tiene unas líneas barrocas muy clásicas, cercanas a las formas renacentistas. La sucesión de pilastras de piedra y paños de ladrillo rojizo consiguen la clásica bicromía que es tan característica de muchos edificios sevillanos desde que en el siglo XVI se construyera la Lonja, hoy Archivo de Indias. A pesar de su monumentalidad, la fachada del Salvador destaca por su escasa decoración, que contrasta sobremanera con el interior. La decoración de aire plateresco que recorre las pilastras y algunas de las molduras es relativamente reciente, de finales del siglo XIX.

Pero además de por su arquitectura, la iglesia del Salvador, que fue Colegial hasta 1852, destaca por la magnífica colección de arte que atesora. Posee algunas de las obras más destacadas de la retablística sevillana, empezando por el retablo mayor, dedicado a la Ascensión del Señor. Es una obra dirigida por Cayetano de Acosta hacia 1779, que concibe un retablo exuberante, con una profusión barroca cercana al rococó. 

También magnífico es el retablo de la Virgen de las Aguas, en el lado derecho del crucero, una obra de José Maestre de 1731 presidida por esta imagen mariana de las llamadas “fernandinas”, datada hacia en el siglo XIII pero muy remodelada posteriormente. Son sólo dos ejemplos de la gran colección de retablos que alberga esta iglesia. 

Y es que la representación en el templo de grandes maestros de la escultura es excepcional. Con toda probabilidad, las dos grandes figuras del barroco sevillano son Juan Martínez Montañés y su discípulo Juan de Mesa. 

Del primero, conserva El Salvador una colosal escultura de San Cristóbal, con reminiscencias de Miguel Ángel por su monumentalidad y belleza. Pero la obra más destacada de este autor en El Salvador es con seguridad Nuestro Padre Jesús de la Pasión, una conmovedora imagen del Señor con la cruz a cuestas, que muestra de forma maravillosa el clasicismo del barroco de Montañés, al lograr transmitir todo el sentimiento y la emoción del momento, pero de una forma contenida, elegante y solemne. Preside el retablo de plata de la Capilla Sacramental y sale en procesión cada Jueves Santo. No exageramos al decir que es una de las representaciones de Jesús Nazareno más logradas del barroco español. 

Del otro gran maestro del barroco sevillano, Juan de Mesa, encontramos al Cristo del Amor, que también procesiona desde este templo en Semana Santa, en esta ocasión durante el Domingo de Ramos. Se trata de una excepcional talla de crucificado, ya muerto, con un magistral tratamiento en la anatomía, los cabellos y los paño. Una obra excepcional dentro de la producción de su autor, que parece que tuvo en cuenta para su realización el modelo que su maestro Montañés realizó unos años antes con el Cristo de la Clemencia que encontramos en la Catedral.

Junto a estos maestros, es casi innumerable la nómina de grandes artistas con obras en esta iglesia del Salvador. Podríamos citar, por ejemplo, a Duque Cornejo, José Montes de Oca o Antonio Quirós. Pero por ahora terminamos aquí este pequeño esbozo sobre el auténtico museo vivo del barroco sevillano que es la antigua colegial del Salvador. Contaremos más en próximas entregas.

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